La situación es la siguiente: usted, que es mujer independiente, trabajadora y todos esos calificativos que le hacen preguntarse cada día por qué coño no nació millonaria, llega a casa después de doce horas de trabajo. Abre la puerta y ahí está él, semidesnudo en el sofá, despatarrado y con cara de pervertido. Se hace llamar su amante, pareja, marido, como guste. Resulta que es el hombre que la hace feliz —a ratos— y quiere sexo. (No al hombre demasiado inteligente)

Un gesto muy considerado si no fuera porque usted de lo único que tiene ganas es de ponerse la piyama, agarrar un libro y mandarlo a él a la mierda. A él y al resto del mundo. No es personal.

Pero la historia se torna todavía más engorrosa. Su propio Nacho Vidal no solo quiere un folleteo rápido, sino ejercer de acróbata y tomarse el tiempo para deleitarse y deleitarla.

—Ven pa’ acá, que te pongo encima. Ven, ahora te toca abajo. Ven, que pim, pim, pim. Ven, que ah, ah, ah. Ven, ponte en cuatro. Ven, que ahora te toca dislocarte el cuello.

Y así dos horas. Repito: dos horas. Y lo dicho: usted solo quiere mandarlo a la mierda. 

Parece impensable que uno pueda aborrecer el sexo, ese acto tan placentero que, si se hace con la pareja adecuada en términos de química, no puede más que aportar satisfacción. Mentira cochina: uno lo aborrece cuando toca practicarlo con un hombre que no entiende de tiempos, de cargas laborales, de momentos idóneos. Y lo detesta aún más cuando el tipo se cree un polvazo, pero no llega ni a polvo.

No es que no haya “hombres polvazo”. Que haberlos los hay, y demos gracias a sus padres por haberlos engendrado. El problema son aquellos que alardean de serlo y luego uno se queda como: “Joder, ¿esto es en serio?”.

Señores, aquí va el consejo del día: es mejor quedarse callados y sorprender, o pasar por polvos mediocres, antes de confirmar que lo que hay detrás de tanta ínfula de grandeza es un pajero soberbio con falta de autoestima o un consumidor de porno enfermizo.  (¡No al hombre hipersensible!)

Porque la norma es que si uno se encuentra con un espécimen del género masculino que desvela sus cartas antes de pasar a la acción, lo más probable es que sean imaginarias y el polvo vaya a ser un fiasco.

Para que me entienda: si dice que tiene un miembro enorme, rece porque sea bueno con las manos o busque un microscopio. Si proclama que ninguna mujer ha fingido con él, tenga listo el repertorio de gemidos falsos. Si dice que ha conseguido que todas sus compañeras sexuales lleguen al orgasmo, termine de tirar cuanto antes, échelo de casa y llegue usted sola. Si dice que se ha tirado a muchas, reduzca el número a la mitad. Si asegura “esto no me había sucedido nunca” en referencia a los gatillazos (cuando no se le para), mentira: le ha pasado y el asunto no va a mejorar.

Pero lo peor que le puede pasar es que él afirme que se ha leído el Kamasutra de principio a fin, porque eso sí puede ser cierto, y va a querer practicar todas las posturas la misma noche mientras usted muere por deshidratación y agotamiento.

Además, el que se cree un polvazo también suele ser narcisista. Eso significa que mientras practican el acto, él se mirará al espejo, tensionará todos los músculos y se dará las gracias por estar tan bueno.

Estos ejemplares suelen, además, reproducir cada escena de su película porno favorita (la de ellos) en menos de una hora. Es lo más parecido al “sexo conejero”.

Y ahí no acaba la cosa: un autodenominado superpolvo no pierde nunca la oportunidad de dar un brinco mientras usted sigue acostada, adoptar postura de adonis y considerar adecuado incitarla al sexo oral a la vez que pasea su pene a la altura de su cabeza. (¡No al hombre bacán!)

Para completar, estos tipos son tan inoportunos que quieren manosearla en un parque o en un bus, hacerlo en medio del campo, en el baño de un bar, en el sofá de la abuela cuando ella está en la habitación y con el radar listo para chillarle: “Mijo, ¿qué es ese ruido?”. Y usted no vino a este mundo para matar abuelas ajenas de un disgusto.

No hay derecho a que estos hombres anden sueltos por la calle sin un letrero que indique: ¡alerta, se cree un genio en la cama!

Al final, resulta más práctico irse con un hombre que asegure de entrada tener el pene pequeño: es más agradecido, escucha sus demandas sexuales, trata de compensar el déficit con más preámbulos y lengua y, además, no suele creerse un superpolvo… y puede que al final resulte que lo es.

Pero si ni siquiera este alegato a favor de los hombres poco dotados le convence y está determinada a llegar a casa a leer un libro antes que convertirse en una acróbata sexual, siempre puede optar por ser una mierda: “No eres tú, soy yo, aunque tu pene pequeño no ayuda”. Le prometo que con tanta contundencia lingüística va a tener tiempo suficiente para acabarse la novela en menos de una semana. De nada. (¡No al hombre muy churro!)

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