En una tarde fría bogotana, una bala calibre 45 se escapó del cañón de un revólver Smith & Wesson con la indudable intención de perforar mi cuerpo. Pero no sonó “¡pum!”. Su pólvora estalló, y tampoco produjo un sonido como “¡kablam!” o “¡pum, pum!”. Su eco no retumbó infinitamente en un glamuroso desierto norteamericano, donde el Llanero Solitario solía defenderse de bandas de maleantes al lado de su inseparable amigo indio.

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No. Esa bala que salió a más de 1700 kilómetros por hora de un cañón a escasos centímetros de mi riñón no produjo un sonido gracioso, divertido, lúdico ni entretenido. Todo lo contrario. Sonó frío: como pólvora navideña, como si uno le raspara del alma al estallido toda la diversión, la vida, el amor y la familia. Sonó seco. No retumbó teatralmente en algún desierto de Arizona.

Sonó a rabia y a venganza, razones por las cuales millones de balas les rapan la vida a cientos de humanos todos los días y en todo el planeta. Sonó a impotencia, porque ninguna destreza del cuerpo humano puede contrarrestar la innegable capacidad de destrucción de un proyectil de plomo que sale de una pistola.

¡Pow!

No sé en qué se inspiraron los escritores de tiras cómicas para intentar comunicar con onomatopeyas, tan inverosímiles como tiernas, sonidos escalofriantes, agudos y definitivos, como el disparo de un arma.

¡Bang!

Y la bala impactó mi tórax a la altura del riñón izquierdo. Pero no sentí dolor, tampoco frío, mi alma no levitó por encima de mi desgonzada existencia. El proyectil ni siquiera entró en mi cuerpo. No sentí nada más fuerte que una pequeña palmadita en el tórax. Una palmada parecida a la de un médico cuando está haciendo un examen de rutina.

Nadie quería matarme: participaba en un ejercicio periodístico de riesgo totalmente controlado para un artículo de esta revista. Siempre estuve protegido por una chaqueta blindada de cuero confeccionada en los talleres de Miguel Caballero: la persona que viste y blinda a los hombres, mujeres y niños “asesinables” del mundo. Yo no soy uno de ellos. Afortunadamente no soy uno de ellos.

Acepté el experimento porque crecí en un país donde por lo menos una persona del círculo cercano de uno ha muerto por causa de una bala.

¡Pow!

Y es definitivo.

¡Pam!

Y suena frío.

¡Bang!

Y es un sonido ausente de vida.

¡Pum! ¡Pow! ¡Pam! ¡Pam!

Yo estaba jugando, pero para miles de personas que no tienen una chaqueta de Miguel Caballero, ese es el último sonido que oyen en su vida.

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