Vivo y leo y escribo en España. Ya saben: ese país famoso por los toros, la paella, Picasso, el flamenco, Almodóvar, la corrupta ineficacia de sus políticos y, de un tiempo a esta parte, por aportar escenarios más o menos naturales para la serie de televisión Game of Thrones, de HBO. (Este es el tráiler de la nueva temporada de GOT)

Y, no, no es la primera vez que este reino se había puesto más que dispuesto como telón de fondo: por aquí ya pasaron el Lawrence de Arabia y el Doctor Zhivago de David Lean, el John Lennon de Richard Lester, el John Reed de Warren Beatty en Reds, el Clint Eastwood en modalidad spaghetti western de Sergio Leone, el Indiana Jones de Steven Spielberg y el Anakin “Darth Vader” Skywalker de George Lucas, y el Jason Bourne de Matt Damon, entre muchos otros.

Y es verdad que todos los veranos descienden sobre nosotros hordas sajonas y nibelungas para —enloquecidas por el hedonismo mediterráneo, que todo lo permite a cambio de un puñado de monedas de oro— emborracharse en bares, violar en playas, vomitar en aceras y cagar en portales.

Pero, ah, nada como el orgullo patrio y la histeria geográfica de que la última temporada y la próxima temporada de Game of Thrones se haya paseado y se vaya a pasear por Cataluña o por Andalucía y Euskadi, ancestrales tierras míticas siempre al borde del quiebre o de la separación con la corona central y todo eso. Y qué decir si, además, se consiguió plaza como extra en alguno de estos sets; o se participó en las conmovedoramente absurdas promos de Canal + antes y Movistar ahora; o si, como ese pobre tipo, se apuntó en un concurso alegórico cuyo premio consistió en ser coronado juguetona y tronísticamente en plena Gran Vía de Madrid. (La extraña coincidencia en los capítulos más vistos de GOT)

Ser fan de Game of Thrones es, me temo, bastante parecido a ser zombi de The Walking Dead.

Me dicen que en Colombia también han sido mordidos y contagiados y que también pasa (y me pregunto si en esta entregada sumisión a semejante engendro no habrá algo de imperiosa necesidad de fuga y distracción de los espantos ultraviolentos de una realidad cada vez más bestial en un mundo presente y castigado por individuos cada vez más fantasy y cada vez más dispuestos a volar por los aires en el nombre de dioses varios). Y que lo mismo sucede en buena parte del resto del mundo.

Pero, claro, no es fácil vivir aquí (en un país que es ahora parte inseparable de Starks y Lannisters), haber adoptado la nacionalidad, tener un hijo local, y que te importe un cuerno qué pasó o qué va a pasar ahí. En una serie de televisión frente a la que de tanto en tanto me siento con buena disposición y espíritu sentimental (mi señora esposa es fan de las novelas de George R. R. Martin y considera la versión televisiva como “ilustraciones” un tanto psé…) para, enseguida, preguntarme con cierta inquietud si no me estaré adentrando con involuntaria decisión en las tierras baldías del alzhéimer.

Porque no entiendo nada. En serio. De verdad.

Y juro que me he esforzado y que, en su momento, disfruté de J. R. R. Tolkien (y lo comprendí) y aún más de la compleja saga de Gene Wolfe protagonizada por el crepuscular torturador y atormentado Severian. También he gozado del Genji Monogatari de Murasaki Shikibu, de Guerra y paz de Tolstói, del Ulises de Joyce, de la Recherche de Proust y de La broma infinita de David Foster Wallace, entre muchos otros nobles desafíos que han incluido, también, a bastardos placeres culposos como algunos thrillers de Robert Ludlum, o las tres primeras crónicas vampíricas de Anne Rice o, ahorita mismito, la muy de moda trilogía sci-fi de Cixin Liu.

Es decir: me animo a todo y no le hago ascos a casi nada.

Pero juro que con todos esos escudos y territorios y linajes y agónicos tiempos muertos y conversaciones monologantes no puedo. Empiezo a temblar ya desde esa música marcial en los créditos de apertura, con ese mapa que me recuerda a las interminables partidas de Risk y de T.E.G. de mi infancia. Y, con ese recuerdo, enseguida llega el convencimiento de que la vida es demasiado corta para intentar comprender lo incomprensible cuando hay asuntos tanto más interesantes para no comprender, como eso del Bosón de Higgs o lo que puede llegar a estar sucediendo dentro de la cabeza de Messi.

El problema, claro, es que la opción de no darle la menor o nula consideración al asunto no es cosa fácil. Porque enseguida te encuentras con alguien a quien consideras (o considerabas) un ser inteligente diciéndote cosas como que “Martin está al nivel de Shakespeare” (o de The Sopranos o de Six Feet Under o de The Wire o de Breaking Bad o, si nos ponemos pulp, de Battlestar Galactica o de Penny Dreadful). O con toda esa gente lanzando grititos de horror/placer ante la escena de la ya famosa “boda roja” y filmándolo y subiéndolo a YouTube. O alcanzando el orgasmo ante la tan previsible sorpresa de la resurrección de John Snow (lo siento, pero cuando una trama apela al recurso de volver-de-la-muerte, yo me bajo en la siguiente estación pensando en que, para eso, me hago creyente y vivo y muero más tranquilo). O convirtiéndose en súbitos especialistas y estudiosos de la medieval Guerra de las Rosas británica porque “de ahí sale todo”. O recitando de memoria parlamentos que dan vergüenza ajena con la misma pasión que (estoy seguro de que muchos de aquellos descienden de demasiados de estos) alguna vez, siempre adictos automáticos y consumidos consumistas, lanzaron maleficios marca Hogwarts o acamparán, mañana, para hacerse con el próximo y talismánico modelo de iPhone. O…

¿Y de verdad alguien en su sano juicio puede pensar que esa versión de Shakira Sword & Sorcery que es Daenerys Targaryen (la insulsa Emilia Clarke, gracias, Wikipedia) es, como aseguró el menuario Esquire, la mujer viva más sexy de 2015? ¿En serio les conmueven y sorprenden las maquinaciones de estos clanes que, en términos de conspiraciones o apuñalamientos por la espalda, no le llegan ni a los tobillos a lo que sucede en cualquier reunión navideña de tu familia política? ¿En serio que a alguien le emociona que contenga dragones (además de tetas), que no son otra cosa que un dinosaurio que nunca existió? ¿En serio que te preocupa más cuándo George R. R. Martin (con ese look de versión hobbit de Michael Moore y un aspecto cada vez más aterrorizado por el fenómeno que ha creado) va a entregar (o no va a entregar nunca ja ja ja ja) el próximo mamotreto que el hecho de que Donald Trump, mucho más intimidante y ominoso que cualquiera de los personajes de Martin, sea el próximo Maestro del Juicio Final que abra los sellos del Apocalipsis (entre paréntesis: Hillary Clinton también es un personaje de Games of Thrones, y las encuestas han determinado que los demócratas adoran la serie mientras los republicanos no pueden verla)? ¿Es cierto que te gastaste todos tus ahorros en una prenda de la colección otoño 2012 de Helmut Lang inspirada en la serie para ir por ahí con aspecto de orco demacrado mientras cuentas los días para el inicio de la séptima temporada?

No todo está mal, es cierto. Hay algo de placer en asistir a las periódicas carnicerías en las que despachan al otro lado a varios de tus personajes no-favoritos; ese trono de hierro y sables no está mal; el actor enano es un gigante en comparación con cualquiera de sus compañeros de elenco; y, oh, conmueve un poco comprobar el efecto del paso de los años en la anciana lady que es hoy Diana Rigg y que alguna vez fue (esa sí que era sexy; aquella sí que era televisión inteligente) la insuperable Emma Peel de The Avengers.

En lo personal, cada vez que escucho eso de “Winter is Coming…” en lo primero y único que pienso es en la cuenta del gas que me va a llegar —puntualmente y sin ningún tipo de retraso martiniano— a la altura de marzo.

Y, sí, cómo tiemblo entonces.

Y esto es todo y aquí me despido: en unos minutos va a empezar Ray Donovan —fixer-todo servicio-siempre listo de Los Ángeles—, a quien le hubiesen bastado tres o cuatro episodios para poner orden en Westeros y extinguir a todos esos dragones.

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