Había llegado por azar: una mala combinación de aviones, viniendo de Sudán, me hizo parar tres días en El Cairo. Me ha tocado El Cairo con alguna frecuencia: me dan placer su luz, sus casas arruinadas, sus gritos, sus sonrisas, sus motos como balas y su caos y sus oasis; placer sobre todo sus cafés con narghile, el tiempo de fumar como si nada más. Pero aquella vez era verano, hacía un calor de rayos y allá afuera hacían una revolución.

Siempre me gustaron las revoluciones. Y escribir, con ese aire frívolo bobito: “Siempre me gustaron las revoluciones”. Para después justificarme: ese momento en que nada está en su sitio, porque ha dejado de haber sitios. La revolución cairota era bastante permanente: ya llevaba más de un año y había hecho caer el gobierno de décadas del caudillo Mubarak, pero no terminaba de entronar al sucesor. En esos días, miles de Hermanos Musulmanes, el partido religioso que, junto con los jóvenes progres tuiteros, la había empezado, quería terminarla con la proclamación de su líder Mohamed Morsi como presidente.

Los detalles, a esta altura, importan poco: ya casi todos los hemos olvidado. Lo que sí recuerdo es esa plaza. La plaza Tahrir, enorme junto al Nilo, había sido, desde el principio, el centro y el símbolo de esa revolución; para entonces —junio de 2012— miles y miles de personas se habían instalado en esa plaza. Aquello no era una manifestación; era un espacio, donde mucho pasaba al mismo tiempo. Había actos aquí y allá, con oradores y consignas muy variadas; había personas que dormían, personas que leían o rezaban o leían el Corán o rezaban el Corán, personas que charlaban, se abrazaban, se peleaban, personas que compraban un pantalón o un patito de plástico, personas que los vendían, personas que bailaban, personas que se lavaban de denuedo, personas que comían o bebían o recordaban algo. No había alcohol porque eran musulmanes, había cierto orden, había el calor estrepitoso mucha mugre, había miles que caminaban sin parar. Y había cafés —tés— improvisados con sus mesas y sus sillas, charcos como esteros, motos, banderas, cámaras de tevé pero no tantas, chicos pero pocos, mujeres pero pocas, perros flacos; había cabreo, había cortesía, no parecía haber miedo. Había —creí que había— alguna forma del arrojo. Había resolución. Había hombres grandes.



Durante el día, el sol los aplacaba; descansaban, dormían, esperando el momento de volver a empezar. Que llegaba cuando el sol caía; en Tahrir la manifestación era, más bien, el eterno retorno de lo maldormido. Por las noches cantaban; las canciones no eran largas ni tenían buena música. Eran, más bien, frases sucintas concentradas, viejo canto tribal en el que uno dice y los otros, sin perder el ritmo, le contestan. Pero había algo en el idioma de los árabes que les daba una fuerza que hacía mucho tiempo no escuchaba. Con la noche, el clima se iba haciendo más y más brutal.

En Egipto, hace poco menos de 4000 años, una revolución popular buscó la vida eterna para todos —y no solo para los reyes y un par de sacerdotes—. Es probable que, entonces, ni siquiera le dijeran revolución sino alguna otra cosa: revelación, invento. Aquí, en Tahrir, sí hablaban de revolución y cantaban brutales y yo quería creerles.

Me pasé esos tres días en la plaza, caminando, conversando, haciendo fotos. Quería creerles, siempre quise creer en las revoluciones. Pero veía demasiados rezos, demasiadas mujeres cubiertas desde los pies invisibles hasta la invisible coronilla, demasiadas mujeres caminando cuatro pasos detrás de sus maridos, demasiados hombres arrodillados y golpeando sus cabezas contra el suelo: miles de hombres humillándose al dios y al fondo, afuera, sus mujeres —de negro hasta las bolas—. Buscaba lo nuevo y me encontré con lo más viejo. Quise vanguardias y me topé la reta.

Fue entonces cuando hice esa foto. Había tomado muchas: caras abiertas en un grito, banderas en el viento, puños hacia el cielo. Fotos de una revolución. Esta no era. Habría podido ser sus gestos, habría podido ser un homenaje al rezo; no fue, dice otra cosa. Lo bueno de las fotos es que parecen mostrar la realidad. Lo mejor es que postulan que eso existe.

Ahí está el truco.

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