Ninguno de mis conocidos de entre 40 y 50 años comparte mi admiración por Julio Iglesias; pero sí 300 millones de personas. Me importan un rábano ambos datos. Lo seguiría escuchando en cualquier caso. Por su causa, he soportado que se pongan en duda mi virilidad, mi oído y mi sinceridad. Hay mujeres que prefirieron vestirse y marcharse en el momento en que las invité a bailar Me olvidé de vivir; y amigos que me han negado tres veces. Pero he continuado comprando y escuchando cada uno de sus discos sin pedirle nunca permiso a nadie. Es el cantante con más canciones en mi iPod. Me gustan las melodías, las letras y el color de su voz. Puedo cantarlo de memoria. Pero solo una vez asistí a uno de sus recitales.

Comenzaban los noventa y me tocaba perpetrar una de mis payasadas en una radio de sonido metálico y humor vitriólico. Entonces, el locutor recibió las entradas para ver a Julio Iglesias en la cancha de Vélez, y las dejó caer a un lado, profiriendo un gracejo ofensivo al aire. Pregunté, luego de mi discreta performance, si se me permitía quedarme con las entradas. Me las dejaron como una limosna, con asombro y desprecio.

La noche del recital en Vélez, bajo un cielo plúmbeo y en un clima frío, el estadio dejaba ver vacíos como las entradas del comienzo de la calvicie masculina. El número 1 agradeció a los presentes y cantó con cuerpo y alma. Cuando terminaba el recital, el único otro hombre solo que ocupaba una butaca en mi sector se me acercó y me preguntó, extendiéndome una tarjeta:

—¿Sos de prensa?

—Sí —mentí a medias.

—A mí tampoco me gusta —descerrajó el desconocido—. Pero lo imito.

Presencié, al pasar, su acto, a la salida del estadio. También vendía casetes con sus imitaciones.

Comenté el suceso del imitador en la radio. No sé cómo lo contactaron. A los pocos días, para mi gran desmayo, comenzaron a burlarse de Julio en complicidad con el farsante. De algún modo, el imitador consiguió mi número telefónico. Y en lo que pareció ser un arrebato de agradecimiento por el contacto que le había conseguido con las altas esferas del espectáculo, me dejaba mensajes como los siguientes: —Gracias, chaval. Que te has pasao, vale—. Si bien la voz de Julio le salía a la perfección, el léxico era patético como el de aquellos viajeros argentinos que, luego de pasar un fin de semana en Madrid, vuelven a Buenos Aires hablando como si fueran José Sacristán en Solos en la madrugada. —Hombre, que me siento un gilipollas, pero qué coño, gracias, tío, gracias—. El perseverante impostor me llamaba al menos dos veces por semana. Yo oprimía el botón del contestador esperando encontrar una voz amable, una oferta de trabajo, una respuesta a mis plegarias, y en cambio aparecía el remedo de Julio, como un zumbido: —Colega, ¿cuándo nos tomamos un carajillo? O un pitillo. Qué colocón—.

Pensé que se apagaría solo. Pero los molestos son infatigables. El mundo, en realidad, está preparado para ellos. Su contacto con el medio ambiente no genera erosión, no envejecen, no se frustran. Y el día de mi cumpleaños número 25, mi abuela me llamó emocionada para decirme que Julio Iglesias había leído la nota que yo había escrito sobre el recital, y la había “telefoneado” para felicitarla por mi “natalicio”. Las cosas habían llegado a un punto de no retorno. Lo llamé y le informé que yo imitaba a Dyango. Por primera vez desde nuestro desafortunado encuentro, logré callarlo. Le canté mi primera canción de Dyango. Me agradeció y se disponía a cortar. Es solo la primera, dije, y arremetí con la segunda. Ciertas personas no son capaces de cortar una conversación telefónica unilateralmente. Luego de la cuarta canción, le avisé que ya tenía también el teléfono de su madre y que, luego de saludarla para su natalicio con el tema Si la vieras con mis ojos, le entonaría, a modo de serenata, el simple Ese hombre a su esposa, impostando yo también la segunda voz a cargo de Joaquín “Pimpinela” Galán. Corté. El falso Julio no me llamó nunca más.

Debo confesar que también me gusta Dyango, incluyendo su dúo con Pimpinela. Como efecto secundario pernicioso de aquella estratagema, por lo demás entre mis pocos éxitos, perduró mi manía de, de vez en cuando, cuando el brandy me invita, entonar las Confidencias del sabio cantautor y trompetista catalán.

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