Estoy hasta la coronilla de la pelea entre los fundamentalistas de iPhone y los barras brava de BlackBerry. De los innumerables debates furibundos que se tejen alrededor de las hipotéticas ventajas de un teléfono sobre el otro. Estoy aburrido de los análisis profundos que se publican a cada rato acerca del perfil del usuario de BlackBerry y del gomoso del iPhone. "El usuario de BlackBerry es un maniático y compulsivo hombre de negocios", brama la secta iPhone. "El dueño de un iPhone jura ser un artista chocoloco y no es más que un frívolo superficial que le da más importancia al cascarón que a la esencia", ruge la congregación BlackBerry. Me tienen seco esos y los mil y un vainazos que se mandan entre ellos, como si se tratara no de una peleíta entre usuarios de dos marcas más de teléfonos sino de un trascendental debate filosófico acerca del sentido mismo de la humanidad y su destino manifiesto.

Y hay que verlos cuando se pavonean por ahí. No pierden la oportunidad de exhibir en público sus aparatos, como si se tratara de un huevo de Fabergé, de un Maserati o de un Gulfstream V y no de un pinche teléfono. Las mesas de los restaurantes de moda parecen parqueaderos… o mejor, depósitos, decomisos de iPhones y BlackBerrys. Porque los usuarios de estos aparatos no los guardan en el bolsillo o la cartera. No, cómo se le ocurre. Los tienen que exhibir sobre la mesa, al lado del tenedor y la cuchara sopera. Y mucho menos los apagan. Los dueños de BlackBerry viven pegados al chat y al correo electrónico, son incapaces de despegar sus ojos del teléfono. Sus ojos no. Uno de sus ojos. Porque el otro lo utilizan para chequear si los están mirando con admiración por su habilidad para contestar mensajes con los dos dedos pulgares que pulsan frenéticos el diminuto teclado. Y los chocolocos de iPhone, ellos juegan bolos, se juran guitarristas… Hay que verlos cuando se reúnen, pegados a sus aparatejos sin prestarles la menor atención a sus compañeros de mesa, que también están pendientes de su respectivo iPhone, de su respectivo BlackBerry. En un almuerzo típico donde comparten mesa usuarios de iPhone y BlackBerry ellos a duras penas tienen tiempo para saludarse, despedirse y exclamar: "Tenemos que vernos un día de estos para hablar con calma".

¿Y los que no tenemos ni nos gustan ni nos interesan los BlackBerry y los iPhone qué? Es como si no existiéramos. Y cuando por alguna azarosa circunstancia algún usuario de los ya citados adminículos descubre nuestra presencia, nos mira como si nos estuviéramos perdiendo de algo vital. "¡¿Usted no tiene (iPhone) (BlackBerry) !", le preguntan a uno con una mezcla de incredulidad y desprecio. Como si uno nunca se duchara o se cambiara de calzoncillos cada dos semanas.

Tal vez lo que más me choca de todo lo anterior es que estos dispositivos se pueden mencionar en artículos de prensa sin que nadie lo considere como publicidad gratuita. Se habla de ellos como si se tratara de la Monalisa, el Taj Mahal o la Novena Sinfonía de Beethoven. Patrimonio de la humanidad, pues… Cuando Stephen Jobs lanzó el iPhone le dieron un despliegue comparable al del nombramiento de un nuevo papa. ¿Cuánto tendría que pagarle Nike o Guess o Ralph Lauren al presidente Obama por lucir en público alguno de sus productos? En cambio BlackBerry no tuvo que desembolsillar ni un centavo cuando el carismático presidente de Estados Unidos generó una pequeña controversia porque no le dejaban utilizar su aparato en la Casa Blanca. O algo por el estilo. Pero la cosa no se queda de ese tamaño. Si uno señala alguno de los defectos evidentes de esos aparatos (¿cuántas veces no ve uno maldecir a los usuarios de iPhone porque se les caen las llamadas o porque se quedan sin batería cada media hora), le caen rayos y centellas. Que uno es un envidioso, un amargado, un outsider, un looser.

Eso sí, ¡ay de que uno mencione en un escrito la marca de un celular si no es un iPhone o un BlackBerry! Lo miran torcido por hacerle publicidad descarada a Motorola, a Nokia, a Sony Ericsson, a Samsung, a HTC… Que mucho descarado, que quién le paga, que quién lo fletó…

¿BlackBerry? ¿iPhone? Como diría el doctor Turbay. Ni sí ni no, sino todo lo contrario. Porque, si me ponen a escoger entre un BlackBerry y un iPhone, me quedo un millón de veces con el Nokia N95 y su cámara de 5 megapixeles.

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