Yo siempre digo, en mis frecuentes ataques de megalomanía, que si algún día se filma la película sobre mi vida (una comedia ligera) la música de fondo deberá ser la transmisión de un partido de fútbol (aparte de que el protagonista fuera Brad Pitt). La transmisión radial de los partidos ha sido la música que me ha acompañado toda la vida. Desde que era chico, en mi casa, en la casa de mis tíos, los domingos a la tarde, mientras yo jugaba con otra cosa, sin prestarle demasiada atención, sin saber, casi, de qué se trataba, estaba siempre esa musiquita lejana y machacante, casi un rap de palabras apretujadas, monocorde a veces y que solía elevar imprevistamente su volumen. Cuando escucho esa música, entonces, cerca o lejos, siento como que todo está bien, que todo funciona, que el mundo sigue andando.

Mi viejo no era muy entusiasta del fútbol, pero sí un apasionado del básquet. No iba mucho a la cancha pero estaba más cerca sentimentalmente de Rosario Central que de Newell’s Old Boys porque era un peronista emocional y siempre Central ha sido el equipo popular, “verdulero y peronista”, mientras que Ñuls era el equipo de los “oligarcas”. Solía ir a la cancha con los amigos y se negaba a llevarme porque, sin duda, debía cuidarme de los apretujones en la popular o, en su defecto, comprar plateas, lo que le significaba un gasto desequilibrante. Por fin me llevó a ver un partido de Central y Tigre, que ganó Central por goleada, a la popular nomás, una tarde en que llovía. Allí comprendí –lo constataría luego con mi hijo Franco– que uno debuta como espectador en partidos poco importantes, donde no haya multitudes, nunca en un clásico o en un encuentro con Boca o con River. No solo por proteger al hijo de las avalanchas sino porque a nadie le gusta llevar a hacer pis a un niño mientras se ejecuta un córner angustioso.

De todas formas, los que encendieron definitivamente mi pasión por el fútbol y por Rosario Central fueron mis amigos Fernando y Alejandro Gutiérrez. Fernando era compañero de banco en tercer grado de la primavera y ya era muy “canalla” (mote que se le brinda a los hinchas de Central). Su padre, el Rafa, los llevaba a él y a su hermano, Alejandro, cada quince días a la cancha y le resultó sencillo llevarme con ellos. Nació allí un sentimiento que se lleva luego con uno para toda la vida, como una cicatriz, y genera una lealtad que no se tiene ni con la esposa, ni con la madre, ni con la patria.

Paralelamente, comencé a jugar al fútbol. Y allí uno descubre algunas de las causas por las cuales el fútbol gusta tanto. Una de esas causas, tal vez la principal, es esta: es un juego muy lindo. Así de simple. Cada tanto, y sospechosamente cerca de los Mundiales, suelen aparecer ensayos cuestionando (con razón) el fútbol profesional y su arrasador mercantilismo. Y pienso, entonces, que se toca tan solo la punta de un enorme iceberg. Debajo del pequeño triángulo emergente existen (al menos en la Argentina) miles y miles de niños, jóvenes, no tan jóvenes y casi viejos (“superveteranos”) que juegan al fútbol tenaz y encarnizadamente y que también son profesionales porque siempre han tenido que pagar para jugar: pagar por el alquiler de la cancha, pagar para comprar las camisetas, pagar para contratar a un árbitro. Gente que se levanta los sábados más temprano que los días de trabajo, sin protestar, sin insultar, animosa, porque se va a jugar al fútbol. Creo que la pasión nace del gusto por jugar. Después uno se hace hincha de un equipo. Casi todo hincha ha jugado (bien, mal, regular o pésimo) o juega al fútbol, lo que lo convierte en un espectador muy exigente y crítico. Sabe cuando se le pega bien a la pelota, cuando se le entra mal pisado, cuando se salta a destiempo o cuando al jugador lo tocaron en el aire. Desconfía, por lo tanto –y esto no es machismo sino lógica–, de las señoritas que aparecen hoy por hoy en televisión comentando fútbol porque intuye que ellas no lo han jugado nunca. Ahora bien, comprendemos que se disfrute tanto del juego porque es muy lindo, un tanto salvaje y animaloide. No sé si será, como dicen los ingleses, “el juego más lindo del mundo” pero por ahí anda, aún admitiendo que los ingleses lo dicen porque lo inventaron ellos.

Si lo hubiesen inventado los africanos lo habrían calificado como “un ameno pasatiempo primitivo”. Se corre al aire libre, se salta, se grita, se insulta, se descarga, se percibe el olor al pasto, se transpira, es intuitivo y es un juego de fricción, donde emerge el rito del valor personal y, ahora sí, del machismo. No es solitario sino grupal y allí uno aprende a conocer al egoísta, al generoso, al obcecado, al criterioso, al necio. Y es complejo, requiere atención, divierte, lo que permite borrar de la cabeza, durante 90 minutos al menos, el acoso de problemas de trabajo o familiares. Permite también jugar a los enanos y bajitos, a diferencia del básquet, que se ha convertido en un juego para gigantes. Lo que no se comprende muy bien es por qué los argentinos tomamos de los ingleses el fútbol y no alguno de los otros juegos con pelota, que hay cientos. Podríamos habernos inclinado por el baseball (derivado del cricket) y ser hoy una potencia mundial y atacar a Irak, como los Estados Unidos. Tal vez la elección sea otra muestra, digamos, de nuestra inveterada costumbre de complicarnos la vida, ejemplificada por el “mate”, donde se bebe una infusión de una calabaza mediante un tubito en lugar de hacerlo directamente de un vaso. ¿Por qué empecinarse en manejar un balón con los pies cuando todo lo demás lo manejamos con las manos? Nadie tiene la respuesta. Tal vez la cosa parte de la tan zarandeada egolatría argentina. “No hay argentino pequeño”, dice un personaje de historieta. El regate, la gambeta, la moña (como dicen los uruguayos) desaira, inferioriza, engaña, ridiculiza. “Humille, Maestro, humille”, brama la hinchada, pidiendo al habilidoso, al fantasista de turno que meta un “caño”, que “tire un sombrero”, que pise la pelota y haga pasar de largo a alguno, que lo haga arrastrar el culo por el piso, que se estrelle contra el alambrado sin haber encontrado al rival ni a la pelota. Por eso, la técnica, la habilidad, ha sido siempre un rasgo del jugador argentino, más que la fuerza o el empuje. Incluso la gambeta, ese quiebre intuitivo de la gravedad y la inercia que no se enseña, aparece. Aunque los gambeteadores, en realidad, como Orteguita, por ejemplo, no son ni siquiera argentinos. Son alienígenas. Pero, sin duda, el mayor emblema del jugador argentino ha sido Maradona. Si (volviendo al tema) un extraterrestre llegaba a la tierra y lo veía jugar, decía: “es argentino”.

Podría arriesgar, tal vez, con esa inseguridad tan marciana: “O puede ser uruguayo. O brasileño”. Pero no mucho más. Y no lo hubiera dicho por verle los rulos, la piel oscura o escucharlo decir “¿qué hacés, fiera?”, sino por verlo manejar la pelota como si fuera un sobrehueso de su propio cuerpo, un satélite atraído por la masa muscular. Si uno ve jugar a Batistuta, en cambio, puede decir: “es alemán, o inglés”. No solo por ser rubio, corpulento y de ojos azules, sino por su juego, potente, empecinado, noble. Cosa que no pasaría con Diego Armando. Y viendo a Maradona uno entiende que no obedece a una generación espontánea. No conozco toda la literatura colombiana, pero intuyo que si dio un García Márquez es porque existe una enorme pirámide debajo suyo. “Difícilmente aparezca un Maradona en el principado de Mónaco”, bromea Menotti. Por lo tanto, en Maradona uno adivina la herencia genética del ‘Cabezón’ Sivori, Onega, Di Stefano, Pedernera, el ‘Charro’ Moreno. Productos genuinos de un pueblo que encontraba una diversión formidable en rellenar una media con papel y trapos para hacer un balón y jugaba con ella en las calles casi sin autos hasta que se iba la luz del sol, aprendiendo a manejarla en lo desparejo del empedrado o lo agreste de los campitos. No había muchos otros entretenimientos, como ahora, con los videos, las Barbie, los bares temáticos o la internet. Ahora –dicen los que saben (Carlos Bianchi, entre ellos)– los chicos llegan con menos horas de manejo y se quedan menos tiempo dándole a la pelota. De todos modos, si bien el terror a perder ha generado el advenimiento de jugadores utilitarios, rústicos, torpes y persistentes que aseguran el cero en el arco propio; y si la globalización nos trae ejemplos de jugadores extranjeros que por su manejo de pelota “parecen argentinos” (Fran, Raúl, Revivo, Chiessa, Del Piero, etc.) entiendo que los argentinos seguimos prefiriendo que nuestros jugadores tengan esa marca en el orillo y esa manito que llevan en el pie tipos como Riquelme, el ‘Burrito’ Ortega, Alessandro o Walter Gaitán. Más que nada, porque el fútbol es uno de los pocos motivos de orgullo del ser argentino, junto a la carne de vaca, el tango y el dulce de leche.

Es en el único predio donde nos sentimos del Primer Mundo. Ningún argentino cree tener una economía, un nivel de vida o una educación propia del Primer Mundo. Pero con respecto al fútbol, sí. Se nota en los apodos. En un país tan permeable a la avalancha de información extranjera, especialmente norteamericana –en un país donde se redactan avisos en inglés y en negocios que se llaman Nebraska Store, Indian Summer o Alligators cuelgan carteles donde dice Sale o Coming Soon–, los pibes que juegan al fútbol no se gritan unos a otros “Jerry” , “Michael” o “John” sino que se llaman “Bati”, “Bruja” o “Cholo”. Detalle que, además, respeta una tradición futbolera, porque Juan Sebastián Verón es la “Brujita” por la “Bruja” Verón, su padre. Y porque Simeone es el “Cholo” por el Carmelo “Cholo” Simeone que jugara en Boca, décadas atrás. Hay un entroncamiento que viene del pasado, un conocimiento que parte de lo que nos han contado los padres, los tíos o los abuelos. No es un invento como “Halloween”, celebración que algunos negocios argentinos intentan imponer con la sana intención de venderle zapallos a la gente para que se los pongan en la cabeza.

El fútbol es en Argentina un motivo de orgullo. Y donde hay orgullo no hay copia. Será, tal vez, por todo esto que, hoy por hoy, hombre grande ya, mi capacidad de raciocinio, mi poder de reflexión no me han alcanzado para adquirir el nivel de paz, sosiego y armónica sabiduría de aquel viejito oriental que instruía a John Carradine en la serie Kung Fu. Por el contrario, cada vez que voy a la cancha a ver a Central sufro como sufría a los doce años cuando iba a verlo con Fernando o salto y me abrazo con los que me rodean para festejar un gol como no podría hacerlo por ningún otro
estímulo de mi vida.

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