Todo empezó en el Juicio final. Que era el nombre del programa de concurso al que los radioescuchas llamábamos para votar por alguna canción. La ganadora, prometía noche a noche el locutor, sería en adelante parte de la programación de Radio Mil. Aquella noche competía, entre cinco o seis más, una canción sombría que de inmediato atrapó mi atención. ¿O sería tal vez la voz adolorida, el aliento angustiado, el tono mendicante del cantor, bajo el tambor helénico que predecía la íntima catástrofe? En todo caso, no paré de llamar hasta el fin del programa. Cierto es que aún no cumplía los 9 años, pero igual me comían ya las ansias por tripular de vuelta La nave del olvido.

Me recuerdo cantando El triste al fondo del jardín, donde daba por hecho que nadie me oiría, junto a quien todavía no llamaban el Príncipe, si bien ya parecíame una suerte de superhéroe, capaz de sostener la nota interminable con gallardía impertérrita cuando yo ya tosía, jadeaba y resoplaba, vencido y admirado. Por no hablar del desgaste emocional que suponía meterse en los zapatos del personaje trágico y patético emperrado la gesta flagelada de seguir saboreando ese dolor recóndito que interesa miocardio, vesícula, riñones, páncreas, próstata, huesos, cuero y garganta, por decir lo menos. Si así acababa uno con solo una canción, ¿cómo terminaría Su Inminente Alteza tras toda una función sin bajarse del mismo superhéroe?

Deserté de su corte cuando un par de greñudos estrafalarios abdujéronme hacia otra dimensión. Alice Cooper, primero; David Bowie, después. Tipos que ni pintados para erizar los pelos de mis padres con la misma violencia que empleé en desdeñar a ese Príncipe bohemio y melodramático cuya solemnidad de mártir querendón parecía de pronto ignominiosa. Luego me volví punk y lo negué como a un pariente presidiario, pero es verdad que a veces, si manejaba un coche con los vidrios cerrados o caminaba a solas por un remoto puente peatonal, me ayudaba a vivir a disparejo coro con aquel Soberano de capa y corona —la primera, caída; la segunda, de espinas o barril, según fuera la etapa del vía crucis— a quien seguramente no conocía Iggy Pop, por más que allá en el fondo fuesen ambos demonios de rituales afines.

Nunca me causó culpa este placer, pero cualquiera sabe que todo fanatismo produce cantidades industriales de hipocresía. Desde mi pose cool, José José lucía lo bastante apestado para rendirle culto secretísimo con la sinceridad de un beato morfinómano. Aprendí, de esta forma, que también a escondidas se puede ser valiente. Pues si he resuelto, al fin, dejarme continuar con este juego, es solo porque a veces regreso borracho de angustia clamando por El Triste. Creo que fue en el Twitter que leí alguna vez que, si hubiera justicia en este mundo, las canciones del Prince mexicano estarían debidamente versiculadas.

Escapé del armario aún a tiempo de paladear el gusto a sacrilegio que daba confesar, en las páginas de un suplemento cultural, adhesión reverente a la fe del dos veces consorte de María, mártir crucificado por su personaje cuyos excesos autodestructivos reclamaban a gritos un sitio distinguido entre los grandes próceres del cool. Y fue entonces que el milagro ocurrió: de un día para otro, el Príncipe se había puesto de moda, y en tanto ello tornábase súbito patrimonio vitalicio de quienes un mes antes arrugaban la nariz ante la sola mención de su nombre.

Volví al fin al armario y lo dejé entreabierto. Mentiría si un día me dijera conocedor profundo del asunto, pero traicionaría mi esencia personal si negara que allá, en el fondo del limbo redentor donde ya no se pide compasión ni piedad, despierto cualquier día bajo la piel de El Triste y entro en un raro trance de íntima fruición que oculto como un vicio licencioso. Ahora mismo, presa de dos audífonos providenciales, llego al fin de estas líneas imaginando, como un depravado, que el auditorio entero se pitorrea del soundtrack de mi vida. Go on, Ladies & Gentlemen. O como mejor dice el Soberano:

“Y si es que van a hablar, adelante: que hablen”.

(Y qué: 3,6-7.)

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