La primera vez que tuve conciencia de la existencia de este paraíso llamado Fiyi no fue exactamente por mis conocimientos de geografía o mi cultura general, sino por mi dosis diaria y potente de publicidad, la causante de mis mayores decepciones y traumas. Gracias a ella, uno termina por creer que existen playas donde solo hay mujeres espectaculares y tipos con un alto perfil metrosexual.

Además, tiene un efecto doble: uno no solo se cree lo que le venden, sino que termina convencido de que es el personaje del comercial. Inconscientemente, al ver el catálogo o el video promocional de esos paraísos lejanos, uno se imagina que no es bajito o calvo o gordito, o que no tiene un bronceado de cuajada sin melao. La lluvia de imágenes y la música de fondo le hacen a uno sacar la tarjeta automáticamente y endeudarse hasta el cuello sin reparar en los salvajes intereses de nuestro crédito colombiano.

Y creemos que caminaremos por esas increíbles arenas, blancas como la seda, y que estaremos descalzos, y que tendremos la figura de Juan del Mar, y que no habrá jején alguno que altere nuestra descomplicada elegancia. Pero cuidado, que el tigre no es como lo pintan: los viajes están llenos de letra pequeñita que nuestra pereza no nos deja leer.

Llegué a Fiyi por culpa de mi año sabático. Quería ir a Tonga, a Vanuatu y a las Maldivas. Y al unir toda esta cadena de islas en un mapa, me pareció que, al ser un viaje de una sola vez en la vida, podría empezar por el Pacífico y terminar en el Índico, pasar por la Polinesia y la Melanesia: Isla de Pascua, Tahití, Samoa, Bali, Singapur…

Ha sido un viaje fantástico, un sueño hecho realidad. Pero como todo sueño, no le sobran sus fracciones de pesadilla. Tengo muchas cosas maravillosas que decir de los sitios visitados, pero es mi obligación advertirle que si se va a aventurar a un viaje tan lejano y costoso, primero documéntese con mucho más que una fuente; si puede, cómprese la guía Lonely Planet o métase a las reseñas de TripAdvisor (eso sí, bajo su propio riesgo, pues los foros de este portal son tan creíbles como los de El Tiempo en época de elecciones).

Pero digamos que usted ya se documentó. Entonces espero, por su bien, que tenga una actividad particular que lo haga irse hasta tan lejos. Tal vez es un atlético surfista, un neófito pero motivado fan del kite surf, un buzo certificado, o un adicto a la famosa agua en botella plástica Fiji. Si padece usted alguno de los anteriores síntomas y definitivamente decide que Fiyi es su destino, ahora tenga en cuenta otro detalle: el solo vuelo hasta allá cuesta de 3500 a 5000 dólares, más o menos entre 10 y 15 millones de pesos. Y a mí me cogió la subida del dólar apenas comprando los tiquetes, era como si me hubieran echado a James y a David Ospina dos minutos antes de empezado el partido.

Una de las razones por las cuales las islas Fiyi son famosas es que están llenas de resorts paradisíacos. Tenga en cuenta que los que valen la pena no están en Viti Levu, la isla principal del país, a la que usted llega y donde está la capital, sino que se encuentran en diminutas islas tan exclusivas que la manera más fácil de llegar es en los aviones privados de los hoteles. Pero usted es colombiano y rebuscador, y hallará alternativas más viables, como el ferri público, y después de unas largas horitas de navegación, mareado y asoleado pero con unos pesitos de más, llegará al hermoso archipiélago. Ya ahí se dará cuenta de que existen hoteles que aguantan cualquier gusto y bolsillo. Mejor dicho, hay de todo como en botica: desde hostales para mochileros —si no tiene problema en compartir el baño e intercambiar sudores y pecuecas con adolescentes ciudadanos del mundo—, hasta los resorts de los videos publicitarios, en los que una noche puede costar de 1000 euros (más de tres millones de pesos) en adelante. Me quedé en un hotel de cinco estrellas, pero en reparaciones. Eso me permitió acceder a una tarifa bastante cómoda.

¿Qué hacer en Fiyi? Escogí el tour más recomendado por la oficina de turismo: un misterioso viaje al interior de la jungla y la cultura de sus tribus. Pues fue un auténtico y exitoso paseo de olla, con baño en cascada, clavado de pueblo (yo lo hice), lanchita por el río de aguas cristalinas y, finalmente, visita a una “auténtica villa tribal”. ¿Qué le puedo decir? Además de buenos paseos de olla, en Colombia lo que tenemos es ríos cristalinos y hermosos: Quebrada Valencia, Don Diego, Río Claro... ¿Y la villa de la tribu? Pues es una simpática recreación de cómo vivían los pueblos ancestrales; pero, claro, estos ya no viven así, y el paseo no es más que una trampita para que usted termine comprando artesanías y recuerdos.

Le garantizo que son igual o más interesantes Costa Rica, Belice y la misma Providencia, en Colombia. Fiyi, un país bonito, pa’ qué, pero está lejos de alcanzar las expectativas que le preceden. Además, tuve que ir ocho veces, porque Fiji Airlines es de las pocas aerolíneas que viajan a Samoa, Tonga, Vanuatu… entonces por cada país visitado en la Polinesia y la Melanesia tocó pasar una noche en Fiyi, obviamente en hoteles baraticos. Y cuando uno no puede quedarse en uno de esos resorts de cinco millones la noche, la realidad ya no se parece al catálogo. Y si la aerolínea le embolata el equipaje, como a mí cada rato, pues escasamente queda con ganas de Fiji… pero en su presentación en botella plástica.

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