Debo comenzar diciendo que nunca había visto tantas mujeres bellas en un restaurante al mismo tiempo. Desde la hostess hasta las comensales, pasando, claro, por las modelos que protagonizaban una sesión fotográfica en el primer piso. Porque la planta baja de este restaurante es un bar bonito y de moda, con una entrada deslumbrante y una decoración pomposa. En el segundo piso, que tiene alrededor de 20, 25 mesas, está el restaurante. Comienzo por esto porque es conveniente recordar siempre el bar abajo, sobre todo si usted quiere cenar, como fue nuestro caso.

La decoración allí también es llamativa, con unas jaulas doradas que cuelgan del techo a diferente altura, aves plateadas sobre las paredes, espejos en galería y mobiliario "de estilo". Ante tanto cuidado con la decoración y el ambiente, Estercita me llamó la atención sobre una fea estantería entre el comedor y la cocina, de varillas torcidas, donde los cocineros tenían algunas salsas: ni en sitios donde la decoración está en un segundo o tercer lugar vimos un despropósito así. La carta no presenta mayores sorpresas: won ton, egg rolls, costillitas, sopas, arroces fritos y tallarines con bastimentos comunes: camarones, pollo, cerdo... Lo que diferencia a este restaurante está en un rincón de la carta llamado "Especialidades de Szechuan" (también se escribe Sichuan). El rasgo distintivo de la cocina de esta región al suroriente de China es el picante, que logran con la incorporación de la conocida pimienta de Sichuan, el jengibre y otras especias fuertes, o con ingredientes en conserva o fermentados. En Kong no vimos nada de eso.

Contra su costumbre, Estercita pidió un whisky que inundaron de hielo y cobraron como doble, a pesar de que tal palabra nunca se dijo en nuestra mesa. Ahora que escribo esto descubro por qué pidió un trago fuerte y repitió la dosis: yo estaba verdaderamente inquieto ante tantas bellezas que paseaban por el lugar.

Comenzamos con algo básico: egg rolls y won ton de pollo. Nada para destacar en ambas entradas.

De fuertes pedimos un pollo con marañones y un pato wor shu. Siguen aquí la costumbre de traer los alimentos en pequeños recipientes metálicos, como para pedir varios y compartir, que fue lo que hicimos. Además de la puesta en escena los encargados deberían cuidar la interpretación, porque seis veces oímos el escándalo de las tapas de los recipientes golpear el suelo. No exagero: después de la tercera vez empezamos a contarlas y fueron seis. Apreciamos la ayuda del mesero para servirnos las porciones, porque la iluminación es escasa.

El pollo lo sirven con una salsa untuosa algo dulce, rica, trozos grandes de pimentón y los marañones. Nos sugirieron acompañarlo con arroz frito, que fue lo mejor de la noche: suave, fresco y aromático. Porque el pato, que viene en salsa de ostras y roceado con polvo de almendras, estuvo bien, pero nada más. Tenía lo que se le exige a un pato: piel crocante e interior jugoso. Contando el tiempo de preparación pudimos inferir que lo tenían adelantado, y eso lo sentimos en la carne, algo fría.

Cerramos con un postre Napoleón que tampoco destacó por nada. Si los lectores esperan un veredicto puedo decir que Kong es un lugar rico si usted quiere ver gente linda. También, claro, si quiere que lo vean. Es un lugar perfecto para tomarse un trago y picar algo, pero si quiere comer bien y tranquilo mejor vaya a otro sitio.

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