Hace poco un amigo me hizo caer en la cuenta de que antes, hace un par de años, en todos lados vendían "café con leche" pero ahora esa denominación se ha cambiado por la más glamurosa "café latte". En los cafés Juan Valdez, epítome de la cultura cafetera colombiana, no hay café con leche sino latte. ¿Por qué demonios no decirle café con leche? Mientras tanto ha venido desapareciendo la bogotana palabra "perico" para designarlo, y no creo que sea debido a que se preste para confusiones.

Me parece que se debe a un complejo de inferioridad cuya premisa es sentirnos provincianos por tenerles nombres locales a las cosas. Cuando yo era niño, en Cali, no existía el croissant: se llamaba pan cacho, pero ahora estamos bajo el imperio del croissant o cruasán, como reza la castellanización del vocablo. Qué lástima, pues pan cacho hacía una bella analogía con la forma de cuerno que tiene. Mientras tanto, en Argentina, los argentinos comen medialunas sin complejos, sin tratar de ajustarse a los designios de afuera.

De la mano de la informática llegan un montón de anglicismos a imponerse: atachar por adjuntar archivos, tipear por teclear, emailear por escribir correos, downloadear por descargar, loguear por introducir contraseña… Pero no se trata de la única compuerta abierta a la invasión de palabrejas, pues en jerga de la economía y la administración encuentra uno holding en lugar de grupo empresarial, la gente brifea en lugar de informar sobre un tema, se entregan abstracts, se hace consulting, se busca el delayering para abaratar costos y disminuir burocracia, hay expertos en coaching y jefes de mercadeo que determinan el target. Antes, en televisión, existía la franja de mayor audiencia, ahora es el prime time o, para abreviar, tan solo el prime.

No se trata de castellanizarlo todo ni de levantar barreras proteccionistas al idioma, que está vivo y se nutre de la interacción con los usos cotidianos y las palabras de otras lenguas, pero en ocasiones se pierden ciertos matices o se adopta sin más una palabra de afuera. Hay casos, sin embargo, como el brunch, palabra inglesa que resulta de la combinación entre lunch y breakfast, utilizada para nombrar la comida que está a medio camino entre desayuno y almuerzo, un desayuno bien trancado, diríamos. No veo que se vaya a popularizar la palabra almueryuno, yo prefiero brunch aunque suene un poco cula.

De otro lado, hay dos giros idiomáticos bogotanos —o que sospecho bogotanos— que existen desde siempre y siempre me han exasperado:

El primero es la utilización de la palabra "hasta" en lugar de "desde". Uno llama a un banco y pregunta cómo es el horario extendido, la persona que contesta responde que hay servicio "hasta las tres". Yo siempre entendía que el servicio terminaba a las tres, pero lo que en realidad quiere decir es que a partir de las tres empieza el servicio. "Hasta" impone un límite, una teminación: "Hasta aquí llegamos", dice uno cuando interrumpe el camino, es lo lógico utilizar la preposición "hasta" oponiéndola a "desde" o "a partir de", pero en Bogotá utilizan el "hasta" de mala manera, todo el tiempo. ¿Hasta cuándo?

El segundo es un curiosísimo uso del plural que he visto hasta escrito en novelas. Supongamos que Pepito está ennoviado con Pepita. Uno se encuentra a Pepito un lunes y le pregunta qué hizo el fin de semana, el tipo responde "Estuvimos con Pepita en Villa de Leyva", y ¡fueron solo los dos! No dice "estuve con Pepita" ni "Pepita y yo estuvimos en Villa de Leyva" sino "estuvimos con Pepita", como si él y alguien más hubieran ido en compañía de Pepita a Villa de Leyva. Y así: "Cuando nos cuadramos con Pepita…" ¿Quiénes se cuadraron con Pepita ?, ¿vos y cuántos más? Nos besamos con Pepita, nos miramos con Pepita…

A pesar de eso, en Bogotá se maltrata menos el idioma que en otros lugares de Colombia. Se habla mejor que en Cali, por ejemplo. En Abraham Al Humor, David Sánchez Juliao dice que el mejor español de Colombia se habla en Popayán. ¿De dónde habrá sacado el dato? ¿Será verdad o un invento? ¿Quién me podrá brifear al respecto?

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