Pronunciar su título es francamente vergonzoso: decirlo en voz alta, como cuando uno en vano trata de decir Mad About You o As Good As It Gets, es descubrir que los pequeños músculos de la lengua ya no están para esos trotes. Pero Curb Your Enthusiasm es de lejos la mejor comedia de situaciones en la televisión que se produce hoy en día. Y se disputa con Seinfeld el título de la mejor de la historia. Si da igual quién se queda con el título, si la primera de vez en cuando finge ser el detrás de cámaras de la segunda, es porque su creador es el mismo hombre: un antiguo comediante de stand up llamado Larry David.

La primera vez que vi Curb Your Enthusiasm, que sigue los pequeños dilemas morales de una versión enloquecida del neurótico, hipocondríaco, misántropo David, me sentí realmente incómodo: sus imágenes de video aficionado, sus personajes gritones y sus chistes fuera de lugar me parecieron tan realistas (era horrible: como conocer al George Constanza de Seinfeld en la realidad) que terminaron probándome que el mundo es el infierno, que somos una raza de mezquinos, que, mejor dicho, la realidad es ya una caricatura. Me sentí agredido la primera vez, confieso, pero unos capítulos después caí en la cuenta de que acababa de ver algo nuevo. Y por supuesto: que había seguido viéndolo, a pesar de lo perturbador que podía ser, como un placer culposo o un decadente reality show sobre un neoyorquino hastiado de la paz de Los Ángeles.

Desde entonces mi cabeza está llena de recuerdos de la falsa vida de Larry David: el indio jardinero y sabio que pregunta "¿cómo está tu vagina?", el vello púbico que se le atraganta al protagonista, el chef peligroso con síndrome de Tourette, la gordita que usa ombligueras, el siniestro plan del productor Mel Brooks y el siquiatra que usa tangas son las primeras que me vienen a la cabeza.

Se produce en estas semanas, con la participación de Ricky Gervais y Michael J. Fox, la octava temporada de la serie: el regreso de David a Nueva York. Y se transmite por estos días, en los canales de HBO, la séptima. Que sigue, en diez capítulos de media hora, el plan maquiavélico de David para recuperar a su esposa: hacer un episodio de reunión de Seinfeld (y en verdad se reúnen, ensayan y graban el bendito capítulo) que le demuestre a su ex mujer que sigue siendo el hombre que se inventó la comedia de televisión más exitosa de la historia.

Anestesia local

Las sátiras políticas y sociales fueron erradicadas de la televisión colombiana, vencidas por el desinterés, el unanimismo y las presiones del establecimiento, durante los ocho años pasados. El Noticiero NP& hace lo que puede, pero no es lo suficientemente libre ni lo suficientemente kamikaze (quiero decir: no se estrella a muerte contra los poderosos) como para retomar el espíritu de trabajos como Zoociedad, Quac el noticero o El siguiente programa.

La comedia de situaciones colombiana, que llegó a dar producciones tan originales como

Yo y tú, Don Chinche o Dejémonos de vainas (incluso Vuelo secreto, si bajamos los estándares, tuvo momentos muy buenos), es un desierto que prueba el espíritu mediocre y temeroso que recorre nuestros canales: en un momento en el que se producen tantas cosas buenas en la televisión del mundo, como Curb Your Enthusiasm, The Big Bang Theory o The Middle, resulta deprimente ver que el humor ha tenido que abrirse campo en otros medios.

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