En la ciudad vieja de Jerusalén no hay muchos espacios para jugar al fútbol —ni mucha tradición— pero, aun así, chicos juegan, como en todos lados. Y hay, como en todos lados, dueños de la pelota. Y hay, todo alrededor, religiones, más y más religiones.

Jerusalén inventó dos o tres: las más cuantiosas de estos tiempos, las que mejor resisten. Pero la gran religión contemporánea va a empezar su misa mayor en unos días.

Durante años, muchos intelectuales se resistieron a hablar de fútbol, a decir que les interesaba el fútbol, a pensar el fútbol: lo consideraban la forma actual del “opio de los pueblos”, como definió Karl Marx las religiones. Suponían, entonces, que el fútbol distraía a esos pueblos de sus verdaderas obligaciones, de su tarea revolucionaria más que nada. Ahora, cuando esas tareas no están claras, más y más escritores, artistas, académicos intentan entender este fenómeno tan raro.



Lo es. Que un tonto como yo tiemble frente a la cancha o al televisor es una tontería. Que millones de nosotros temblemos, al mismo tiempo, frente al televisor donde un muchacho de pantalones cortos está a punto de patear un cuero inflado —donde un muchacho puede mandar un cuero inflado a la tribuna o al carajo o encajarlo entre tres postes— es un hecho social tan fascinante, uno de los grandes inventos del siglo pasado: algo que antes no existía y que pasó, de pronto, a ser un eje en nuestras vidas. Algo en qué creer, por lo cual apasionarse, una manera de ser a través de otros: un rito religioso.

Que se celebra cada domingo —y cada miércoles, cada jueves y martes y sábado y viernes y, porque no, lunes a las 10:27—, pero se festeja sobre todo cada cuatro años: el Mundial. El Mundial es el momento en que la religión del fútbol no tolera ateos; en que todos hablamos sin parar de fútbol, en que los infieles e infielas que no ven un partido ni que llueva deciden verlos todos, en que los más ignaros —y las más ignaras— nos atacan con disquisiciones futboleras como si supieran algo de los misterios de la fe. El Mundial es la gran misa de estos tiempos.

Y está por empezar. Este, como todos, va a ser raro. Para empezar, porque se juega en el Vaticano, la Meca, Jerusalén: el país que más ganó en el fútbol —mal que me pese, mal que nos pese a todos.

Para seguir, porque hacía mucho que un Mundial no nos obligaba a mirar fuera de los estadios, y en este se anuncian marchas y contramarchas, protestas y estallidos de los millones que no están del todo convencidos de que el famoso milagro brasileño no sea otra maniobra del Demonio.

Y para terminar, porque parece que va a ser un campeonato raro, como cojo, un poco hereje, escasamente pío. Prediciendo —que, al fin y al cabo, es lo propio de las religiones—, se diría que su fútbol va a resultar confuso. Es cierto que lo decisivo del fútbol es su indecisión, y eso lo convierte en una religión peculiar: si las demás religiones existen para asegurarte algo —el sentido de la vida, la inexistencia de la muerte— en medio de tanta incertidumbre, esta funciona porque uno nunca puede saber cómo va a terminar nada. Pero en este Mundial exageran.

Hay, por supuesto, unos cuantos candidatos, pero todos por razones opinables. Brasil sería candidato porque es local y porque es Brasil, pero hace años que nadie lo ve jugar un buen partido y es mejor en defensa que en ataque, lo cual lo desbrasiliza demasiado. Alemania sería candidata porque tiene un equipo que funciona pero no tiene jugadores que enamoren, que desequilibren, se la ve tan desnuda de glamour que cuesta verla. Argentina sería porque tiene al mejor del mundo y un par más, pero nunca consiguió armar un equipo y menos todavía una defensa. España, porque lleva seis años ganándolo todo, pero sus jugadores son los mismos que llevan seis años ganándolo y ya están viejos y no tuvieron reemplazos a la altura. Y después están los tapados de siempre —Francia, Inglaterra, Italia, Portugal, Holanda, Colombia, Uruguay— que por algo siempre son los tapados.

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