En el Mundial vendrán partidos en los que los locutores tergiversen los nombres extranjeros. Eso no cambia. Y es soportable. Pero cuatro presidentes de la república después, vuelven William Vinasco Ch. y Adolfo Pérez. ¿De verdad, Colombia? ¿Otra vez el mismo nacionalismo tropical? Eso es insoportable. Un nuevo mundial narrando con caché. ¿Qué pasó, Casale? ¿De Francisco? ¿Pucceti? ¿Andreíta Guerrero? ¿Meluk? ¿Nadie? ¿Facultades de Comunicación  Social y Periodismo? ¿Universidades de garaje? ¿Doctorados de cuatro meses en España? ¿Dónde quedó la renovación? Otra vez estamos en manos de estas aves fénix de la locución. La suerte está echada. Volverá la frase “acuéstemen (sic) a Wiliamcito”, cuando sabemos que Williamcito ya tiene hijos y es él quien acuesta a Vinasco Ch. y le apaga la luz.

Así es, Colombia. Hay cosas que no cambian. Siguen invirtiendo en la navegabilidad del río Magdalena. Chocó sigue sin agua potable. A Gerlein le siguen apareciendo votos en la costa. Diego Cadavid sigue llegando a todos lados con camisas escotadas. En el fútbol es igual. Por ejemplo, sigue pasando que no hay manera de explicarle a una mujer en qué consiste el fuera de lugar. ¿Por qué? Porque el offside hay que vivirlo para entenderlo. O no cambia ni cambiará la invasión de publicidad en la televisión. La pantalla se vuelve una plaza mayorista en el Mundial. Un San Andrecito: el tiro de esquina almacenes El Totazo. El minuto de descuento chocolate Sol. La tarjeta amarrilla baterías Willard. El penalti Crema C de Pond’s. La lesión Dolorán del partido. La figura sillas  Rímax de la cancha. La embarrada Lomotil del primer tiempo. El goleador pañales Tena de la segunda mitad. Y no cambia que la ANTV no haga nada por salvarnos, por dignificarle la señal al televidente.

Estamos en una condición de indefensión. Por eso habría preferido ser jugador de fútbol. No columnista. No televidente. Estar en la cancha y no en el sofá. Pero mi entrenador me traumatizó. Por él dejé esa ilusión. Yo tenía potencial. Pero, en la cancha, si no me resultaba efectivo un amague, él bramaba desde el costado: “¡Uribe, tiene más cintura un buñuelo”. Si un defensa lograba ganarme un pique, ya sabía lo que venía: “¡Uribe, tiene más carrera un afro!”. Si un tiro al arco salía desviado, el grito no se hacía esperar: “¡Uribe, tiene más dirección un barrio de invasión!”. Cuando sentía que el oxígeno no me alcanzaba para subir al ataque: “¡Uribe, sube más un Alka-Seltzer en un masato!”. Si las piernas no me daban para regresar a la defensa: “¡Uribe, tiene más regreso Carlos Lehder!”. Si, prudente, no salía al ataque, me recriminaba: “¡Uribe, si le da miedo salir, compre un perro!”. Si no me comunicaba con mis compañeros en una pelota dividida se quejaba: “Uribe, habla más una muda de ropa”. Así era él. Eso me alejó. Renuncié a ser futbolista. Hoy estaría en algún equipo del rentado nacional. Me quedaría sin Mundial, porque los equipos colombianos ya no aportan jugadores a la selección. Algunos ni siquiera aportan a la Dian. ¿Por qué? Porque han dejado de ser equipos de fútbol para convertirse en grupos de oración. Se la pasan encomendados, abrazados, arrodillados, de ojo cerrado, rezando, persignándose y diciendo como frase de cajón: “La gloria es para Dios”. Me salvé. Gracias, entrenador.

Como televidente, en el Mundial tendré que acudir a mis amigos médicos para incapacitarme en la primera fase. Hacer valer el día libre por ser jurado de votación. Casaré peleas para inventar una jornada de integración en Paipa en los octavos de final. Adoptaré un niño en el ICBF para ganar los beneficios de la Ley María en las semifinales. Tendré que soportar los reproches de mi jefe diciendo, como los contadores de Ernst & Young, que existe “una oportunidad de mejora”, que va a “escalar” el caso a recursos humanos, que estoy dañando el clima laboral, que me enviará memorando con copia a la hoja de vida, que compre seguro de desempleo, todo por escaparme a ver un partido plagado de publicidad, en el que Vinasco dice: “Que no me esperen en la casa”. Tal vez eso me traumatice también y deje de ser un televidente. Eso me salvaría.

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