—No siempre hay que copiar las costumbres extranjeras —me comentó mi amigo Max, señalándome una noticia del diario Clarín acerca de las mujeres del municipio de Barbacoas, Colombia, que se negaban a mantener relaciones sexuales con sus maridos hasta que “estos no adopten una ‘posición dura’ para exigir la construcción de una carretera en su pueblo”.
“Fíjate —siguió Max— el nombre del pueblo. Barbacoas. Esa es una buena costumbre norteamericana, la barbacoa dominical, digna de ser imitada. Las hamburguesas a la brasa, para toda la familia. El croissant francés, ¿quién puede prescindir de ese desayuno? El té inglés. Las rastras africanas, hay algunas mujeres a las que les quedan muy bien. Pero una huelga sexual… No cualquier mujer… No cualquier pueblo puede emprender una propuesta de ese tipo. En tu columna pasada, en esta misma revista, otro de tus amigos reseñaba el culo de las colombianas. Es probable que una huelga sexual emprendida por una mujer con uno de esos culos pueda ser exitosa. ¿Qué no daría yo por un culo así? ¿Qué hay que construir? ¿Un palacio? ¿Una pirámide? ¿La Muralla China? Ofréceme un culo de esos y yo lo hago. Me refiero a la Muralla, la Pirámide, etcétera. Pero suponte que mi esposa se niega a tener sexo conmigo… ¿Tú has visto el culo de mi esposa? Vamos, no te cortes, yo mismo te lo estoy preguntando. ¿Lo has visto? ¿A ti te parece que yo me pondría a construir siquiera un cubo de Mis Ladrillos por ese culo? Es cierto, no es tan estúpida como para amenazarme con no hacer el amor. Pero déjame que te cuente. Me dijo que no me la iba a chupar hasta que yo arreglara la puerta del armario del cuarto de los niños. Leyó la noticia en el diario y se le ocurrió esa genialidad. Ahora bien, tú no tienes por qué conocer los entresijos de mi vida marital. Pero si te cuento algo, debo contarte todo, para que entiendas. Desde muy temprano supe que ninguna mujer podría satisfacer plenamente mis necesidades sexuales. Las hay capaces para la mamada, pero totalmente negadas para sexo anal. Expertas en masturbarte con los pechos, pero incapaces de hacerlo con las manos. No puedes culparlas por eso. El mundo es así, cada cual nace con una habilidad distinta. La única tragedia es que tu vocación no coincida con tu habilidad. Pero si sabes en qué eres hábil y no pretendes más, no digo que llegues a ser feliz, pero al menos no serás de los más infelices. Pues bien: a cada una de las mujeres que he conseguido de acuerdo con sus rudimentos, puedo decirle que es la mejor, sin especificar. Y no les miento. El caso de mi esposa no es exactamente así, porque no es que sea una gran mamadora. Pero le tocó esa tarea en la repartición internacional del trabajo. Yo te diría que por default. No había otra mamadora a la vista, y a ella algo le tenía que dejar. No fue fácil, pero le asigné un rol, un lugar. Estábamos cómodos, hasta que leyó sobre la huelga sexual en Colombia. En fin… Para empezar… ¿cuántas veces te hacen una buena mamada, por mes? ¿Una mamada completa, concentrada, con tragada y todo? Te estoy hablando de una esposa. ¿No quieres responderme? No me respondas. Me hago cargo. No tengo nada que perder. Confío en ti. Con mucha suerte, una vez por bimestre. Una buena mamada, me refiero. Y ten en cuenta que ese rubro yo se lo dejaba exclusivamente a ella. Por supuesto, también le hacía el amor, pero sin ganas, por obligación, para mantener el matrimonio, para que no pensara cosas raras. Pero la sucursal sexual que yo le había asignado, con mucha suerte, la realizaba correctamente una vez por bimestre. El resto de las veces, si quieres una vez por semana, con resistencia, a la rastra, sin entusiasmo. ¿Y me amenaza con que me va a quitar esa miseria? Suponte que a un fumador serial lo amenazan con que de un día para el otro le quitarán el cigarrillo… Comprendería que el hombre se desespere. Síndrome de abstinencia. Incluso deseos de suicidio. Cambiaría radicalmente su vida. Pero… esta imbécil… me dice que me quitará una buena mamada bimestral si no arreglo la puerta del armario… Pero… ¿quién puede desesperarse por un placer bimestral? Es como si te dijeran que si trabajas una hora extra por día, te reducirán en un cinco por ciento la boleta de la luz. Que se metan el descuento en el culo… que a propósito, como ya te señalé, no es precisamente la especialidad de mi esposa. ¿Y sabes qué? Ese día yo justo estaba a punto de arreglar la puerta del armario. Pero me indignó tanto su amenaza, que salí inmediatamente en busca de un reemplazo. Conseguí una negra, unos labios como bizcochuelo de chocolate… No sabes qué afán, qué vocación… Me pidió quince dólares por mamada. Por supuesto, le pagué treinta. Tres veces por semana. Después descubrí que también era muy buena con el culo. Finalmente le puse un departamento. La mantengo. Además, es muy buena conversadora. Gran cocinera. Me ama. Dejó la calle. Ahora solo me restaba el problema de que mi esposa no me importune en casa. No fue tan difícil. Primero le dije: hasta que baje la inflación, no te hago el amor. Un mes los dígitos casi se me vienen en contra, pero por suerte el inútil del ministro de Economía volvió pronto a las andadas y el pan se fue por los cielos. Cuando Elisa me dijo que si era por la inflación no volveríamos a hacer el amor nunca, repliqué que la entendía. Entonces, le aclaré, no te haré el amor hasta que haya paz en Oriente Medio. Luego se la hice más fácil: te haré el amor cuando surja la primera democracia parlamentaria de la primavera árabe. Ahora estoy en la etapa de no hacerle el amor hasta que el Dalái Lama asuma como primer ministro del Tíbet. Y primero le dije que si ella arreglaba la puerta del armario, le dejaba que me la chupe. Pero después me arrepentí”.

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