El gesto obsceno que realizó James Rodríguez ante una cámara tiene a medio país en discusión. La imagen fue portada en periódicos, tema central de programas de radio, de televisión y, por supuesto, tendencia en redes sociales. Sí, el gesto está mal y no habla bien del capitán de Colombia, pero la repercusión y la trascendencia de este show mediático es vergonzosa.

Soy periodista y creo profundamente en la responsabilidad que tenemos frente a los demás. No es ningún misterio que los medios no pasan por su mejor momento, que vivimos en una era de cambios y de constantes necesidades de reinventarnos. Pero también tengo claro que nuestro rol no ha cambiado: debemos informar y brindar las herramientas para tener una mejor sociedad.

Acá es donde entra la noticia del dedo de James. Mientras la selección se juega su pase al Mundial en un partido clave ante Ecuador, los medios se encargan de entrar en un profundo debate sobre el por qué el 10 de Colombia hizo aquel gesto. Varias versiones circulan, ninguna convence. Es, inclusive lo primero que se le preguntó a José Pékerman en rueda de prensa. Correcto: el tema había que tocarlo, ¿pero es para tanto? ¿Nos indigna más un gesto de un futbolista que un tema de violencia de género? No es el qué pasó, es el cómo se cubrió y las consecuencias que puede arraigar.

El periodismo actual, sobretodo el deportivo, se ha vuelto experto en la denominada ‘venta de humo’: mucho se dice, nada se cree. Los medios se matan por conseguir chivas y vender clics, mientras que la audiencia por supuesto consume estos productos. El fútbol –y James– paralizan el país pero creo que estamos tocando fondo: este no es el periodismo en el que yo creo, el periodismo que enseñan en clases ni mucho menos el periodismo que los colombianos tienen para ofrecer.  

 

         Foto: Revista Semana

Dice el sociólogo español Manuel Castells que los medios de comunicación tienen la obligación y el poder de ser decisivos para determinar la opinión publica. Es eso lo que a  veces se nos olvida. Tenemos una responsabilidad y una potestad enorme de influir, mediar y fiscalizar las audiencias, para concientizar y a la larga crear un mejor país. ¿Eso es lo que queremos, no? Empecemos entonces por lo que informamos y, lógico, por cómo lo hacemos porque acá el fin no justifica los medios.

Tengamos la capacidad y la resiliencia para volver a esa época en la que algo tan básico pero tan pasional como el fútbol era más juego y menos prensa. No sucede solo en el deporte ni pasa solo en Colombia claro está pero este caso puntual, como muchos otros, es el que tiene a los medios en estado crítico porque cuando la verdad muere, el show mediático florece. 

 

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