Yo fui una niña vieja. A los seis años ya nadie me despeinaba el copete, porque yo iba por ahí diciendo palabras como “onomatopeya”, y los grandes se paraban en seco: “oh”. Odiaba a las niñas porque lloraban y a los niños porque eructaban; me gustaban los adolescentes porque todo lo que hacían era mirar el techo, mascar chicle y gruñir. Eso me parecía raro, ergo, sexy. Aunque cuando fue mi turno de hacerme adolescente supe que ésa era una condición insoportable y odié a todos los que eran como yo. Incorporé a mi vocabulario palabras como “tautología”; aprendí a mirar por encima del hombro y me ennovié con tipos grandes que cada dos por tres me preguntaban: “¿estás segura?”. Me gustaban los tipos grandes porque les maravillaba levantarse a una jovencita como yo. ¿Y cómo era yo? Como todas, pero me creía mejor. Sabía decir tautología. Sabía decir: “segurísima”. Me gustaban los tipos grandes porque, tras la sorpresa inicial, cerraban la boca, pedían un café y seguían: “¿qué tomas?”. Era delicioso besarse, pero la vida no se detenía después de cada beso. Ellos seguían siendo funcionales, gente que pide cafés, y la cuenta, y que se porta como si eso mismo –besarse por primera vez– les hubiera pasado mil veces, porque les pasó mil veces. ¿Qué son las primeras veces? Un trámite necesario. El promedio de edad de mis novios creció junto conmigo, ahora vivo con uno que me lleva ventidós años y dos cabezas, y ojalá que sea para siempre porque no quiero ni pensar con qué voy a seguir. O sea que sí, me importa la edad, y tengo maneras de justificar mi tara, pero ninguna es cierta. Puedo sacarme del bolsillo la famosa (y dudosa) estadística de que las mujeres maduran más rápido que los hombres: si fui vieja desde niña, si mi madurez le llevaba ventaja a mi propia edad, debí buscarme novios acordes. Mentira. Yo no era madura nada, yo era agalluda. Soy. Me importa la edad porque me importa el tiempo: cuántas cosas caben en el tiempo de la gente. Ya sé que nadie lo llena igual, pero suele pasar que entre más tiempo uno vive más cosas ve, aprende, come, lee, descubre, pierde, y todo eso te hace una persona más compleja. A mí lo complejo me atrae. A mí la simpleza me parece estupidísima. Lo atractivo de lo joven es: la belleza fresca –que no se reparte indiscriminadamente y que, de todas formas, se acaba con el uso– y la inocencia. Supongo que yo fui inocente. Es decir, que a esos novios grandes les gustaba lo mismo que yo despreciaba en otros: para mí la inocencia es casi tan estúpida como la simpleza. La inocencia es un lastre del que los jovencitos y jovencitas deberían despojarse antes que de su acné. Diría entonces que me gustan los tipos grandes, incluso si yo les gusto. Diría que me gustan, también, porque ya perdieron la inocencia y el acné –y la melena en algunos casos, qué le vamos a hacer– y ganaron otras cosas: complejidad, por ejemplo. Diría eso, pero tampoco es cierto porque ya no me gustan los tipos grandes, en general, porque me asenté con uno, en particular, y me gusta ése. Que es grande. Y complejo. Y no tiene pelo. Fin.

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