Cuando estaba en primer semestre de universidad, en una materia llamada Expresión Escrita nos pusieron como tarea visitar una plaza de mercado y escribir una crónica sobre nuestra experiencia. Yo había ido a la Plaza Alameda, en Cali, con mis papás, cuando era niño. No tengo mayores recuerdos de esa época, salvo que me cansaba, quería irme, me ponían a cargar cosas, no me gustaba.

Fui a Corabastos, pero a mis tiernos 19 años aún no hacía mercado con mi plata ni me interesaba de verdad lo que sucedía allí dentro. Era previsible que los demás alumnos hicieran una apología de los campesinos sencillos que vendían los productos, cultivados por ellos mismos, el empuje, la alegría, el tesón, los frutos que brotaban de nuestra bella Colombia, etcétera. Yo, con un espíritu punk contracultural bastante huevón, escribí un texto rabioso en el que decía que ir a la plaza de mercado era una mierda, que yo prefería ir al Súper Ley, donde podía parquear el carro cómodamente, no me untaba de nada ni tenía que aguantar las manos rugosas de los vendedores, había Red Multicolor, podía comprar las cosas empacadas, empujar mi carrito entre las impecables góndolas de productos perfectamente ordenados, en fin… Cuando la profesora lo leyó en voz alta, Nubia Castañeda, una compañera de curso, se puso de pie y delante de todo el mundo me dijo que yo era superficial, pendejo, soberbio, arribista y que mi texto era una mierda (no pronunció la palabra, pero casi).

Salí de la clase satisfecho, sintiendo que yo era un verdadero salvaje contestatario y mi compañera, una mamerta irredimible. La diatriba contra las plazas de mercado creó una impronta mental que me alejó de aquellos lugares durante largos años. Pero desde hace tres años vivo cerca de la Plaza de Paloquemao y, por proximidad, por curiosidad, porque sabía en el fondo que mi posición era bastante estúpida y porque mi esposa me dio ejemplo, empecé a visitarla.

Ahora los supermercados me parecen insuficientes, insulsos, estúpidos. Un mal necesario para comprar algunos enlatados, quesos, vinos y condimentos, pero nada más. Cuando voy a la plaza me siento un poco Jamie Oliver, un poco Anthony Bourdain; escojo los vegetales yo mismo, pido rebajas, pido ñapas, recibo consejos sobre cómo cocinar cosas raras, selecciono piezas de carne que hago moler y limpiar a mi gusto, y he ido aprendiendo cada vez más. Ya sé en qué temporada se dan algunas frutas, cuál es el mejor sitio para comprar aguacates, dónde venden las mejores mazorcas, dónde es más rico el pollo, etcétera. Me gusta, además, la interacción con los comerciantes. Son mis amigos. Doña Marina, la señora que me vende las frutas, me pregunta siempre por mi familia, me recomienda las mejores piñas y los mejores melones cuando voy a su puesto; doña Marta, que me vende los huevos criollos (qué desabridos me parecen los huevos industriales ahora), me cuenta del invierno en Boyacá; don Carlos me explica cómo cortar los calamares.

Algunos datos para glotones: a la izquierda de la estatua de la Virgen María que está en la entrada principal venden los pandeyucas más ricos de la galaxia. Hay unos desayunaderos que están al lado de los puestos donde venden materas, adornos, vasijas de barro, de vidrio y cosas de mimbre. El que está más al fondo tiene un señor que a todo el mundo le dice ‘primo‘ con toda confianza y naturalidad: "¿Qué se le ofrece, primo?", "venga, primita, ¿le provoca más?". Ahí, sin ninguna duda, venden el caldo de pescado más sabroso del universo, y el de costilla no se queda atrás. A veces creo que vale la pena emborracharse solamente para aliviar el guayabo con los caldos del ‘primo‘.

Otras veces recuerdo al bobo de 19 años que era yo (y que seguro sigo siendo en muchos aspectos) y mentalmente me uno a Nubia Castañeda y entre los dos lo insultamos, le decimos que es superficial, pendejo, soberbio, arribista y que su texto es una mierda.

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