De niño leí un artículo que decía que los eventos deportivos más importantes eran, en su orden, los Juegos Olímpicos, el Mundial de Fútbol y el Tour de Francia. Y me pareció raro, porque a mí, que crecí obsesionado con los deportes, nunca me pareció que los Olímpicos fueran la gran cosa.

Puedo recitar de memoria los goleadores de los mundiales y los ganadores del Tour (los del Giro de Italia también), pero los Olímpicos no me interesan, me parecen dispersos; mucho deporte y mucho deportista para tan pocos días. Es un problema mío, pero por algo esta columna va con mi foto y mi firma. Si a usted los Olímpicos le parecen lo último en guarachas, respeto su opinión.

Yo no olvido los tres goles de Rossi a Brasil en el 82, o el recital que daba Armstrong cada vez que recorría Francia en bicicleta, pero me cuesta recordar cualquier hazaña olímpica. Una medalla solo le importa al que la ganó y a un puñado de sus compatriotas. Un tailandés no tiene idea de que Ximena Restrepo ganó bronce en Barcelona 92 o que María Isabel Urrutia es nuestra única medallista de oro. Y lo mismo que sabe el tailandés sabe un ecuatoriano, que vive aquí no más. 

En los Olímpicos de Beijing se entregaron 958 medallas, lo que dice que es más fácil volver de unos Olímpicos con una medalla que sin ella. Salvo Usain Bolt o Michael Phelps, ningún medallista olímpico actual está en el imaginario colectivo. ¿O sabe usted quién fue medalla de plata en piragüismo en Seúl 88?

Tan poca importancia tienen los Juegos que Argentina es bicampeona olímpica de fútbol y nadie le rinde pleitesía por eso. Bielsa la ganó en 2004 y luego renunció. Cualquier argentino empeñaría esas dos medallas a cambio de no llevar 22 años sin clasificar a la semifinal de un mundial. Los Olímpicos son tan mal negocio que Montreal tardó más de 30 años en pagar los que hizo a cambio de que nadie recuerde qué pasó en Montreal 76. 

No entiendo quién nace diciendo “Quiero ganar la de oro en nado sincronizado”, o “Todas las mujeres van a caer a mis pies cuando sea campeón olímpico de marcha”. ¿Cómo es posible que alguien sacrifique los mejores años de su vida entrenando para una competencia que se va en segundos apenas? ¿Vale la pena madrugar y coger cuatro buses todos los días para quedar de cuarto en la prueba de envión en levantamiento de pesas? 

¿Quién levanta pesas en estas épocas donde con espichar una tecla de computador se pueden trasladar millones de dólares de una cuenta a otra? Uno entiende que Bulgaria y China sean potencias en la materia, porque son países donde el trabajo pesado es aún necesario, y también que Colombia produzca tanto levantador de pesas: a muchos les toca hacer su propia casa gracias al poco apoyo que brinda el gobierno. El Comité Olímpico Colombiano se parece a un bar bogotano de hipsters que se escribe parecido y se pronuncia igual, El Coq: es muy difícil entrar, nadie sabe qué pasa adentro ni qué hacen con la plata que les damos. 

Por último, acto de patriotismo no es apoyar a los nuestros en Londres 2012, sino aguantar las transmisiones de nuestros canales. Digo, si un tipo con la experiencia de William Vinasco le dice Iniesta a Casillas (acaba de pasar en la Eurocopa), ¿qué barbaridades alcanzaría a decir para llenar los vacíos durante la transmisión de la prueba de tiro con arco?

Hace poco leí que Muhammad Alí tiró al río la medalla de oro que ganó en los Juegos Olímpicos de 1960. Ignoraba que el quizá mejor boxeador de todos los tiempos fuera un tipo tan inteligente. Era eso, o tenerla en el baño para cuando se acabara el papel higiénico. 

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