Hace como un año y medio, estaba con mi esposa almorzando en un restaurante de esos bonitos que hay en la ciudad. En la mesa aledaña estaba un flaquito de agencia digital —supongo— con otros dos flaquitos más de gafas y bufanda, y una flaquita con bronceado de sótano. El flaquito alfa, cual niño que se cuela al restaurante a vender rosas o a tumbarse celulares, interrumpió mi conversación para preguntarme si en Twitter yo era @entreelquintero. Dejé caer los cubiertos sobre el plato, pujé mientras masticaba y después de tomar otro sorbo de cerveza, le confirmé que efectivamente ese era mi apodo digital. Me dijo que yo debería certificar mi cuenta. Me imaginaba yendo a una notaría de esas a las que les chirrea el piso de madera, llenando hojas de sellos para demostrar que estoy vivo y limpiando mi dedo índice untado de tinta negra con un insuficiente cuadrito de papel.

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Le pregunté si eso servía para algo. Los demás hacían carita de :O, mientras él me explicaba que de esa manera yo podría comercializar mucho mejor mis trinos. Le dije que nunca había vendido nada de eso, porque detesto con todo mi corazón estar en un momento entretenido y ser interrumpido por alguna idiotez. No entendió el indirectazo y, cual discípulo de Herbalife, me insistió con el argumento de que de esa manera podría tener un ingreso extra. Le dije que mis ingresos ya estaban bien por ser el dueño de una compañía de contenidos y que muchas veces dejaba de seguir, silenciaba o bloqueaba a quienes interrumpían mis momentos de esparcimiento. Le aclaré que por principio no suelo fastidiar a los demás con algo que me fastidie a mí. Mis vecinos pagaron la cuenta, mientras el flaquitus interruptus torció la cara, igual que lo hacía Doña Florinda, como queriéndome decir: “Pues usted es el que pierde”. Ellos se fueron. Y después nosotros. Vámonos tesoro, no te juntes con esta chusma…

Y es que así suene muy ñoño, esta vecindad está repleta de chilindrinas que les dan órdenes a muchos chavos. Salen en redes sociales a mostrarnos lo que de manera “casual” consumen. Y yo, la verdad, le creo más a la sazón del restaurante El Pollo Farsante, de Condorito. Comen, beben, se ponen, se quitan, hacen poses, se toman fotos o se dejan hacer videos untándose lo que a sus clientes se les antoje… Son una nueva tribu de meretrices digitales; un arrume de semi-consumi-vendedores-casuales. A ese grupo de cortesanos se les llama: influenciadores.

¿Influenciadores? Influenciadores, Arquímedes, Sócrates o Diomedes. Estos de las redes sociales son simples mascotas de la publicidad a los que les ponen tenis para ir a hacer ejercicios en un gimnasio a cambio de plata, como a esos caninos a los que les dan galletas por pasar obstáculos en las pistas de agility.

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Son muchas las redes, pero el altar de los influenciadores es Instagram, esa que reemplazó las visitas de sala para ver álbumes de fotos que producen más sueño que admiración; esa que se aprovecha de la patología del nuevo milenio que nos hace fingirles a los demás que nuestras miserables vidas están repletas de hermosísimos instantes, que nuestra existencia es bella gracias a que consumimos ciertos productos.

¿En qué sala de juntas se inventaron la mentira de que les creemos a los influenciadores que en las redes sociales usan productos de manera tan “auténtica”? Le creía yo más al Pibe Valderrama cuando nos insinuaba tomar “Redú-fafá” para bajar toda esa grasa que nos hizo acumular a punta de papas Margarita. Era más creíble que Claudia Bahamón nos dijera que hacía mercado en el Éxito cuando en las entrevistas decía que vivía en Los Ángeles. Le di más credibilidad a Agmeth Escaf cuando salió con sus “verdaderos hijos” en un comercial de Fortident y en la siguiente campaña apareció con otros “hijos” de piel menos morena, no sé si para demostrarnos el poder blanqueador de semejante crema dental. Confiaba más en que Paola Turbay, que vive en Nueva York, saliera en chanclas con su hija a una droguería para comprarse dos cojines de champú Savital.

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Lo cierto es que estamos en un Truman Show de gente que, por plata, es capaz de tomarse una foto y publicarla en las redes sociales para mostrar que en su vida cotidiana calma la sed hasta con un sugestivo envase de agua de batería. Esos mismos cascareros no son capaces ni de pagar su propio matrimonio, sino que le goterean el trago a algún distribuidor de licores, y, también por plata, se le miden hasta a irse de luna de miel a Cartagena del Chairá.

Como el influenciador Moisés, traigo mis siete mandamientos de uso personal, con los que no pretendo influenciar a nadie y que me sirven para no dejarme influenciar de nadie:

1 No creeré que solo con ponerme unos tenis me veré igual de bonito al tipo que los usa en Instagram.

2 Sabré que en la fiesta de ese distribuidor de licores nadie está tan feliz como sale en las fotos, y en los vasos hay más agua que licor.

3 Cuando alguien muestre que va de paseo en cierta marca de carro, supondré que es uno de los usados que estaban en la vitrina.

4 Siempre recordaré que los que usan ropa deportiva en los gimnasios sufren de sobrepeso, porque solo van al gimnasio a tomarse las fotos.

5 Tendré presente que aquellos que dicen haber perdido kilos a punta de batidos seguro los bajaron a punta de quirófano.

6 Sabré que quien sale mostrando cremas para hacerse el mechón Falcao en realidad fue a una peluquería a que le hicieran el alisado permanente.

7 Cuando esté almorzando, no volveré a responderle preguntas a ningún flaquito de agencia digital sin que me diga en dónde compró esas gafas y esa bufanda tan divinas que después de un año y medio aún no he podido encontrar.

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