Me hace más feliz el fútbol que el sexo, aunque sea mejor en lo segundo que en lo primero. Me gusta, a pesar de que esté lleno de mentiras como “la jerarquía” de lo equipos y “la pasión” de los hinchas, porque la verdad es que las hinchadas son el cáncer del fútbol.

Uno no detesta a un equipo por el equipo en sí, sino por sus hinchas, aunque eso de odiar (y más a un club de fútbol) sea de tontos; pero así somos.

Los hinchas de Millonarios o de América creen que a uno no le gustan sus equipos por su grandeza (como si la grandeza se ganara perdiendo cuatro finales de Libertadores). Los de Nacional hacen llamar a su equipo ‘Rey de copas’, pero si le quitan la Libertadores del 89, queda es una recua de títulos sin importancia. Primero, no son grandes porque el fútbol colombiano es mediocre; segundo, son insoportables por la soberbia de sus fanáticos, que se atribuyen logros que no les pertenecen.

Porque los equipos son empresas y sus seguidores no son hinchas sino clientes. Sin ellos, el fútbol seguiría existiendo. Sería diferente, claro. No se llenarían estadios ni los jugadores ganarían fortunas, pero la gente seguiría jugando para luego irse a trabajar a una oficina. Por eso, los clubes necesitan seguidores, exposición mediática, patrocinadores. Y claro, jugadores y dirigentes tienen que agradecer cada tanto a los hinchas porque es bueno para el negocio. “Ganamos”, dicen los fanáticos. Mentira. Ganaron los jugadores.

Y son muy bobos, además. Se matan en la tribuna mientras en la cancha los jugadores se saludan y sonríen después del juego. El primer requisito para hacerse hincha de un equipo es ser tarado. No tiene lógica ir de antemano por los rojos o por los azules, odiar a los verdes porque sí o pedir penal cada vez que alguien de blanco cae en el área sin analizar si fue falta o no.

Cuando un equipo gana algo, sus seguidores hacen fieros y presumen, como si hacerse hincha de un equipo fuera tan difícil como entrar a Harvard. Y no entienden tampoco que los jugadores son profesionales y no hermanitas de la caridad. Ser hincha implica insultar al jugador que cambió de club porque sencillamente se le dio la gana. No entiendo cómo no han descubierto que la mejor forma de disfrutar del fútbol es verlo sin importar quién gana.

¿Cómo identificar a un imbécil? Porque le dice D10s a Messi, CR7 a Cristiano Ronaldo y se la pasa exclamando: “Vamos por la 14”, “Vamos por la séptima”, “Vamos por la octava”, que en vez de campañas de apoyo parecen rutas en la ciudad para evitar trancones.

Otra cosa. ¿Tiene presente las notas con hinchas que hacen en los noticieros? ¿Ha visto a alguno que no haga el ridículo? ¿Le ha tocado ver a alguno que diga algo medianamente coherente? ¿Cómo harán para que los hijos no les pierdan el respeto después de verlos en televisión?

Peores son los hinchas locales de equipos extranjeros. Ya había hablado en este espacio de los que desde Colombia siguen al Barcelona como si fueran catalanes separatistas, pero ahora quiero contarles que me encontré una cuenta en Twitter de seguidores de la Roma de Italia. Se autodenominan ‘Giallorossi cafeteros’ y le quitan a uno las ganas de vivir. Nunca he entendido eso de celebrar los títulos de un equipo.

Crecí viendo al Junior, lo he visto ser campeón cinco veces y no me ha hecho más o menos feliz de lo que ya soy, no me ha convertido en una mejor persona porque entiendo que fueron los jugadores los que entrenaron, jugaron y cobraron. Igual hubieran ganado sin mí. Con el tiempo he aprendido que lo único que queda de los títulos del equipo que uno quiere es que la vida sigue y que el lunes siguiente toca ir a trabajar, como si nada. ?Más artículos en www.lacopadelburro.com

En Twitter @azableh

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