Tengo 26 años y desde que tengo uso de razón la estoy viendo ostentar su figura en todo tipo de paños menores: de trajes de baño a lencería sensual, underground o casera sugestiva. Pasando por encajes, brocados, corsés y babydolls de todo tipo ya sea con bordados externos o detalles en pedrería. Su cuerpo parece ser inmune a las veleidades que trae consigo el tiempo.

La París siempre ha estado ahí, dañándonos la cabeza, haciéndonos ver que la chica con la que uno está, sea quien sea, siempre podría ser más rubia y estar más buena. Admiro su belleza y su talante, sin embargo, la gente no comprende que Natalia París solo hay una y es ahí donde precisamente radica su encanto fulgurante. Desde los años noventa un sinnúmero de ilusas han tratado de copiar sus vertiginosas curvas y han muerto en el intento. Es que a quien Dios se lo dio que San Pedro se lo bendiga, y al que no, que vaya y haga la fila.

Hay dos verbos que al común de la gente le queda muy difícil disociar y son: ser y estar. La nación se ha dividido en los últimos 15 años entre estos dos verbos cuando se habla de ella. Están las que quieren ser como Natalia París y están los que quieren estar con Natalia París. Nadie nos puso una pistola en la cabeza para que se creara esta ruptura nacional. Sin embargo, parece haber hilos invisibles que nos controlan la mente con figuras femeninas que desprenden cantidades suficientes de estrógeno como para alimentar la pervertida psique de una nación entera.

Si mal no recuerdo, tuvo que haber sido en una campaña de cerveza con un jingle muy pegajoso cuando por primera vez me dañó la cabeza. Para ese entonces, era el año 1999, cuando la vi y sentí un corrientazo de sudor frío que me recorrió la espalda. Dorada, doradísima, con ese pelo que era oro bruñido puro, resplandeciente y enceguecedor. Era imposible no mirar su color dorado tan intenso y no querer sentir su cuerpo tan provocativo. Y es que cuando uno es la encarnación misma del deseo, todo el mundo parece querer algo de uno. Unas, la suerte; otras, el culo; otras, las tetas; otras, la cintura. Yéndole bien a uno, uno podría tener alguna de todas estas cualidades, pero para poder conjugarlas con gracia hay que haber nacido con ellas. Otros sencillamente quisiéramos poder disfrutar del vértigo que produce cada una de sus curvas y perdernos en esa maraña rubia para no regresar jamás.

Siempre la voy a preferir rubia… Sin embargo, la París, sin querer queriendo, tomando mucha agua para los bonitos pensamientos y comiendo mucho chocolate para el amor, ha desentrañado el complejo secreto de saber de qué carecemos todos, porque de uno u otro modo, aquello que ella nos ofrece todos lo queremos tener; ella se sabe el cuerpo del delito y es lo suficientemente sutil para no ser arrogante sabiendo que es ella la mona con la cual todos queremos terminar de llenar el álbum.

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