Quien lo baila es quien lo goza Por Andrés Ríos

La estadística indica que de 10 hombres, ocho como mínimo, saben bailar. Puedo asegurar, sin pontificar, que muchos de los que leen estas letras fuimos concebidos en una noche de amor que tuvo al baile como preámbulo de la copula. No saber bailar es ser ‘el patito feo‘. Si no bailas, quédate en casa.

Yo aprendía a bailar con una canción que se llama El Africano. No sabía mover el esqueleto y con 14 años de edad eso era un obstáculo monumental a la hora de tratar de tener cualquier interrelación con el género femenino. Me enseñó un señor que tenía swing, yo le agradezco al tipo pero solo me enseñó un paso: pie a la derecha, pie a la izquierda. Ese era mi baile. Eso sí, me dio un consejo que hoy y siempre aplico al pie de la letra: “Nunca, jamás, por nada, mueva el brazo con el que le tomas la mano a la mujer, eso es corroncho”. Tipo sabio ese.

Bien decía Alexis García, aquel buen volante creativo de Nacional que ahora es técnico y no gana nada: “El que juega bien fútbol, es buen bailarín”. Creo que tiene razón. Esa capacidad de mover el esqueleto va de la mano del don de dominar la redonda.

Yo entiendo esa posición que destruye al que se baila hasta el himno nacional. Válido pero lo defiendo. En el baile se logra todo: se seduce, se habla al oído, se palpa, se huele, todo, todo pasa en el baile. Como dirían mis tías: en el desayuno se sabe cómo será el almuerzo. Adapto ese sabio consejo y lo pongo así: “en el baile se sabe cómo será el amor, la copula, la relación, casi que la vida”.

Si usted no baila, lo respeto. Pero anímese, Aprenda, entre a ese mágico mundo de mover la cadera, su salud, su ego, su capacidad para seducir, todos, se lo agradecerán ¡Upea hey!

¿Bailar? ¿Qué es eso?
Por Adolfo Zableh 

 Me imagino que Andrés va a decir que bailar es clave para levantar cuando uno sale. Saberlo mover ayuda, no lo voy a negar, pero no es indispensable. De hecho, soy tan mal bailarín que al irme de fiesta me ha ido mejor cuando no saco a bailar a nadie que cuando sí.

No entiendo el baile, y eso que soy costeño. Toda la vida he sufrido porque ser de Barranquilla y no saber bailar es un drama, ¿pero qué hago, si no logro mover un pie y hacer que el otro lo siga?. Cuando salimos, mis amigos hacen demostraciones de sus dotes, no hay canción de salsa, merengue o regguetón que no se bailen.

Yo, mientras, me refugio en la conversación o en uno que otro trago, pero nadie quiere hablar en una discoteca (además que el nivel sonido de la música no lo permite). Así que para mí ir de rumba no es garantía de llegar solo y salir acompañado. Aún así, no me ha ido mal, pero me ha tocado esforzarme el doble; el triple, porque tampoco me considero un gran conversador.

Como mal bailarín, me he pasado la vida viendo desde la barra del bar cómo baila la gente, y lo peor es que se ve que lo disfrutan de forma honesta. No lo entiendo, no veo cómo mover el cuerpo al ritmo de un tambor pueda hacerme más feliz. Me gusta la música, pero estoy convencido de que es mejor oírla que bailarla. En las noches más largas de rumba deseo haber nacido en Estados Unidos y no en la costa, porque los gringos bailan es pop, y dance y rock, y esas vainas las baila cualquiera.

Yo he perdido levantes por no bailar. Se la meto toda a la charla, pero cuando todo parece ir bien, la vieja empieza a llevar el ritmo de la canción golpeando el pie contra el piso y ahí es cuando comienzo a sudar frío. Le ofrezco otro trago, le digo que voy al baño y vuelvo, pero nada sirve, lo que ella quiere es bailar.  Y por experiencia propia digo que prefiero dejarla ir antes que perder la dignidad en la pista de baile.

Por último, y para cerrar el tema, quiero decir que es mentira eso de que el mal bailarín es también malo en la cama. Yo puedo pasar fines de semanas enteros metido bajo las cobijas.

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