Me llamo Fernando y soy un hombre de bien. Tengo 28 años, una carrera universitaria y un trabajo con el que me costeo mi vida ociosa cada mes, pero que no me da para grandes lujos. Sigo pagando la carrera dos años después de graduarme y así seguiré hasta que empalme este gasto con el pago de la unviersidad de mi futuro hijo.

(¡Jamás diga estas frases si se quiere levantar una mujer! (no sea perdedor))

Vivo feliz con mi mamá, una gran mujer que me hace la comida a diario y me prepara la coca para llevarla a la oficina. No es porque yo no pueda, es que ella se ofrece. Yo arreglo mi cama todas las mañana, que conste. Vivo feliz con ella, vivo muy feliz con ella. Feliz hasta que me doy cuenta de que vivo con mi mamá. Entonces me cuestiono para qué putas me sirve este trabajo de mierda que no me da ni para costear una habitación en un apartamento compartido. Mi mamá es una gran mujer, el huevón soy yo.

Mi padre también es un buen tipo, pero no vive con nosotros, sino con su otra familia. Es un gran padre ausente.

Terminé con mi novia, la de la universidad, hace unos seis meses, después de una relación de cinco años de idas y venidas. Más idas que venidas, por lo visto. En realidad me terminó ella a mí. Todavía no me ha contestado el mensaje que la dejé en whatsapp ni me ha devuelto ninguna de las 20 llamadas que le hice al celular. Pero ya he conocido a otra. Todo bien.

(El hombre que era adicto a la heroína y se hizo millonario con un negocio de jugos de fruta)

Ella, la de la universidad, está con otro. Me enteré por sus amigos porque ella no tuvo la cortesía de decirme que empezó una relación con él antes de terminar conmigo. Sus amigos, como ella, son grandísimas personas: de las que tienen muchísimo tacto a la hora de contarte lo feliz que está tu ex con su nuevo novio.

La nueva se llama Mariana, pero no sé si va a funcionar. Es una niña de estrato seis a la que le gusta cenar en lugares caros, ir de paseo y que la paseen en carro. El otro día me dijo que habían abierto un sitio nuevo en la ciudad y que podíamos ir a tomar algo, que todo el mundo iba ahí. No se de qué mundo hablaba, porque yo no conocía a nadie. Pedimos unos cócteles, dos cada uno, charlamos y nos besuqueamos.

Todo marchaba bien hasta que nos bebimos el último sorbo, el mesero trajo la cuenta y ella no hizo ningún gesto de querer pagar. Ni siquiera se ofreció para aportar su parte. ¡Jueputa! Esa cuenta salió casi como la mensualidad que pago por la universidad.

Estoy en ese momento de mi vida en el que o me dedico a tener novia o a pagar mis deudas. O bueno, también podría buscar un trabajo bien remunerado en el que no me exploten por 1’200.000 pesos. Sí, creo que seguiré viviendo con mi mamá.

(Cómo es perder una fortuna y tener que vender perros calientes)

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