Günter Grass acaba de confesar, después de 60 años, que perteneció a las SS. Muchos lo respaldan, pero otros salieron a condenarlo, si no por esa opción tomada a sus inocentes 17 años, por su silencio durante todo este tiempo. Grass, que durante su carrera no ha esquivado polémicas, está recibiendo la pela de sus contradictores, quienes han pedido entre otras cosas que le quiten el Premio Nobel y el Príncipe de Asturias. Graciano García, de la fundación asturiana, salió al paso afirmando que este no le sería retirado.

Capaz sería la Fundación Nobel, tan políticamente (in)correcta, de cometer semejante disparate, pero afortunadamente tampoco lo hará. Según el director de la Fundación, Michael Sohlman, "la concesión del premio es definitiva. Nunca ha ocurrido que se haya retirado un premio". Es que, para empezar, se trata del Nobel de Literatura: debe premiar, entonces, las calidades literarias del escritor, no su integridad moral o política. Al margen de que durante décadas haya combatido las ideas que motivaron su militancia adolescente y se haya erigido en estandarte moral de su país, que Günter Grass haya pertenecido a las SS no le resta un ápice a la calidad de su obra y por eso debe conservarlo. Es mucho más sospechoso, eso sí, que le hayan dado el Nobel de la Paz a Yasser Arafat, para no hablar del vergonzoso Nobel de la Paz que recibió el frío, pragmático y maquiavélico Henry Kissinger en 1973. A nivel nacional, el ex presidente Pastrana figuró al final de su mandato como opcionado para obtener el mismo galardón. ¡Eso sí que habría sido la tapa!

Estos clamores parten de la errónea idea de que la moral y la ética marchan paralelas a las capacidades estéticas. Nada más falso, el mundo del arte está lleno de adictos, mitómanos, abusadores, psicópatas, ladrones, estafadores y hasta asesinos.

Pero volvamos a la literatura. Si a nazis vamos, luego de haber escrito sus dos obras fundamentales, Viaje al final de la noche y Muerte a crédito, Louis Ferdinand Céline, en la cumbre de su popularidad, escribió Bagatelas para una masacre (1937), un furiosísimo panfleto antijudío, cargado de racismo y bilis. El escritor alemán Ernst Jünger cuenta en su Diario de guerra una violenta intervención de Céline, en una reunión, achacándole a Hitler su ineptitud por no haber sabido terminar de una vez por todas con el "problema judío" en Francia. Por su parte, el escritor noruego Knut Hamsun, quien recibió el Nobel en 1920 (y no se lo quitaron), apoyó la invasión alemana a su país en 1940, según él, porque los nazis los harían volver "a la grandeza de la época vikinga"; Hamsun fue el intelectual más cercano a Vidkun Quisling, el títere que los nacionalsocialistas pusieron en el sillón presidencial. A nivel nacional y de corte más anarquista que nazi, uno puede encontrarse perlitas racistas como esta, de Fernando Vallejo, en Años de indulgencia: "Dice Tomás de Aquino que los negros tienen alma. ¿Pero cuándo vio ese cura barrigón un negro? Negra la tendrán y el pelo churrusco y la frente cerrada y torcidas las intenciones (…). De la negra cópula salen más negros, más holgazanes que a su vez proliferan. Todo lo empuercan: las calles, las casas, las escaleras (…). Los negros, que en la noche no se ven, aquí [en Nueva York] andan sueltos. No es como en Colombia donde el negro está en su nicho ecológico, en su hábitat: en el pantano, en la laguna, con la marta, con el armadillo, con el tapir".

Y, sin embargo, nadie puede negar que Céline, Hamsum y Vallejo son escritores inmensos, sus libros son verdaderas proezas literarias que no se empañan por los delirios de sus autores. El talento para escribir viene solito, no trae otras cualidades de ñapa. Si fuera así, Borges no se habría dejado manosear de Pinochet, ni Peter Handke habría asistido al funeral de Milosevic (donde leyó un emotivo discurso), ni Álvaro Mutis pregonaría a voz en cuello que es monárquico y no cree en la democracia, ni García Márquez sería cortesano de Fidel Castro.

No se nos olvide que, a diferencia de Grass, ninguno lo hizo a los 17 años y ninguno ha manifestado algún arrepentimiento.

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