La infidelidad trasciende barreras de género y de identidad sexual. Una verdad unificadora transversal a los heterosexuales y LGBTI. En estos tiempos de fluidez de género, de todos contra todos y el último da culo, se manifiesta por igual en cada grupo. El cachón impúdico halla su lugar en todos lados. Nos iguala por lo bajo. Lo único que cambia son los roles, quién es el cacho y quién el cachón; quién se come a quién, aunque se supone que no debiera por estarse comiendo ya a alguien más. Cambian los términos en que se configura la traición, pero por más open-minded que sea la relación, siempre habrá una manera de defraudarla. Lo cierto es el engaño.

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Tampoco distingue razas ni regiones. Costeños, cachacos, santandereanos, pastusos, caemos en lo mismo. Sigue arraigada la tradición de colgarnos medallas en las pelotas.

Todos conocemos a un cachón legendario, alguien que anda por ahí creyéndose la representación de Diomedes Díaz sobre la faz de la tierra. Ese que consagra su vida a convertir en realidad la distopía de las 4 babys, por más que eso prometa dejarlo hundido en la chirretera más inmunda y con las uvas pasas. La diferencia es el método. Mientras unos alardean sobre su historial, otros son del tipo ‘comecallao’.

Y el problema es que normalmente a nadie le dicen en la esquina que es un venado, aunque mande más cachos que un paseo de vacas a una fiesta de la danza del torito un martes en el Carnaval de Barranquilla.

Hay una epidemia de cachos, señores. Está en marcha una operación masiva de fornicación furtiva, con agentes dobles desplegados en todos los rincones del mundo. Hay que estar atentos. Los blancos más obvios para señalar como responsables son el maldito machismo y el reguetón, como punta de lanza de su estrategia de dominación mental y subichal.

De repente se puso de moda ser el cacho. Los reguetones más populares ya no van directo a la fórmula de sudar-en-la-pista-nena-bájate-los-pantys, sino que cuentan una historia que se repite. Es la era de los amantes bandidos por doquier. Los hijos de Miguel Bosé están poblando la tierra y el bombardeo de su mensaje es inevitable. Cada persona es el reflejo de la música que escucha, diría Lennon, y hoy es casi imposible permanecer inmune al reggaetón.

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El contexto que se les ocurrió es la cachoneadera, el nuevo cliché contemporáneo. Siempre hay un tipo o una tipa quitándole la novia o la esposa o el marido a alguien más. Felices en cuatro, canta Maluma. Digo, los cuatro. Mami, yo me siento tuyo, dile al noviecito tuyo, que él es una porquería… te caliento más… “esta la hice pa él”, canta orgulloso Nicky Jam en la muy creativamente titulada ‘El amante’.  Y ni hablar del trap. Si tu novio te deja sola, dímelo y yo paso a buscarte, declaran JBalvin y Bad Bunny, sujetos que demuestran una disposición francamente preocupante para hacer fila.

Puro cacho contento.

Es como si se hubiera desbordado la maldición que inundaba de melancolía y resignación a ese adefesio conocido como el “vallenato romántico”. La esencia de la música de cachones por antonomasia invadió al género de mayor penetración. La tormenta perfecta. Los perdedores, los segundones, ahora imponen su ley y son los más populares en la discoteca. Nos arrollan con apologías al cacho, nos hacen creer que da igual pegarlos y padecerlos. Adiós a pretender a personas solteras, lo de hoy es caerle a las que tienen pareja. Estimulan un ciclo interminable de víctimas convirtiéndose en verdugos. Si todos pegan cachos, eventualmente todos seremos cachones.

Repasemos la semiótica del cacho. Popularmente se entiende como ‘cachón’ a aquel al que le ponen los cuernos, es decir, quien ha sufrido un engaño de parte de su pareja y tarda en descubrirlo. Otras vertientes del pensamiento moderno señalan que cachón, o cachona, es aquel individuo, o individua, que pega los cuernos; es decir, el que engaña a su pareja con alguien más. Otra cosa es el “cacho”, ese “alguien más” con quien se consuma la traición. Para simplificar: hay cachones-activos, los que los pegan, y cachones-pasivos, los que los lucen y solemos ser muchos más.

En todo caso, hoy es solo cuestión de tiempo antes de encajar en alguna de las descripciones.

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