No conozco criaturas más endebles y al mismo tiempo atrevidas que las mujeres de la clase social en la cual nací, la sexta. Quiero aclarar, como explicó la mamerta Rosa Luxemburgo, que una cosa es la clase en la cual uno nace y otra a la que pertenece; he sabido bajar varios estratos. En la que nací, las mujeres no pueden cargar una bolsa en la calle, necesitan dos niñeras para criar un gato y sus amigas son como testículos externos que las llevan a las peores cosas de las que son capaces. Cuando uno abandona los ridículos escrúpulos de clase —en la clase alta hay toda clase de zambos, mestizos y blanqueados chorizos, si a eso vamos—, descubre que Colombia realmente es una tierra de mujeres excepcionales. Entre las mejores mujeres con las que he estado se cuentan una que había sido detenida por hurto agravado, otra que había contrabandeado armas con Venezuela y sabía manejar un cautín, una fulana que trabajó en Presto y otra que se rebanó un dedo trabajando en un taller por andar pensando en este susodicho. Son guerreras, no menos hermosas, pero ciertamente sí más inteligentes que las delicadas princesitas que necesitan una junta para quedar como genios o un foro feminista para hacer alarde de toda su ferocidad, cuando lo más radicalmente rebelde que pueden hacer en su vida es saber otra cosa aparte de gastarse la plata de los manes y pedir en restaurantes, como bien le diría el Maestro a Uma Thurman en Kill Bill.

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