Yo me quiero casar, ¿y usted? Pero no casarme como todo el mundo, ante Jesús o el rabino. Todas esas historias bíblicas quedan muy lejos para mí. Quiero algo palpable, una divinidad cercana a la vuelta de la esquina con quien poder congregar y, llegado el caso, protestar si las cosas no salen como uno espera y mi matrimonio, una pareja feliz con una profesora de inglés, se va al tacho, como suele suceder con la mitad de las bodas en la Argentina. "Esperame que traigo el templito que me lo dejé en el auto porque ayer celebramos una boda para unos holandeses y tengo un lío bárbaro". No quiero una alianza común y corriente que uno pueda quitarse cuando las papas queman. Busco algo especial, que esté en el cielo pero que fundamentalmente esté en la Tierra. "Si no, podemos armar la mesa ritual acá en la del living, total tiramos el mantel de la iglesia encima, y mi señora corre los vasos y los platos, y listo". Ya no confío en los sacerdotes tradicionales. Me dan la misma impresión que los payasos: uno nunca sabe qué hay detrás del disfraz. "Amor: por qué no traés la galera y las camisetas. Hoy es día de fiesta, tenemos una boda". Este hombre, que habla con cara de dormido a su esposa y que hasta hace minutos tomaba mate y mandaba a sus hijos a la plaza, no es un sacerdote cualquiera. Si uno observa con detenimiento su túnica —hay doce como estas, para cada uno de los apóstoles—, en lugar de cruces, lleva las iniciales DT en el pecho, y en lugar de Biblia hace rebotar una pelota contra el piso con unas extrañas marcas goteantes rojo sangre, cuyo significado comprenderemos más tarde. Tampoco el templito que, minutos después, trae debajo del brazo, y que es el epicentro de las bodas y bautismos que celebra este hombre a diario, es un templo de los que uno está acostumbrado: en vez de cruz, le han colocado un botín, en lugar de campanario, le incrustaron un balón de fútbol. Y, lo más llamativo, en el interior, déjeme ver, ese no es Jesús. No es una pintura de Miguel Ángel que recrea a la creación del hombre. No, señor, lo que se ve ahí dentro es un hombre besando su camiseta de la selección. Y se lo ve feliz.

En la Argentina, Dios no se escribe como en cualquier otro país. Dios por estos lados se escribe con caracteres alfanuméricos. Para hacerlo fácil: aquí Dios no es Dios. Es D10s. El cambio no es capricho matemático, no es el cálculo infinitesimal de un teólogo fanático de las elucubraciones de El Código Da Vinci, no: es fiebre futbolera. Desde el 2001, D10S, es decir, su encarnación terrena, el astro Diego Maradona, posee iglesia propia en la Argentina, con 100.000 fieles desparramados por todo el planeta, entre ellos Ronaldinho, Lionel Messi —a quien dentro del Vaticano deportivo llaman "el nuevo Mesías" —, el músico Joaquín Sabina, Dalma y Giannina Maradona, y quizás, a partir de hoy, mi futura esposa y yo.

Como toda iglesia hecha y derecha, la iglesia maradoniana tiene su "padre nuestro" adaptado a un olimpo verde y rectangular, que me he aprendido de memoria y puedo recitarlo en este preciso instante: "Diego nuestro que estás en las canchas. Santificados sean tus goles, vengan a nosotros tus pases. Hágase tu magia tanto de local como de visitante". Concibe un infierno donde Pelé y João Havelange, de la FIFA, grandes rivales de D10s, se fríen como pollos en un mar llameante de perdición. Y tienen su credo, que aún no he aprendido pero que puedo reproducir: "Creo en Diego, futbolista todopoderoso, creador de magia y de pasión. Creo en Pelusa, nuestro rey, nuestro Señor, que fue concebido por obra y gracia de los reyes del fútbol, nació en Villa Fiorito, padeció bajo el poder de Havelange, fue crucificado, muerto y sepultado, suspendido de las canchas, pero volvió y resucitó su hechizo, estará dentro de nuestros corazones, por siempre y en la eternidad".

Si bien aún no las celebro, me sé las santas fechas maradonianas: 30 de octubre, el año nuevo —nacimiento de Diego— y 22 de junio, las pascuas. "Fue ese día cuando Maradona convirtió los dos goles ante los ingleses en el mundial de México 86", dice Alejandro Verón, uno de los apóstoles fundadores. "Nosotros veníamos de la derrota en la guerra de Malvinas y de vivir un dolor muy grande. Y ese día fue una resurrección nacional, como la de Cristo".

La Biblia de los maradonianos es, ni más ni menos, que la palabra de Diego en su paso por la Tierra: Yo soy el Diego de la gente, su libro de memorias donde pronuncia frases que todo fiel debe conocer al pie de la letra si no pretende quedar expuesto a la desconfianza y, D10s no lo permita, la excomunión. Y, cómo no, para adoctrinar fieles y separar paja de trigo, o la redonda de la cuadrada, ha obsequiado al mundo con diez mandamientos que deberé respetar una vez que me suba al altar y goce de la protección divina del gran Diego. Así postula nuestro credo:

1. La pelota no se mancha (el fútbol debe ser respetado), como dijo D10S en su despedida.

2. Amar al fútbol por sobre todas las cosas.

3. Declarar tu amor incondicional por Diego y el buen fútbol.

4. Defender la camiseta argentina, respetando a la gente.

5. Difundir los milagros de Diego en todo el universo.

6. Honrar los templos donde predicó y sus mantos sagrados.

7. No proclamar a Diego en nombre de un único club (jugó en seis equipos)

8. Predicar siempre los principios de la iglesia maradoniana.

9. Llevar Diego como segundo nombre y ponérselo a tu hijo.

10. No ser cabeza de termo (no vivir alejado de la realidad) y que no se te escape la tortuga (no seas un inútil).

Estas órdenes divinas no descendieron del monte Sinaí en tablas de ley de la mano de un profeta. Más bien se podría decir, que bajaron luminosamente a las cabezas de dos periodistas deportivos de la ciudad de Rosario, en el interior argentino, gracias a un trance místico potenciado por el consumo de maní y cerveza. Una vez que recibió el mensaje de D10s, este par de apóstoles, Hernán Amez y Alejandro Verón, los sacerdotes que hoy me unirán en sagrado matrimonio, y que trabajan a la par de periodistas deportivos en medios locales, hicieron lo que todo santo profeta debe hacer apenas recibe la revelación del cielo bajo la forma que sea: salir a predicar. Celebraron misas, con las memorias de D10s bajo el brazo y, a sus espaldas, un cuadro equivalente al de la última cena cristiana: Maradona empujando la pelota con su mano, en el gol contra los ingleses, durante el Mundial de México 1986, el año en que D10s fue más D10s que nunca. Impusieron manos. Celebraron bodas —medio centenar hasta la fecha—. Bautizaron mil nuevos fieles, donde el acto ritual involucra convertir ese gol mágico con la mano. Y juraron y perjuraron amor a la camiseta argentina. En persona, sin embargo, Amez, alto y delgado como un poste de luz, y Verón, petiso y regordete como luz de cama, más que un dúo de apóstoles parecen un dúo cómico. A pesar de las apariencias, ellos se toman el asunto con suma seriedad. Repasan una y otra vez los partidos de D10s para identificar nuevos milagros pasados por alto, siguen al mínimo detalle cada declaración de D10s ahora que encabeza como técnico a la selección argentina y aun cuando no cobran por sus ritos —piden reservas, en lo posible, con un mes de anticipación—, aceptan donaciones de los fieles para obras de caridad. "Nosotros llevamos al fútbol al límite —filosofa Amez—. Logramos que la gente se pregunte: ¿qué pasa con un ídolo cuando es llevado a la categoría de Dios?" Amez mira a su hijo que aún está en medias. "Todavía no te pusiste las zapatillas. Vamos, viejo. Vayan a jugar al fútbol a la plaza".

Naturalmente, como toda nueva religión, esta es resistida. Los miembros de un influyente foro cristiano en la Argentina, una vez que se consolidó la iglesia maradoniana, pusieron el grito en el cielo: "Esto ha llegado al colmo de la estupidez", escribió Israel Robles. La fiel Elisa fue aún más allá en su prédica: "Lo importante —dijo— será ver si crece la sectita. Un grupo de incrédulos burlones no significa nada, mas si crecieran…". A los propios miembros fundadores les llegó un fax donde el Vaticano les exigía no mezclar sus imágenes y liturgia con una actividad tan terrenal como patear una balón hacia la red. "Nosotros —dice Amez, firme y orgulloso en su fe— no le dimos ni cinco de pelota al Vaticano".

"¡Los maradonianos! —anuncié a mi novia, que casualmente vive en Rosario—. Es justo lo que necesitamos para casarnos. Un Dios argentino y una iglesia cuyos apóstoles viven a cinco minutos de colectivo de tu casa". "Pero si a vos no te gusta el fútbol —dijo ella, con cierta razón—, ¿de qué me estás hablando?". "No entendés —insistí—, este es un D10s que tiene más cocaína en la sangre que goles convertidos. Que no dudó en tomar un revólver y dispararles a los paparazzis. No creo que sea muy severo con nosotros. Además, hasta podemos negociar para que Maradona sea padrino de nuestros hijos y nos provea de champán por el resto de nuestras vidas". Al parecer, el argumento del champán tuvo su efecto, así que, semanas más tarde, nos presentamos con mi novia en la Santa Sede, que es precisamente la casa de Amez, un hombre que ameritó notas en ESPN, la BBC de Londres y en The New York Times. Él es, llamémoslo así, el sumo pontífice maradoniano, un religioso tan solicitado que ha grabado en su contestador no una frase en latín, ni tomada de los santos evangelios, el hombre registró este mensaje en su celular: "No deje mensajes al pedo que no los escucho". Junto con Verón, son los sacerdotes que nos casarán en esta tarde otoñal en Rosario, una misa que se celebra en el propio living de la casa. "Lo ideal —aclara Amez, solemne, con el libro de Diego bajo el brazo— es que la boda sea en una cancha de fútbol y termine con un partidito. Pero bueno, se hace lo que se puede".

La casa del Papa tiene, como debe ser, santos retratos del Diego, fotos de los apóstoles junto a D10s, vasos rituales, y réplicas de trofeos del Mundial, el Santo Grial de los maradonianos. Amez fue invitado al programa de Diego cuando era conductor, y junto al resto de los apóstoles participaron en el film de Emir Kusturica sobre el futbolista. Amez se acuerda y ríe: "Lo filmamos en la cancha de Argentinos Juniors, el primer club de Diego, y todo el mundo nos saludaba a nosotros y no sabía quién carajo era Kusturica. A ver, chicos: pruébense estas remeras de la selección argentina a ver cómo les queda". El sumo pontífice le entrega a mi futura esposa una remera autografiada del Diego y añade: "Esta tiene una energía bárbara eh". Y, acto seguido, se ponen a cantar con el apóstol Verón el Ave María, el inicio de la ceremonia que, traducida en la iglesia maradoniana suena así: "Dieeeegooo queriiiii-iii-dooo. Gracias por tu magia eteeeeeerna. Sos Dios de la iglesia futboleeeera". Imagine no a un coro de monaguillos de iglesia, sino algo más parecido a dos mariachis pasados de tequila. Ahora que veo las remeras de Argentina que usan los sacerdotes debajo de la túnica, advierto que están patrocinadas por Cocodrilo, un reconocido cabaré de Buenos Aires, el lugar preferido de D10s cuando anda de parranda, al que luego los apóstoles me invitarán a conocer. "Nosotros vamos mañana que es el aniversario —me alientan—, tenés que venir".

Pero durante la boda, guardan la compostura y sirven, circunspectos, vino en una copa maradoniana que, según parece, más que de vino es de vodka. "Es vino dulce, como el que tomó Diego antes de casarse. Iba rumbo a la iglesia y paró en una pizzería y se comió una porción de napolitana con un vino moscato. Tenemos el vino hoy, pero la pizza se la debemos, chicos". Bebido el vino, llega la parte protocolar, el compromiso ante D10s. De un cartón con la mirada de Diego, anotado y tachado a mano, el sacerdote lee: "Cicco: ¿prometes de aquí a la eternidad amar a tu compañera y ser fiel a los principios de la iglesia maradoniana, proclamando que Diego es nuestro Dios del fútbol y que es y será el mejor jugador de todos los tiempos?". El vino es rico, así que digo a todo que sí. Lo mismo mi mujer. Nos pusimos las alianzas ante la atenta mirada de D10s, que se casó una sola vez, pero ha regado el mundo con hijos no reconocidos. Acto seguido, el sacerdote Verón ingresa la pelota pintarrajeada de rojo. Es el clímax de la boda: "Esta pelota —anuncia elevándola al cielo como si fuera el santo sudario—, este balón simboliza las gotas de sangre que tuvo que sacrificar Diego por el fútbol. Un ejemplo que ustedes deberán seguir en su matrimonio, pues todo matrimonio exige un sacrificio absoluto. Así que, les pedimos a los futuros esposos que pongan sus manos sobre ella y juren su sacrificio en pos del amor". La esposa de Amez, casada debidamente por la iglesia maradoniana —a quien conoció, desde luego, en una cancha—, pone el grito en el cielo: "Ojo: no la van a patear en el living que ya me rompieron un montón de copas".

Así que, nada de puntapiés simbólicos. Entrelazamos con mi mujer las manos en la pelota y juramos amor eterno y sacrificio por amor al señor Diego. "Ahora sí —dice Amez, como si acabara de recuperarse de un trance místico—, pueden besarse". Nos damos un beso con olor a vino dulce y luego los apóstoles nos abrazan en señal de bienvenida. Ya somos parte de la gran familia maradoniana. Recibimos la libreta de casamiento oficial, y nuestro carné encabezado por dos palabras: D10s existe. Mientras vuelven a convertir la iglesia en living, les pregunto si a lo largo de su historia no han celebrado algún divorcio. "Hasta ahora —dice Verón enarbolando en señal de protección una imagen de Diego —ninguno, pero es cuestión de tiempo". Amez lleva a mi flamante esposa a un lado y la alecciona sobre el estricto código que deberá seguir en su vida matrimonial: "Si tu marido invita amigos, es tu obligación preparar la picada. Si hay un partido, nunca pero nunca te cruces delante del televisor. Si van a patear un penal, jamás se te ocurra preguntar quién lo patea. Para nosotros, todas estas cosas están terminantemente prohibidas".

Horas más tarde, de regreso a casa, descorcho un vino palpitando mi gran noche de bodas. Arrojo el corcho al cesto y oh sorpresa, oh endemoniado Pelé: allá en las profundidades del tacho, yace mi flamante libreta de casamiento con la imagen de D10s hecha pedacitos. Junto a ella, el fiambre que compré para la picada y que nadie se ha tomado el trabajo de cortar.

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