La nuestra no fue una generación sino una degeneración, sobreviviente a un holocausto académico. (Cómo sobrevivimos a la televisión de los ochenta)

Nuestras tareas no las resolvieron ni Google, ni Yahoo Answers, ni Altavista ni ask.com. A nosotros nos tocó buscar los temas en los ficheros de madera de las bibliotecas ordenados alfabéticamente y soportar esas tarjetas de cartón causantes de tantos estornudos. Luego, pedir cinco libros y tratar de embutir a las patadas cualquier concepto en un cuaderno. Y cuando no podíamos ir hasta la biblioteca, nos tocaba arreglárnoslas a punta de El mundo de los niños, de Salvat, nuestra primera Wikipedia.

En vez de computador, fuimos atormentados con uno de los peores aparatos de tortura del siglo XX: la máquina de escribir. Tuvimos que chuzografiar trabajos de todas las materias en unos pesados artefactos marca Olivetti o Brother, en los que uno mismo era el computador y la impresora. Tocaba moverles una palanca para subir el papel y un rodillo para bajarlo. Si la cinta se enredaba, uno terminaba con las manos como si hubiese acabado de cambiar una llanta. No había corrector de ortografía y nuestro Ctrl+Z era un Liquid Paper. Uno llegaba al colegio con todos los archivos adjuntos metidos entre el morral y los documentos no pesaban 15 kb sino 15 kg, porque en la maleta uno cargaba todos los libros, incluido el Atlas bachillerato Aguilar universal y de Colombia: nuestro Google Earth.

Como nunca tuvimos ni AutoCAD ni iTunes Radio, nos tocó hacer planchas de dibujo técnico con tinta china sobre papel pergamino oyendo ¡A que no me duermo! con Deisa Rayo. Nuestras mamás siempre quisieron que no fuéramos tan groseros, pero ¿cuál palabra podía uno decir cuando un frasco de tinta se regaba a las tres de la mañana sobre la plancha que habíamos durado haciendo todo un fin de semana? La hoja de papel quedaba lista para un comercial de Ariel, y la almohada de la cama ahogaba expresiones escolares clásicas como: “Setenta e hijueputa, brinca la madre, salta la abuela y, ¡vida perrrra!”. (Cómo sobrevivimos a vestirnos sin apertura económica)

Nunca supimos lo que era el universo en vivo, como se ve en las fotografías que desde el International Space Station trinó @Cmdr_Hadfield, el comandante de la Expedición 35 en marzo de 2013. A uno le tocaba hacer un sistema solar con bolas de icopor y alambre sacado de los ganchos de ropa. Y, sin la ayuda de tutoriales en YouTube, pintar bolas, clavarles el alambre y, al otro día, subirse a la ruta sin dañar las órbitas; reacomodarle los anillos a Saturno y por culpa de un frenón, perder a Mercurio debajo de una silla. Después de la calificación del profesor, ceder ante la presión del más gamín del curso que desafiaba las leyes de la gravedad arrancando el sol para jugar fútbol en el primer recreo con el astro rey.

Somos una generación que dice: “Yo no hablo inglés pero lo entiendo”, ya que nunca tuvimos Google Translator, en donde además de aprender el significado de una palabra se puede oír cómo se pronuncia. A nosotros nos tocó bandearnos con un profesor de inglés oriundo de Sasaima que le ponía a uno a consultar el Diccionario Español-Inglés de la Universidad de Chicago, donde se leía que, según sus símbolos fonéticos, una simple palabra como teacher se debe pronunciar así: /’ti:.tššr/

En vez de hacer presentaciones online en prezi.com, nos tocaba ir a comprar cartulinas blancas y unirlas por detrás con cinta pegante para hacer carteleras gigantescas en el Día del Idioma. Tres alumnos caminaban en medias sobre la cartelera para no ensuciarla, mientras le dibujaban la chivera y el cuello de payaso a Miguel de Cervantes Saavedra. En la misma casa, una mamá trataba de forrar al flaco del curso en papel aluminio para que pudiese representar a un Don Quijote, personaje que debía defenderse de los molinos de viento con un palo de escoba y una tapa de caneca.

De nuestra generación no salió ni un solo medallista olímpico, porque a todos les interrumpieron sus carreras poniéndolos frente a un arrume de revistas a recortar y pegar imágenes de objetos cuyos nombres fueran palabras esdrújulas con diptongo, triptongo e hiato. Si en nuestra generación hubiésemos tenido Yahoo Images, el mundo se hubiera visto en la obligación de volver deporte olímpico el bicicross en Seúl 1988, para poder darle la medalla de oro a doña Claudia, la mamá de Mariana Pajón. (¿Cómo sobrevivir a una emergencia estomacal en el baño de su suegra?)

Los profesores de español practicaron con nosotros figuras literarias como la ironía, al mandarnos buscar el significado de una palabra en un libro gigantesco: El pequeño Larousse, nuestro wordreference.com. Luego, nos practicaron la paradoja, obligándonos a averiguar el sinónimo de esa misma palabra en otro diccionario más chiquito. Pero ahora, no es una hipérbole que al escribir la palabra diccionarios en msn.com salgan 1.250.000 opciones en 0,15 segundos.

Nosotros fuimos una prole adiestrada para cargar armas blancas como compás, bisturí y regla metálica en forma de T. Por eso, somos esa generación que la DEA persigue. Crecimos sintiendo placer al olfatear marcador negro, cauchola y laca para pintar pupitres. Por eso, nos poníamos reglas frente a los ojos. Para ver el mundo anaranjado, verde o azul.

Lo único bueno para mí fue no haber tenido ni celular con cámara ni memoria USB. Seguramente, ahora tendría muchos más recuerdos de esa infancia extraviada, de una supervivencia horrorosa, en la que perdí sexto y luego séptimo; de ese periodo en el que estudié en seis colegios distintos y solo pude graduarme hasta los 20 años. Del colegio, solo tengo recuerdos vagos... Ctrl+Alt+Delete. (Claves para sobrevivir a 12 días de meditación)

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