Villamizar debe sentirse muy solo.Tantos años siendo un bacilo dejan huella. Claro, eso de "siendo un bacilo" no suena precisamente atractivo; la frase tiene incluso cierto dejo científico… como si Villamizar hubiera sido parte de un lácteo y no de un grupo. Con Bacilos logró reconocimiento como intérprete y compositor, nos hizo pensar que tabaco y Chanel era la combinación más clasuda del mundo, se paseó por el continente con el sombrero vueltiao y, aunque no debe gustarle tocar el tema, consiguió su primer millón. Ahora se nos viene encima con un primer disco como solista, maniobrando solo en un mercado cada vez más complicado, donde vender es una proeza y ser estrella requiere más dólares que talento. El disco está armado a la medida de Villamizar, con toneladas de amores difíciles en cada letra y canciones rítmicas, sencillas, de percusiones muy marcadas, digeribles para cualquiera que haya podido consumir Bacilos. Ha debido pasarse horas, días, semanas revisándolo todo, supervisando las mezclas, graduando esta o aquella canción como primero o segundo sencillo, pensando si presentarse en los medios con o sin barba, preparándose para repetir el siempre gentil discurso de que mantiene las mejores relaciones con sus ex compañeros, planteándose si debe o no tocar en vivo antes de que termine el año… Lo único que Villamizar tiene seguro ahora es su disco, que debe cumplir la nada sencilla tarea de satisfacer la nostalgia de sus admiradores devotos y capturar la atención de quienes le medirán el aceite como hombre solo que es ahora. Yo, de él, estaría tranquilo. El disco es un buen comienzo. Y Villamizar, se ve, tiene muchas ganas de arrancar otra vez. Que aproveche la soledad para crear muchas cosas y cantarlas, para —él sabrá entender la coincidencia— saber vacilársela. Que sea muy firme y que en lo posible no vacile.

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