Espero que comprendan que no daré todos los detalles de esta historia, pero se la contaré. Era 1985, yo tenía 23 años, vivía en Barranquilla, en una pensión, y a ratos me ganaba unos pesos componiendo vallenatos y cantando. Para esa edad ya había compuesto más de 50 canciones, pero solo 12 o 13 habían sido grabadas. Hasta que un día, caminando calle abajo por mi cuadra, levanté la mirada y en la terraza de una casa vi a la mujer más bonita que había visto en mi vida. (Yo le pedí matrimonio a mi esposa con esta caricatura)

Se llamaba Doris, y cuando la conocí, su pelo era negro. Era muy joven y me enamoré de ella y de su amor no correspondido. Por eso, nació el vallenato más famoso que he compuesto. Sí, les hablo de Señora, ese que empieza con “un verso bien sutil y dirigido, delicado y sensitivo quisiera componer yo”, y que fue, como lo digo ahí, una de mis más grandes declaraciones de amor.

Pasé por la casa de Doris muchas veces con la esperanza de volver a verla, hasta que una tarde ella salió de nuevo a la terraza. La saludé con un gesto y ella me saludó a mí. Cada vez que pasaba y la veía me acercaba más y más, hasta que nos conocimos y empezamos a ser amigos. Supe entonces que tenía 22 años y que era casada. Pero a mí no me importó.

Era dulce, bondadosa, simpática, eso me enamoró. Yo nunca le dije de frente que me gustaba, pero me las daba de galán y le regalaba dulces, le llevaba flores, le entregaba notas… No tenía miedo de su esposo, pero tampoco fue necesario llegar a un encuentro con él porque Doris nunca me paró bolas. ¡Carajo, cómo sufría…! Mi sufrimiento era indecible, uno de esos dolores que solo se viven una vez en la vida. (Yo me entregué al ELN para evitar el secuestro de mi marido)

Pasó un año. Un día tocaron a mi puerta y me llevé una sorpresa: me buscaba Otto Serge, el famoso vallenatero, que por ese entonces estaba buscando canciones para su próximo álbum. Le habían hablado de mí, preguntó por mi dirección y se apareció en mi casa. Yo le entregué tres canciones completas y una estrofa que había hecho seis meses atrás. La estrofa estaba inspirada en Doris, pero nunca la terminé. Otto se las llevó para grabarlas en Medellín. A los días me llamó para decirme que quería grabar la estrofa y me pidió que completara la composición. Yo no quería, pero él me insistió porque le había gustado mucho, entonces lo hice.

Cuando salió, la canción fue un éxito rotundo. Sonaba en todas partes y fue la primera vez que uno de mis vallenatos era cantado por todo el mundo. Para ese entonces, yo me había cambiado de casa y mi amor por Doris, aunque seguía vivo, era más una resignación. No me despedí de ella porque andaba de vacaciones fuera de la ciudad. Cuando quise volver a verla, no la encontré en su casa: se había mudado también. No volví a saber de ella.

Hasta que un buen día, en una fiesta vallenata en la que yo estaba cantando, entoné Señora. Cuando terminé, una muchacha se me acercó y me dijo: “Yo conozco a la mujer que inspiró esa canción”. Me quedé frío. Aparentemente, Doris le había contado que ella era la de la canción. No dudé en pedirle la dirección y fui a buscarla. Toqué la puerta y me abrió. Fue un encuentro hermoso, de muy pocas palabras, de miradas que hablaban.

Entonces ahí sí empezó mi historia de amor con Doris. Después de todo ese tiempo de rogadera, ella me correspondió. Seguía casada y ya tenía un hijo, pero a mí seguía sin importarme. Así pasaron cinco años felices de encuentros a escondidas en parques, citas en hoteles y escapadas de fin de semana a pueblos de la costa. (Yo le regalé un trío a mi novio)

Sin embargo, un día tomé una decisión. Más bien, el destino tomó una decisión por mí. Pasé en la carrera de Derecho en la Universidad Nacional de Bogotá. Para mí era una gran oportunidad, entonces me eché al agua y me fui a la capital. Y como bien dice la gente, amor de lejos, amor de pendejos. Aunque traté de mantener vivo el romance, la distancia fue más fuerte. A duras penas nos llamábamos y, con el tiempo, todo terminó.

Por cosas de la vida, cuando llegué a estudiar, la universidad entró en paro. Así pasó todo ese semestre y yo nunca vi una sola clase en la Nacional. Cansado de la situación, me devolví a Barranquilla, pero Doris ya no quería saber de mí. ¡Qué vaina! Pero la vida siguió. Terminé graduándome en la Universidad Libre y he ejercido el derecho toda la vida.

Ahora soy notario en Santa Marta y sigo haciendo composiciones. La última de ellas se llama En este sitio y la grabó Silvestre Dangond el año pasado. Tuve muchos amores, cinco hijos, y hace 17 años estoy felizmente casado con Linda Tromp, una mujer inigualable. Por supuesto, ella sabe la historia de la señora del vallenato desde que éramos novios y siempre me mamó gallo diciéndome que era un irrespetuoso por haberme metido con una mujer casada. (Yo le pedí la mano a mi novia en un partido)

Hasta el día de hoy no he vuelto a ver a Doris. Sin embargo, sé que aún vive y sigue casada con el mismo hombre, porque gente que nos conoce a los dos me lo ha dicho. Y aunque sé que no volverá a pasar algo con ella, siempre la recuerdo con mucho afecto, porque ella inspiró el vallenato más sentido que he escrito y que muchos hombres han cantado con el mismo dolor que yo tuve una vez.

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