Quién no ha vivido la experiencia de oír a un taxista anónimo que repite su nombre tres veces para contar que jugó varios años en el Magdalena; quién no ha visto en los estadios a irreconocibles individuos que piden una boleta de entrada a quien quiera regalársela, en nombre de que jugaron de marcapunta en el rojo o en el verde hace 15 años.

Es patético: viven una precaria celebridad que dura mientras dura su carrera. En ese intervalo son los chachos del vecindario, los tumbalocas, los donjuanes. Y luego, pasados los 30, quedan relegados en el desván de los ancianos, se borran del mapa y deben reinventar su vida.

El parnaso del fútbol es pequeño. Allí solo caben las celebridades del momento y dos o tres inamovibles a cuya cabeza está Pelé. Pero, por grandes que hayan sido, los jugadores del pasado se van borrando de la frágil memoria de los aficionados.

Mi ídolo máximo es considerado por la Federación Internacional de Historia y Estadística del Fútbol (IFFHS) como el mejor jugador suramericano del decenio de los cuarenta y el quinto más importante de la historia después de Pelé, Maradona, Garrincha y Di Stéfano. Nació en La Boca en 1916, el 3 de agosto, debutó a los 18 en el Ríver, quedó campeón con ese equipo varias veces, integró su más famosa delantera, ‘la Máquina’, junto con Muñoz, Pedernera, Labruna y Lostau, fue seleccionado argentino por la misma época, los cuarentas, de allí se fue a México donde se ganó el apodo de ‘el Charro’, pasó fugazmente por el Boca Junior, después fue al Coco-Colo y al Defensor y, en 1954, llegó al Deportivo Independiente Medellín, al que sacó campeón en 1955 y en 1957. Se retiró del fútbol a los 44 años, jugando para el Poderoso. Nadie se explica cómo resistió tanto tiempo siendo tan amante de la noche y de la juerga; pero las manejaba. Y adoraba el tango, de cuyo baile decía que le servía para el fútbol: “Es el mejor entrenamiento”, aseguraba, pues “llevás el ritmo, lo cambiás en un instante, manejás todos los perfiles y hacés trabajo de cintura y de piernas”.

Se llamaba José Manuel Moreno. “Cuando la AFA me eligió como mejor futbolista argentino de todos los tiempos estaba fascinado, pero a la vez me daba vergüenza dejar atrás a nombres como Moreno”, explica Diego Armando Maradona en su biografía Yo soy el Diego”.

Esa era la dimensión de ese prodigio, ese mago, pero yo ignoraba hasta su nombre cuando mi padre me llevó a mis 7 años a conocer el Atanasio Girardot y a ver un partido. Cuando lo vi por primera vez (¡oh Pentecostés!) ya era un tipo casi veinte años de kilometraje en la alta competencia. Después supe que cuando estaba más joven se comía la cancha y era deslumbrante su sincronización entre una gran velocidad física y una prodigiosa velocidad mental. Cuando lo vi le quedaba esta última. Ponía a correr la bola. Era, en suma, el jugador lento más rápido del mundo. Más rápido que los rápidos.

Verlo jugar era a la vez ver un acto de magia, de inteligencia y de amor a la parte lúdica del juego. Se divertía jugando. Moreno recibía la bola y avanzaba unos metros. La cabeza siempre estaba en alto dominando el territorio. Sabía dónde estaban sus compañeros y los rivales. Si algún contrario venía a hostigarlo, lo eludía con elegancia y, de repente, ponía la bola en el punto exacto donde le convenía, casi siempre un pase preciso al tipo que tenía más espacio o, todavía mejor, al compañero que podía rematar al arco contrario.

Era prodigioso. Comunicaba la serenidad y la emoción poética que trasmiten los hombres que hablan con las cosas. El “charro” hablaba con balón. El día que lo vi por primera vez me enamoré del DIM para toda la eternidad.

José Manuel Moreno murió en agosto de 1978 en su natal Buenos Aires. Paz (y goles) en su tumba.

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