Toc toc. ¿Hay alguien en casa? Silencio sepulcral. No se oye ni el ruido de una mosca. ¿Rizitos de oro? ¿Una película de terror? No. Es la sensación que dejan las páginas de esos libros y revistas de arquitectura y diseño que muestran las maravillas de casas y apartamentos extraordinarios donde vive gente extraordinaria, como llegada de otro mundo. Todo es tan perfecto, tan pulcro, todo está tan en su sitio: lo Art Déco, lo Starck, lo étnico, lo retro, lo industrial, lo high–tech, lo postmoderno… De la misma manera que científicos, escritores y teólogos se preguntan: ¿hay vida en Marte?, no queda del todo claro si alguien, después del cierre de tejado, habrá puesto sus pies en semejantes lugares, habrá utilizado esos baños, preparado un huevo perico en esas cocinas cromadas, si habrá pelado tomates y cebolla sobre los mármoles relucientes. ¿Alguien se habrá bañado en esas piscinas tan azules, planas y brillantes como un espejo cuya inmutabilidad ni siquiera perturban los vientos alisios ni las lluvias torrenciales del trópico equinoccial? Porque de eso que comúnmente se conoce como vida (inteligente, unicelular, anaeróbica, la que sea) no hay ninguna evidencia concluyente. Ni rastros de un triciclo olvidado por ahí, ni sus huellas en el piso de madera reluciente, ni un vaso con restos de Milo sobre la mesa, ni una libreta de teléfonos con un kilométrico al lado, mucho menos un manchón en la pared. Nada. Sólo objetos. Accesorios. Luminarias. Sistemas de audio y video sin cables. Como en los libros de Harry Potter donde no se conoce la electricidad y todo funciona por arte de magia. No se ven letreros de advertencia ni lazos de color carmesí como en la Casa del Florero, pero en realidad sobran porque cada uno de los objetos, accesorios, luminarias, pisos, acabados y revestimientos le gritan al lector: “no me pises, no me toques, no me uses”. Los únicos rastros de vida corren por cuenta de unos árboles allá en la distancia que a ratos se cuelan en las fotos de las fachadas o de los ventanales con vista. Porque esos prados (perdón, exteriores) tan cuidados y meditados y diseñados, sin mangueras ni balones, sin materas con manchas de tierra, tan lisos y uniformes que hacen palidecer de la vergüenza al green de la mejor cancha de golf del mundo, lucen aun más fantasmagóricos que el jardín del palacio donde Alain Resnais rodó su clásica película El año pasado en Marienbad. Maravilloso e irreal, como en las fotos del Voyager de los anillos de Saturno, como en las naturalezas muertas. En los textos nunca se dice dónde queda ni a quién pertenece. “En un valle de tierra caliente”, “en un rincón de la Sabana”, “en el recinto amurallado de Cartagena”, “en un exclusivo barrio del norte con vista privilegiada a la ciudad”… Esas suelen ser las pistas más precisas que se les ofrecen a los intrigados y maravillados lectores. Los encargados de redactar los textos de esas revistas y libros podrían aprovechar semejante sobredosis de misterio y de irrealidad que brotan de esos prodigios sin tiempo ni lugar para escribir así sus crónicas: “Érase una vez en un lejano y hermoso rincón exclusivo de tierra caliente un prestante príncipe azul que vivía en un espacio respetuoso con su entorno natural, una vista privilegiada al hermoso valle de un caudaloso río de cuyo nombre no quiero acordarme, rodeado de plantas, arbustos y árboles todos ellos de especies nativas en el que la propuesta volumétrica (sobria y clásica pero a la vez ecléctica) dialoga de manera casual pero eficaz con los acabados austeros elaborados en materiales vernáculos que hacen referencia a la región, con sutiles y sugestivos juegos de luces y sombras en los distintos niveles de aquellos espacios cálidos y generosos cuya gestualidad…” Un cuento de hadas sin tiempo ni lugar. Como en el que suelen vivir los propietarios de esos predios.

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