Tuve mucha suerte con el portero del edificio de mi oficina. Era un hombre amable y respetuoso. Por este excelente punto de partida, pensé que nunca intercambiaríamos más palabras que "buenos días" o "buenas noches"; que es lo único que deberían intercambiar los seres humanos, para evitar las guerras y los divorcios. Pero hará cosa de un mes, la esposa del portero me detuvo cuando salía del ascensor y me disponía a entrar a la oficina.

—Señor Marcelo —me dijo—. Usted escribe todas esas historias de hombres casados, que se acuestan con otras, salen de noche, llegan tarde a casa…

—Son cuentos —la interrumpí—. Invento. Míreme a mí: llego a las nueve de la mañana y me voy directo a casa a las siete de la tarde. Usted lo sabe. Si escribiera mi vida, tendría que llamarse Historias de hombres castrados. Por suerte sé inventar.

—No, no —siguió Mercedes, la esposa del portero, una mujer bien entrada en los cincuenta—. Yo sé que usted es incapaz de hacer algo indebido…

Asentí no muy feliz de su descripción.

—Pero los hombres… en general (me estaba sacando de la categoría masculina, directamente)… son de salir, tener otras mujeres, incluso otras familias.

—Sé que existen esos casos —admití—. Pero mis cuentos son inventados.

—No importa —desestimó Mercedes—. Lo que yo sí sé es que todos los amigos de mi marido salen con otras y llegan tarde a casa. Me lo dicen sus propias esposas, mis amigas.

—En fin —dije—. No sé qué decir.

—Lo que yo quiero saber es por qué Rodolfo nunca llegó tarde, porque nunca lo pesqué con otra, en treinta años de casado. Nunca siquiera una sospecha.

—Un marido ejemplar —dije.

Pero en la cara de Mercedes se pintó una mueca mezcla de duda y decepción. Tal vez era la cara más verdadera de las mujeres respecto de los hombres. Debe haber sido la cara de Eva cuando notó que Adán estaba dispuesto a hacerle caso.

—No sé. Me huelo algo raro —continuó Mercedes—. ¿Por qué todos los demás sí, y él no?

—¿Qué sospecha usted? —dije tomando el toro por las astas.

—Gay no es —puso negro sobre blanco Mercedes—. Porque a mí siempre me atendió bien. En realidad, siempre soy yo la que dice que no, como todas las mujeres.

Sus confidencias me hicieron enrojecer.

—¿Usted se pone colorado? —se asombró—. Con todas las porquerías que escribe…

—Una cosa es escribirlas —dije—. Y otra escucharlas.

—No sé —dijo Mercedes—. Me da mala espina. ¿No será un asesino, uno de esos locos que un día se destapan? A veces llegué a pensar que es de otro planeta, que está investigando la vida en la Tierra…

—En ese caso, no se hubiera quedado solo con una hembra humana.

—¿Por qué no? —me contradijo Mercedes—. El que conoce a una, las conoce a todas.

—Bueno, ahí tiene la explicación de por qué nunca se acostó con otras.

—No. Tengo la explicación de por qué, en caso de ser un marciano, no se acostó con otras. Lo que todavía no me explico es por qué no lo hizo en caso de que sea terrícola.

—Mire, Mercedes: el mundo no termina en los maridos de sus amigas. Bastaría con salir del barrio para encontrar millones de hombres que se comportan igual que Rodolfo.

Mercedes me despidió con un gesto de incredulidad. Y lo cierto es que, por más que yo creía en lo que le estaba diciendo, no tenía ningún caso concreto para ofrecerle.

Hace una semana Mercedes me tocó el timbre desesperada.

—¡Rodolfo me abandonó!

—¿Cómo? ¿Con quién? ¿Era gay? —se me escapó.

—¡No! Qué gay. Se fue con la sobrina de una amiga mía, de 25 años.

—¿Y cómo la conoció?

—¡Yo se la entregué! —me dijo Mercedes llorando—. Quería ver cómo reaccionaba. Era como un regalo.

—¿Y él qué dice?

—Él no dice nada. Pero me enteré de algo terrible.

—¿Qué?

—Rodolfo se acostaba con las esposas de todos sus amigos, con mis amigas… incluso con Nori… la tía de esta chica… ¡Por eso ningún amigo sabía nada, y ninguna de mis amigas me decía nada de él! ¡Por eso era tan reservado!

—Bueno, si tuvo tantas y volvió, volverá también ahora.

—Esta tiene 25 años.

—Va a querer tener hijos, una casa más grande, salir de noche. No se preocupe: Rodolfo es hombre de una sola mujer, y esa mujer es usted.

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