Venga, no se vaya, que esta no es una oda al hombre estúpido escrita por una mujer brillante. Tampoco concluiré que los preferimos brutos. La verdad es simple: las mujeres los necesitamos útiles, no mensos, así que esta diatriba es contra la sabihondez masculina, no contra la inteligencia de los susodichos. No tengo ni idea si el concepto de honda sabiduría está aprobado por la RAE, lo que sí sé, o por lo menos me va pareciendo, es que tanto a los tipos como a las viejas se nos ha dado por reforzar mitos a partir de tips extraídos de esos textos que pescamos en la red y que suelen iniciar con la frase atrapabobos “Según un estudio de la prestigiosa universidad X en el país Y (obviamente del primer mundo), se concluyó que tal cosa y tal otra y blablablá…”. Por varios de esos artículos infames es que media humanidad jura y perjura que a nosotras nos fascinan, nos derriten, nos emboban los hombres inteligentes, y que a ellos, por su parte, les espantan las chicas listas.

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Está confirmadísimo, entonces, que mientras más inteligentes son ellos, más probabilidades tienen de emparejarse, y que, independiente de nuestro IQ y de nuestros títulos universitarios, lo mejor que podemos hacer las nacidas con vagina es hacernos las mensas para no espantarlos. Por este raciocinio de los mil infiernos es que tantos chicos creen que deben esforzarse por parecer listos y a la hora de bailar, por ejemplo, no se limitan a moverse rico, a amacizar y a cerrar el pico, sino que se desparraman en peroratas sabihondezcas que matan la gana. Esos estudios pecuecos tienen la culpa de esta desgracia, porque les metieron a los caballeros una idea terrible en la cabeza: que ellos sí pueden pavonearse impunemente ante nuestros ojos y oídos parloteando su profunda sapiencia, pues tal arrojo facilitará que nos lleven a la cama. ¿Saben cuál es la consigna de los estrategas de la erudición como herramienta de conquista? Que la inteligencia es “aflojachochos”. Y por eso, mis niñas, es que nos llenamos de sabihondos.

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Retomemos el hilo. A varias universidades británicas les debemos que los hombres estén convencidos de que tienen más opciones de conseguir pareja mientras más alto sea su cociente intelectual, y que las mujeres creamos que se reducen nuestras posibilidades drásticamente mientras más nos hayamos preparado. ¿Hay derecho? Si tan ilustres investigadores llegaron de verdad a esa conclusión, digo yo de ingenua, han debido guardar bajo llave esa vaina. Esa sapería, esa infinita indiscreción, nos jodió. Ahora nos toca aguantarnos a un montón de genios insufribles que no paran de hablar de lo mucho que saben y, para rematar, de lo mucho que nosotras desconocemos… Y lo hacen en los momentos más inoportunos. ¡Ahí nació el dichoso mansplaining! Sí, esa maña que tienen algunos de demostrar qué tan brillantes son mientras nos educan y, peor, nos corrigen en temas en los que no hay la más mínima probabilidad de que sepan más que nosotras. ¿En serio me vas a explicar qué es lo que yo sentí cuando no alcancé un orgasmo o cuando me dejó de venir la regla o cuando me diagnosticaron cáncer de mama y me tuvieron que extirpar un seno?

El inteligente que sí nos gusta es el que nos come rico y no se ufana de su cabeza, por lo menos no de la de arriba. Sépanlo.

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