Aquella tarde el olor de la madreselva recién mojada por la lluvia perfumaba el patiecito de adelante de la sala velatoria de Trenel, un pueblito rural de la provincia de La Pampa. Adentro, en un fondo de penumbra, una caja del tamaño de cuatro cajas de zapatos juntas -dos arriba y dos abajo- contenía los restos de Liliana Molteni, secuestrada en 1976 a los 23 años por fuerzas de la dictadura argentina, asesinada y enterrada como NN en el cementerio de Avellaneda, provincia de Buenos Aires.
Los amigos de la familia se acercaban a saludar a Emiliano, el padre, parado al lado de la cajita envuelta con una bandera argentina y con un ramo de claveles al lado.

Llegó la madre, Olga, de ochentaitantos. Abrazos y más abrazos en el medio de la calle. “Mi hermana más chica fue compañera de ella”, le dijo una vieja. “Claro, claro”, contestó.

Pinky Pumilla, un histórico luchador por conocer lo que pasó esos años en esta provincia, se acercó a abrazarla. No era un desconocido, la familia sabe de su cara desde 1982, cuando eran pocos -¿era el único?- los que empezaban a investigar sobre el destino de los desaparecidos pampeanos.

Había dos coronas de flores en la puerta; una de la municipalidad y el pueblo de Trenel, y otra de sus compañeros de secundaria. Se ponía fresco cuando al sol lo tapaba una nube.

Llegó la hora. Los papás se acercaron a la cajita. Olga acariciaba la caja con sus manos suavecitas. Analía, hermana de Liliana y Emiliano levantaron la cajita y la llevaron al coche negro, que salió rumbo al cementerio. Esa cajita no es como un ataúd clásico, con manijas para que lo lleven entre seis; la puede levantar una sola persona, por eso es difícil repartirse y llevarla caminando entre dos.

Durante el recorrido por el pueblo en algunas casas se veían carteles que decían “Acá estuvo la primera gomería”, “Acá funcionó la primera panadería” y otros por el estilo. Trenel puede decir ahora que tiene el primer caso de recuperación, en democracia, de los restos de un pampeano desaparecido. La identificación de sus huesos fue gracias al trabajo del Equipo Argentino de Antropología Forense, por el análisis de ADN.
En la entrada del cementerio, el coro que integra Olga -la mamá que quizá ahora tenga algo de paz- cantó “Sólo le pido a Dios” y a todos se les partió el alma. Lloró hasta el camarógrafo.

La cajita blanca siguió su camino y la pusieron en un nicho, que en su tapa anunciaba -como diría Borges- sus fechas fundamentales: Febrero 1953 - Junio 1976. Pero estábamos en el 2005.

Los antropólogos forenses alteran la paz de los cementerios. Pero en los cementerios donde ellos buscan, no hay paz.

A uno le cuesta entender cómo pueden hacer eso una y otra vez, y eso es desenterrar cadáveres en todo tipo de condición. Porque, ¿cuántos muertos ha visto uno en la vida? Los abuelos, el padre de un amigo, un tío... y siempre con la asepsia de una sala velatoria bien lustrada o la cama de un hospital.

Mientras escribía esta crónica murió una chica con la que habíamos sido compañeros en el colegio secundario. En el velorio, la gente hablaba de qué iba a hacer más tarde y parientes que hacía tiempo que no se veían charlaban de cualquier cosa. Hasta una nena rubia estaba al lado del ataúd, subiendo y bajando de las rodillas de una mujer, como si fuera la sala de espera del dentista.

Muchos podíamos aceptar esa muerte porque el cuerpo estaba ahí, fue el resultado de una enfermedad difícil de curar, estaba entre las posibilidades, se cerró el cajón y listo ¿Pero qué pasa cuando uno está parado al borde de una fosa común en la que hay zapatos de nenes y vestidos de nenas, como en El Salvador ? ¿O cuándo entre los huesos de lo que fue la cadera de una mujer asesinada hay unos huesitos que delatan que ahí había un bebé, como en la Argentina?

SNOW, UN HOMBRE DE BRONCE

Clyde Snow es el prócer de esta historia. En 1985 encabezó el grupo de científicos que identificó en Brasil los restos del nazi Josef Menguele. Un año antes había sido el inspirador, en su sentido más completo, del equipo argentino de antropología.
En una entrevista de 2004 del diario Página/12, explicó que en aquel brote democrático de 1984 “por primera vez en la historia de la investigación de violaciones a los derechos humanos empezamos a usar metodología científica para investigar estos crímenes”. Y aseguró que “la idea de usar la ciencia en el área de derechos humanos comenzó aquí en la Argentina y ahora se usa en todo el mundo”.

En el mismo artículo de la periodista Victoria Ginzberg, Snow opinó acerca de la necesidad de los familiares de recuperar los restos de los suyos. “Cuando pasan los años, racionalmente la gente piensa que lo más posible es que su familiar esté muerto. Pero eso pasa en la cabeza, no en el corazón. Aceptarlo a nivel emocional es algo muy difícil. Una vez que se encuentran los restos es más fácil. De otro modo hay una situación suspendida, que no se resuelve”. Como dijo el poeta Juan Gelman cuando en 1989 el Equipo recuperó e identificó los restos de Marcelo, su hijo: “Siento que he podido rescatarlo de la neblina”.

Otro de los personajes de esta historia, Eric Stover, me había dado la dirección de e-mail de Snow, y le escribí. Me contó que a los 78 años trabaja en alrededor de cuarenta homicidios “comunes” al año, sólo en Estados Unidos. Y cuando no está analizando huesos en alguna misión de la ONU, vive en Norman, un “pequeño y placentero pueblo universitario” ubicado al sur de la ciudad de Oklahoma. Su tiempo libre lo dedica a cocinar, comer y buscar la fórmula perfecta del Martini seco.

¿Por qué confió en aquellos jóvenes para hacer un trabajo tan delicado? “No tenían experiencia pero sí un montón de entusiasmo. Entonces fuimos a trabajar”, respondió Snow, que en 1984 llamaba la atención cuando andaba por Buenos Aires vestido con botas y sombrero de cowboy. Hasta tenía una placa de sheriff por ser perito de crímenes. “Desde el primer momento quedé profundamente impresionado con su entusiasmo e integridad, y supe que una vez que tuvieran algo de entrenamiento y experiencia se desempeñarían de forma espléndida”. Hoy los siente su segunda familia.
De aquella época recuerda que fue “dramático” cuando tuvo que dar testimonio en el juicio a las juntas militares. En una oportunidad mostró una serie de diapositivas de huesos y balas que detallaban cómo se había asesinado de un escopetazo a una chica llamada Liliana Pereyra. La ciencia empezaba a desnudar los intentos de los militares de negar lo que habían hecho desde 1976 a 1983.

Después de formar el Equipo argentino, y con la ayuda de éste, organizó grupos similares en Chile, Perú y Guatemala. Ha visto muchos muertos, muchísimos, y en su carrera aprendió que “la gente común es buena”, desde Argentina hasta Zimbabwe. Pero asegura que en cada sociedad existe un uno por ciento de verdaderos sicópatas que simplemente “disfrutan causando dolor y asesinando”. “En otras palabras, creo que si los fanáticos sionistas y los terroristas de Al Qaeda o los torturadores iraquíes, de la CIA, de Argentina y de Chile, fueran colocados en una misma celda, se convertirían en buenos amigos y de manera entusiasta cambiarían información sobre técnicas de tortura y métodos de asesinatos masivos”.

No podía desaprovechar su experiencia de veterano de mil batallas y le propuse un paquete de elementos necesarios para una masacre: una excusa, un gobierno dispuesto a matar, una gran parte de la población que lo apoye y la indiferencia de los países centrales. Me respondió que todos esos factores, en diferentes combinaciones, pueden jugar algún rol en crímenes contra la humanidad, crímenes de guerra, genocidios y otras violaciones a los derechos humanos. Sin embargo, aclaró, el apoyo de la gente es el menos importante. “Donde sea que haya ido, encontré que la gente común es más apta a ser simplemente ignorante, y por eso indiferente, de lo que están haciendo sus líderes. Una vez que conocen toda la verdad -y no importan sus afiliaciones religiosas, políticas o étnicas- se horrorizan de lo que ha pasado”.

UN COMPAÑERO GRITÁNDOTE EN LA CARA

En la nota del Página/12, Snow recordaba que en su primera visita a la Argentina conoció a un estudiante de medicina: Morris Tidball Binz. Y decía que esa persona ahora estaba trabajando en la Cruz Roja Internacional, en Ginebra. En el sitio web de la Cruz Roja se lo mencionaba en algunos artículos. Pedí hacer contacto con él y alguien de prensa me respondió con un e-mail diciendo que estaba de misión hasta dentro de unos días. Esperé, dio señales de vida y hablamos por teléfono. Fue en diciembre de 2005.

Me dijo que había estado en Irbit, al norte de Jordania, coordinando un curso para profesionales de Irak y otros países de la región. Como parte de la práctica tenían que desenterrar huesos de plástico, aplicando técnicas de la antropología forense. El objetivo era que los médicos iraquíes sepan identificar a los cadáveres que llegan a diario al Instituto de Medicina Legal de Bagdad. Cuando escribo estas líneas, los medios siguen informando casi todos los días de coches bomba que explotan y matan de a veinte en las calles bagdadíes, y de ofensivas mortales del ejército estadounidense contra los rebeldes o los civiles de a pie.

Antes de cumplir los 30, Morris ya era el primer presidente del Equipo. Cuando hablamos, tenía 48, tres hijos de dos matrimonios y era coordinador forense del Comité Internacional de la Cruz Roja, trabajando en todo lo relacionado con restos humanos y recuperación de cuerpos derivados de conflictos. Nació en Viña del Mar, Chile, y a los dos años la familia se mudó a la Argentina. Su papá, argentino, trabajaba en la industria del tabaco y por eso vivió en las provincias de Corrientes, Chaco y Salta. Perdió la nacionalidad chilena cuando no quiso volver para hacer el servicio militar pinochetista. En 1977 empezó a estudiar medicina en La Plata y se puso en contacto con algunas abuelas que querían saber qué había pasado con sus nietos, con los hijos de sus propios hijos desaparecidos.

En nuestra primera conversación, que se cortó cuatro veces, me insistió con la idea de que el Equipo no nació por “generación espontánea” y que sus integrantes “no cayeron del cielo”, sino que fue parte de un proyecto de Abuelas de la Plaza de Mayo que desde fines de los ’70 estaban buscando la manera de que la ciencia las ayudara a encontrar a sus nietos.

En mayo de 1984 llegaron Snow, el militante por los derechos humanos Eric Stover, el odontólogo forense Lowell Levine, la especialista en genética Claire King, el patólogo forense Leslie Lukash y los médicos Christian Orregoy y Luke Tedeschi. Mauricio Cohen Salama escribió en su libro “Tumbas Anónimas” (la historia oficial del Equipo) que la presencia del grupo en Buenos Aires “irritó a numerosos militantes de las organizaciones defensoras de los derechos humanos, quienes expresaron su desconfianza hacia un grupo proveniente de los Estados Unidos, país al que hacían cómplice de las violaciones de los derechos humanos ocurridas durante la dictadura militar”.

A pedido de los jueces que se animaban, Snow hizo algunas exhumaciones pero en junio ya debía volver a su país. El juez Juan María Ramos Padilla le pidió que hiciera una exhumación en el cementerio de Boulogne, en el conurbano bonaerense, para determinar si unos restos NN eran los de Rosa Betti de Casagrande, desaparecida desde 1976. Snow pidió la colaboración de antropólogos locales pero el Colegio de Graduados en Antropología no respondió al llamado. Ahí entró Morris, estudiante de cuarto año de medicina y colaborador de Abuelas, que se había unido al grupo de extranjeros por interés y por casualidad. Hizo de traductor en La Plata cuando los estadounidenses daban su primera conferencia de prensa en el país y la traductora dijo que no podía seguir porque no entendía el inglés de los visitantes.

“Hacía falta de manera urgente disponer de gente que tuviese alguna noción de arqueología para hacer la primera exhumación científica, documentada, de la Argentina”, recordó Morris. “Yo te consigo unos amigos estudiantes”, le dijo entonces a Snow, pero él no tenía conocidos en ese ambiente. Morris le pidió ayuda a su amigo Douglas Cairns, estudiante de antropología social, quien le aseguró que le iba a conseguir las personas. “El tiempo volaba, era para mañana”. Más tarde, Morris fue a buscar a Douglas a una manifestación contra el FMI, porque sabía que ahí lo iba a encontrar seguro. El estudiante de medicina le reclamó al de antropología lo prometido y quedaron en verse después en el Hotel Continental, a dos cuadras de Plaza de Mayo, donde se alojaba Snow.

“Llegó con un pedo garrafal”, me contó Morris. Douglas, quizás para combatir el frío del otoño porteño, se había pasado de alcohol durante la marcha. Tambaleando y a los gritos se acercó a Morris. Snow pasó, los vio y se acercó. Morris no tuvo más remedio que presentarlos. Douglas empezó a increpar al estadounidense, preguntándole si sabía lo que hacía el FMI y lo que pasaba en el país. “Fue una diatriba proselitista”, dijo Morris entre risas. Snow no entendía nada. Mientras, empezaron a llegar algunos jóvenes de la Universidad de Buenos Aires convocados por Douglas, a quien Morris tuvo que llevar al baño de un bar porque quería vomitar.
Snow invitó a los chicos y las chicas a cenar, para explicarles lo que necesitaba. Nadie entendía nada. “Yo estaba cagado en las patas, si al viejo no le caían bien o si ellos le decían que no, se iba todo al carajo”. Pero se entendieron y, con miles de dudas, los jóvenes se animaron a su primera exhumación.

-En 1984, ¿existía en ustedes la sospecha de que los militares podían volver al poder?
-Por supuesto. Vivíamos con el culo en la mano. Estaba la euforia pero también el temor a un retorno de los milicos. Había una intimidación continua contra el sector militante (por los derechos humanos). Yo no comía vidrio. En las exhumaciones sabíamos que nuestra custodia, y algunos funcionarios con los que hablábamos, habían estado vinculados con el aparato estatal del anterior gobierno. Y era un laburo con una altísima carga emocional. El cuerpo que estaba en la fosa era un compañero o una compañera que estaba gritándote en la cara. Había una urgencia por hacer ese laburo.
 
VEA LA SEGUNDA PARTE

PROHÍBESE EL EXPENDIO DE BEBIDAS EMBRIAGANTES A MENORES DE EDAD, EL EXCESO DE ALCOHOL ES PERJUDICIAL PARA LA SALUD.