La palabra oligarquía es una de las que más se pronuncian en Colombia, y sin embargo se refiere a algo que en Colombia no existe. No existe para los oligarcas, que no quieren ser llamados así; ni para quienes llaman así a los oligarcas, y a continuación dejan de existir ellos mismos. Así le pasó al gran tribuno popular Jorge Eliécer Gaitán, que usó y abusó del término hasta que le mandaron pegar cuatro tiros por deslenguado. Así le pasó también, aunque de modo menos drástico y trágico, a Abelardo Forero Benavides, político y periodista que se atrevió a publicar un artículo sobre el reverenciado doctor Eduardo Santos, dueño de El Tiempo y presidente de la República, bajo el título "Retrato de un Oligarca". Y se lo tragó la tierra. Hubo que esperar décadas, hasta que murió Santos, para que la firma y la foto de Abelardo volvieran a aparecer en los periódicos.

Aquí los oligarcas solo existen para quienes se consideran a sí mismos, con orgullo, oligarcas. Pero no lo son. Son gente acomodada, con carro con chofer y acción de club social, que vive desgarrada entre el temor al secuestro y el temor a que se les vaya la sirvienta. Y existen también para el coronel Hugo Chávez, que habla de una misteriosa "oligarquía santafereña" que envenenó al Libertador Bolívar por orden de un coronel de Cúcuta. Pero no: no hay coroneles oligarcas.

Generales sí puede haberlos. Bolívar, por ejemplo. Un mantuano de Caracas, que heredó en minas y haciendas la fortuna más grande de Suramérica y mandó toda la vida. Mandó. Porque lo que define la esencia de la oligarquía es el poder, no la riqueza, y menos aún la apariencia. Un oligarca no es un plutócrata, ni un dandy de club. Sino alguien que pertenece al reducido grupo de los pocos (en griego olígos) que mandan.

En cierto modo puede decirse —y lo han dicho muchos estudiosos de la ciencia política— que todos los regímenes son en fin de cuentas de índole oligárquica. Porque todos, sea cual sea su origen —popular o monárquico de derecho divino, aristocrático, militar, democrático, revolucionario—, ejercen el poder a través de un reducido grupo de unos pocos. Unos pocos que, en la mente febricitante de Aristóteles, deberían ser a la vez los mejores, los aristos, conformando así una oligarquía equiparable a una aristocracia. Sueño de estirpe derechista (Aristóteles fue el pensador político más reaccionario de su tiempo) que a lo largo de los milenios ha ido cuajando en distintas propuestas de gobiernos más o menos secretos compuestos por iniciados agrupados en sociedades esotéricas de banqueros y de... fundamentalmente de banqueros. Agrupaciones de banqueros reunidos en torno a una larga mesa reluciente, presididos por un hombre —banquero también él— que acaricia a un gato. El extremo del sueño oligárquico es la llamada sinarquía, palabra hoy casi olvidada, pero que tuvo gran auge en los círculos de la derecha europea entre las dos guerras mundiales, en la primera mitad del siglo XX: el gobierno clandestino, autoritario y universal de la "Haute Banque", la Gran Banca.

Lo que pasa con estas camarillas, con estos grupos autodesignados, cooptados entre sí, es que están conformadas por unos pocos, sí, pero esos pocos no son los mejores, como creía el iluso de Aristóteles. Suelen ser, si no necesariamente los peores, sí bastante malos. De ahí que los resultados de su ejercicio del poder sean nefastos, como en el caso apartado y modesto de Colombia lo supo ver bien Gaitán. La oligarquía liberal-conservadora que él denunciaba había sido nefasta: bastaba con mirar sus frutos para conocerla. Y si hoy esos frutos son todavía peores que entonces —basta con mirar en torno la devastación del paisaje físico y moral de esta país infortunado— es porque Gaitán, sin embargo, se equivocó en el detalle de su análisis. Creía —y decía— que a él nunca la oligarquía se atrevería a matarlo, porque entonces caería un baño de sangre sobre Colombia. Pero se atrevió, y lo mataron, y vino el baño de sangre en el que todavía seguimos ahora.

Porque los oligarcas, como señalé al principio, no existen. Pero con ellos pasa lo mismo que con las brujas en la sabiduría popular de los campesinos de Galicia, que dicen: "Yo no creo en ellas: pero que las hay, las hay".

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