Buenas tardes. Mi nombre es Javier Uribe y soy adicto a La voz Colombia. Mientras más dosis del programa veo, mayor es mi sosiego y menor mi angustia. Comencé a enviciarme al comprobar que a los concursantes no los enfocaban bañándose en calzoncillos a riesgo de contraer un dengue o un sarpullido como ocurre en otros realities. A eso le siguió ver al fin un programa de ese tipo que premia el talento y no los lloriqueos de hombres sin pelo en los sobacos y mujeres bulímicas que repiten la frase: “Es que yo siempre digo las cosas de frente”.
Luego vino Montaner. Pronto sentí esa conexión natural con Venezuela. Claro, falta un detalle menor: que un grupo de venezolanos con sentido común desmantelen la estatua de Tirofijo en el barrio 23 de Enero, en Caracas. Pero, mientras eso pasa, Montaner, o mejor, Dios, que habla a través de él, nos recuerda que la hermandad es posible. Aparecieron luego Carlos Vives, humanizado por su naciente calva, y Fanny Lu, capaz de plantarse sin maquillaje ante las cámaras y verse bien. Incluso, la capul de Cepeda al estilo habitante-de-la-calle se tornó en un toque de distinción. Fue así como comenzó mi adicción.
Desde que consumo La voz, como es frecuente con las adicciones, nada me importa ya. Me la paso absorto e indiferente. Poco me conmueve lo que ocurre a mi alrededor. Ni siquiera me dolió el robo de la escopetarra de César López. Con solo pensar en semejante símbolo de la creatividad humana, robada justamente en un evento de paz, me habría embargado la melancolía. Ya no. Ahora, al ver las imágenes del ladrón en las cámaras de seguridad intentando vender la escopetarra en el mercado negro, me desternillo de risa.
Pero mi adicción a La voz no solo me ha devuelto la sonrisa, también el amor. He vuelto a sentir que ese sentimiento tan jabonoso es posible. Esta vez es por Linda Palma: ¡qué frugalidad, Dios creador! ¡Qué jovialidad, bendito redentor! ¡Qué desparpajo, divino maestro! Ay, y esa sonrisa colgando de dos medialunas en las mejillas. Uy, y esas piernas que comienzan pero no terminan.
Pero no quiero distraerme. La voz, decía, ha regresado la esperanza extraviada. Quienes la seguimos hemos aprendido sus métodos. Hace apenas unos días despedí a una trabajadora que llevaba 25 años en la empresa. “Por favor, no pares —le dije—. Tienes una carrera muy bonita por delante. Haber llegado hasta aquí ya es haber ganado. Tienes un ‘torrente’ de conocimientos, ‘un chorro’ de compromiso y bonito ‘color’ de dedicación. Toma tu liquidación; el personal de seguridad te escoltará a la salida; el mundo tiene derecho a conocerte. Gracias por participar, felicidades”. La mujer se fue feliz.
Tuve entonces, de repente en mi vida, una sensación de felicidad. Y siempre volvía a Linda Palma. Dirán que se trata de una fijación. Dirán que mi inconsciente se encuentra reemplazando la imagen de Emmanuelle, la reina del soft porno, quien murió, y que durante años vimos para aprender de sexualidad en las clases de Comportamiento y Salud. Pero no, lo mío por Linda es amor en su forma más pura. Solo así se explica que tenga una pared repleta de recortes de prensa con sus noticias desde la Minicromos de 2006. Es amor. Si no se trata de la más dulce expresión del amor, no podría explicarse que al lado del escudo de Millonarios haya tatuado también su nombre en mi omoplato.
Supe que había tocado fondo en mi adicción cuando, al ver un enfrentamiento en La voz, no pude contener las lágrimas ante el llanto solidario de los compañeros de equipo que veían partir a uno de los suyos tras algún malogrado falsete en la interpretación de un bolero. Sentí lágrimas resbalando por la cara. Supe entonces que debía tratarme o, en su defecto, afeitarme los sobacos. Supe que había destruido todo lo que por años había defendido. Requería ayuda de manera urgente. Pensé en Annie de Acevedo, pero no me lanzaba. Mi única opción fue ir al Seguro Social. Hoy estoy mejor. Ya no repito el programa cientos de veces. Ya no llamo “pollitos” a mis subordinados en la empresa. Cancelé el pedido de sillas giratorias que había hecho a Bima. Y no he vuelto a cotizar cirugías estéticas para parecerme a Carlos Ponce.
Una razón me motiva a recuperarme cada día: Linda Palma. Tengo un maniquí con su foto. Un maniquí que llamo Linda, que pongo en una mecedora mientras le hablo, con el que a veces bailamos y hasta le ayudo a vestirse. Un maniquí con el que me encucharo a ver televisión. A ver La voz, mientras le susurro al oído: Linda, mira, esa eres tú. Luego me quedo dormido en mi catre en la clínica Montserrat, donde me encuentro recluido.

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