Pocos lo recuerdan, pero en 1996, cuando Mijaíl Gorbachov se presentó a las elecciones presidenciales rusas, su intento de volver al poder terminó con un patético 0,5 % de los votos. Mientras en primera vuelta el desacreditado Boris Yeltsin (quien terminaría reeligiéndose) sacaba más de 26 millones de sufragios, el premio nobel de Paz de 1990 no llegó ni a los 390.000. Mientras en el exterior lo aplaudían por haberle puesto fin al régimen comunista, su pueblo le cobraba, nada menos, ser el artífice de la caída de un imperio.

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La paradoja del hombre que es al mismo tiempo un héroe de la democracia y un traidor está presente en la más reciente biografía del político ruso escrita por William Taubman (ganador del Pulitzer en 2004 por su biografía de Nikita Kruschev). El libro, que recoge entrevistas con el mismo Gorbachov, con sus amigos, subalternos y enemigos, así como documentos históricos y una extensa bibliografía, tomó 11 años en terminarse y ha sido catalogado como una obra maestra.

Uno de los méritos de Taubman es que logra desentrañar a ese líder lejano, dotarlo de humanidad y dar cuenta de las circunstancias que lo llevaron a ser quién es. Su personalidad es tan contradictoria como su papel en la historia y es descrito como un hombre complicado que tiene tanto de sabio como de superficial, de impaciente como de calculador. El tipo de hombre que habla de sí mismo como si lo hiciera de otro: “‘Gorbachov es difícil de entender’, me dijo, hablando de sí mismo en tercera persona, como usualmente hace. Yo había empezado a trabajar en su biografía en 2005 y un año después me preguntó cómo iba. ‘Lento’, me disculpé. ‘Eso está bien’, respondió, ‘Gorbachov es difícil de entender’”, se lee en las primeras líneas.

El libro da cuenta del ascenso del estudioso joven de pueblo que a fuerza de inteligencia, astucia y buenas conexiones terminó en el puesto más importante de la Unión Soviética.

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Su historia comienza en 1931 en Privolnoye, a las afueras de Stávropol, una pequeña villa del sureste ruso en donde pasó su niñez ayudando a su querido padre en labores del campo y recibiendo azotes de una madre estricta en exceso. En esa época vivió en carne propia la realidad de un régimen que mantenía a los campesinos sumidos en la pobreza y víctimas de hambrunas, como la que en 1933 acabó con la mitad de los habitantes de su población, incluidos dos de sus tíos y una tía.

El brazo represivo del partido comunista también tocó a su familia. Sus dos abuelos fueron injustamente encarcelados durante las purgas estalinistas y aunque sobrevivieron a los gulags, la huellas de sus historias tuvieron que haber influido a quien 50 años más tarde acabaría con el régimen a través de sus políticas de perestroika (reestructuración) y glásnost (transparencia).

¿Era este joven campesino devenido en presidente de una de las dos potencias que dominaban el mundo un enemigo del régimen comunista en el que creció? La tesis de Taubman es que no, que Gorbachov, a pesar de todo, era el más soviético de los soviéticos y que precisamente su búsqueda de restaurar un sistema pervertido lo llevó, involuntariamente, a ese desenlace. La comprensión de la inviabilidad del sistema y de la necesidad de cambio le llegó de la mano de sus viajes al exterior, de la lectura de los clásicos comunistas y de movimientos reformistas precedentes como la Primavera de Praga.

El hombre del lunar en la frente comprendió que el totalitarismo, la burocracia inmóvil y corrupta y una economía estancada, tarde o temprano acabarían con la Unión Soviética. Su intervención habría sido el último recurso para salvar lo que quedaba del naufragio comunista, y si por algo puede juzgársele no es por su falta de patriotismo, sino por la improvisación de sus reformas, que no supieron leer la economía del mundo global y tecnificado que empezaba a presentirse y que otros, como Deng Xiaoping en China, entendieron a la perfección.

Por eso Taubman no lo culpa del fracaso de la Unión Soviética. De hecho, lo considera un político excepcional que tuvo que lidiar con una materia prima defectuosa.

En la Rusia de hoy el líder octogenario terminó como el chivo expiatorio perfecto: acusado de agachar la cabeza ante Occidente, carga con la culpa de la deshonra de todo un pueblo. Es la antítesis de Vladimir Putin, quien ha sabido venderse como el restaurador de la antigua grandeza. En la época de los políticos bravucones, el legado de Gorbachov permanecerá invisible para muchos.

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