De un novillero o un bailarín posmodernos, en todo caso. Hugo Sánchez era la posmodernidad en una década en la que todos éramos posmodernos sin saber muy bien en qué consistía eso. Celebraba sus goles con una vistosa voltereta que le había enseñado a hacer su hermana, gimnasta olímpica. Las volteretas de Hugo Sánchez concluían con la estampa clásica del héroe victorioso: las piernas separadas y rectas, los pies bien asentados en el césped, los brazos en alto, la sonrisa vuelta hacia las multitudes.

De Hugo Sánchez se recordarán esas volteretas pero, sobre todo, los goles inverosímiles que marcaba. Ahora que la expresión se ha convertido en un lugar común, conviene recordar que él fue el primer “futbolista de dibujos animados”, capaz de hacer realidad cosas que ni siquiera podíamos imaginar: sus acrobacias no parecían sometidas a las leyes de la física sino dictadas por el capricho de un dibujante de animación. Lo suyo era el milagro de lo sencillo: aparecer de golpe por los alrededores de la portería y, viniera por donde viniera el balón, lograr el gol con un solo toque. Desde el suelo o desde el aire, con un pie o con el otro, con el pecho, también con la cabeza, pero siempre sin despeinarse, la cuestión era resolver la ecuación del gol agrupando en un mismo movimiento las acciones de recibir, rematar y marcar. Visto en cámara lenta, ese movimiento se descomponía en una multitud de pequeños movimientos simultáneos, los necesarios para escoger el ángulo óptimo, cargar la pierna y golpear la pelota con fuerza y colocación.

Nadie metía los goles como él, nadie metía tantos como él. Hugo Sánchez reinó en el fútbol español de los años ochenta, primero con el Atlético de Madrid, luego con el Real Madrid. Qué lástima no haber sido nunca seguidor de ninguno de los equipos en los que jugó. Y qué envidia sentía yo de los aficionados colchoneros o merengues cada vez que tomaba impulso para dar una de sus volteretas... Además de un completo dominio del arte del remate, Hugo Sánchez tenía carácter. Era de esos futbolistas que sabían que, para ser idolatrado por los tuyos, conviene ser odiado por todos los demás. Y a Hugo Sánchez le gustaba ser idolatrado por los suyos, así que jamás rehuía broncas ni trifulcas.

Su ambición no tenía límites. En cierta ocasión declaró que él jugaba al fútbol para hacer historia. Esto, que para un profano puede parecer desmedido, para un futbolero es solo un rasgo de honestidad. Los futbolistas, como los héroes de la Antigüedad, o hacen historia o resultan superfluos. Y aquella era una época propicia para hacer historia en un país como España. Recordémoslo: los años ochenta, los del optimismo, la juventud y la apertura al mundo, la década que se inició con el asalto al Congreso perpetrado por unos guardias civiles mal encarados y concluyó con una España definitivamente incorporada a las democracias europeas. Fueron unos años en los que todo era posible y, viniendo como veníamos de décadas de acomplejado aislamiento, festejábamos que nos dejaran organizar un mundial de fútbol o que la NBA fichara a uno de los nuestros o que empezaran a ser habituales los triunfos de tenistas o ciclistas españoles. En el Madrid, Hugo Sánchez coincidió con la Quinta del Buitre, un grupo de grandes jugadores que también a él lo hicieron más grande. Cualquiera de ellos podría constituirse en símbolo de aquellos años con el mismo derecho que Hugo Sánchez, pero ninguno con más derecho.

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