No podría señalar el instante preciso en el que ocurrió, pero en algún momento luego de que nos graduamos de la universidad, M decidió que esto de convertirse en “genio” iba en serio. Fue un cambio gradual. Comenzó transmutando sus pensamientos en propósitos ciegos y obstinados; asumió un tono decididamente preocupado y, para perfeccionar su metamorfosis, se convirtió en lo que Rabelais llamaba un agélastes, término que reservaba para los que no reían.

Vi su transformación; era su novio entonces. Uno de los primeros debates que tuvimos con la M “reloaded” fue sobre Fidel Castro. Afirmé que había sido un hombre importante, una tesis que hubiera podido defender Nixon. M decidió que era su ocasión de vestir los guantes y darme una paliza introductoria a su nuevo yo. Pataleó y estrujó como un gato en una malla y al final, cuando cedí a su terquedad, selló su victoria con una sonrisa; Fidel no era tan importante. De allí en adelante su estilo argumentativo fue el de un testigo de Jehová: dejar callados a los demás por medio de la extenuación, lo cual, en su mente, confirmaba su sospecha de que nadie le daba la talla.

He acá una lista de cosas que disfrutábamos y que la inteligencia le impidió hacer a M:

- Correr desnudos y saltar en una piscina.

- Vomitar por la ventana de un auto en movimiento luego de una fiesta grandiosa.

- Dejarse dar órdenes desnuda.

- Cerrar los ojos como Marilyn Monroe para soltar una flatulencia.

Si no se hubiera tragado el sapo de su propia agudeza moriría por hacerlas, pero las condiciones autodecretadas tienen una extraña obligatoriedad que nace del hecho de que no son obligatorias. Gustaba de aparecerse ante mis amigos a plantear certezas de género: “¿Sabían que el cerebro de las mujeres tiene un 17 % más de células en los ganglios basales; de ahí que tengamos una memoria excelente y ustedes no retengan nada?”. En esos momentos daba gracias por el don del olvido.

Poco a poco, sus conocimientos fueron abarcando más segmentos de la realidad. Una vez se me infectó el oído derecho y me explicó cómo hay una profunda conexión entre la mente y el cuerpo y cómo mis dolores eran en realidad mi culpa. Me reveló que la infección se debía a que estaba escuchando cosas que no estaba aceptando… justamente por eso me afectó el oído por el cual la oía en la cama. Todo lo que para mí era mierda —lo dijo lento, estilizado, mierda— se me había acumulado en el tímpano. Allí estaban sus críticas, sus eruditas observaciones, sus nuevas teorías. Mi enfermedad: un clásico caso de “tímpano de mierda”. De andar muy excitado tal vez hubiese sufrido un ‘derrame’ cerebral.

Su conocimiento no era enciclopédico. De hecho, M no sabía cómo hacer agua tibia mezclando la llave fría con la que llevaba el emblema rojo. Pero eso no importaba. En alguna ocasión me dio una cátedra sobre el estrés de sobrevivir en un colegio masculino. Intenté intervenir, pero los aportes de 13 años en un colegio masculino no venían al caso. Me hubiera podido aleccionar en acomodarme las gónadas. En su vocabulario fueron apareciendo términos como “realidad distópica”, “falocentrismo”, “parálisis afectiva”… este último, muy útil a la hora de describir sus nuevos sentimientos por mí. Según M, nos estábamos alejando porque yo andaba asustado; los hombres tenemos un terror inusitado a las mujeres inteligentes.

He deseado en mi vida desarrollar algunos modestos inventos. Uno de ellos es una palanca de expulsión para sillas de restaurante, como la que hay en el F-16. Pienso en estas cosas mientras le escucho la perorata a M; deslizar suavemente mi mano por debajo de la silla, mientras repito ‘ajáaa’… me demoro unos instantes en encontrarla. Al fin, sin sombra de vacilación la jalo; me muerdo el labio inferior mientras salgo disparado por el techo. Abajo veo que los meseros con sus toallas en el antebrazo miran hacia arriba. M sigue hablando sin interrupción. Arriba el viento se parece al silencio. Las vértebras brutalmente deformadas por la inercia es un precio muy bajo por no haber escuchado el final de la trilogía sobre su vida, que pareciera la saga de Tolkien en la que M es el anillo: perversa, deseada, poderosa, capaz de llevar a reyes de diminutos ganglios basales a sus rodillas… my precious. La hubiera usado con M mil veces, la hubiera bautizado la palanca M, gustoso hubiera dictado seminarios:

—Bien, muchachos, al usar la palanca M, es preciso no confundir el botón de expulsión con el de reclinar la silla…

Pero los hombres no temen salir con una mujer inteligente porque en sus camas, dando puños en sus almohadas, se digan: “¡No la puedo manejar!”. De hecho, una conversación con una mujer inteligente no se olvida, tiene un apelativo erótico singular. Nos aburre hasta la médula salir con una mujer “genial” por el riesgo latente del tímpano de mierda luego de recibir el bombardeo de dos horas de oraciones que comienzan por “yo”. La inteligencia femenina no suele coincidir con el dictado de la sociedad y ciertamente no era lo que había adquirido M: hablar sobre todo sin medida, creerse su maldito currículo, llena de impaciencia ante la realidad cuyas deficiencias eran vistas como ofensas personales o parte de una conspiración y, por último, para rememorar un punto que señalaba el filósofo Savater, todo aderezado con la cereza del vértigo intoxicador. No es una cuestión de géneros; una mujer pedante es tan insufrible como cualquier pedante. Solo que la sociedad no parece estar dispuesta a ponerle un espejo delante.

Muy pronto las cosas con M fueron insostenibles. Ni los mismísimos dioses pueden contra la presunción, decía Schiller. Desde entonces y hasta el sol de hoy renuncié a buscarme un “genio”; los mejores momentos los he vivido con una chica que trabajó en una ventanilla de reclamos de la ETB y con otra que sirvió hamburguesas en Presto. Dudo mucho que desmerecieran un ápice de una con doctorado: tal vez eran más hábiles para vivir en su mundo que M, no lo sé. ¿Pero quién aceptará que una mujer que trabaja pueda ser más inteligente que una burócrata “estratégica” ebria a punta de halagos sobre su perfil? Toda esta adscripción de inteligencia no se extiende hasta las mujeres que trabajan para “las mujeres inteligentes”.

Por mi lado, sigo creyendo que las mujeres más brillantes son, claro, como cualquier persona brillante: nunca alardean de lo que saben porque no han optado por la petulancia, poseen la prudencia de saberse callar… y de vez en cuando, de olvidar. Y si algo se desea en compañía de alguien semejante es un elaborado artefacto que permita levantar el vuelo, sí, pero con sillas para dos.

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