La primera gran definición del amor la leí en El banquete. Y la que prefiero no es la de Sócrates, que en esa famosa tertulia etílica echó el cuento del amor platónico, sino la de Aristófanes, otro de los comensales, que ha sido menos taquillera a través de la historia pero que a mí me gusta más. Para Aristófanes, antes había tres sexos: el masculino, el femenino y el andrógino, compuesto por seres dobles. Estos últimos eran fuertes, inteligentes y amenazaban a los dioses. Para dominarlos, a Zeus se le ocurrió dividirlos. “Desde entonces, las mitades separadas andan en busca de su mitad complementaria”. Buscar la media naranja perdida me parece una bella y simple definición del amor. Más terrenal y con menos escaleras que la platónica, según se describe en la Divina comedia. Por cierto, Borges, en su poema “Inferno, V, 129”, nos hace ver que Dante, en su ascenso hacia la divinidad y el amor espiritual, siente envidia de Paolo y Francesca, dos amantes, dos adúlteros condenados en el segundo círculo del infierno que, sin embargo, se ven felices —más felices que él, quien nunca se reunirá con Beatriz— porque están juntos: Han descubierto el único tesoro; / han encontrado al otro. / No traicionan a Malatesta, / porque la traición requiere un tercero / y solo existen ellos dos en el mundo.

Los que se aman, los que “han encontrado al otro”, se encuentran en el infierno o, como Adán y Eva, como Tristán e Isolda, como Calixto y Melibea, como Romeo y Julieta, fueron expulsados del paraíso. No es optimista la visión del amor en la literatura. Anna Karenina y Madame Bovary, las dos mujeres en busca de amor, terminan suicidándose. El joven Werther también se suicida por amor. Aunque alcanza a proclamar que es “la ventura más viva que existe sobre la tierra”. Tal vez por eso dice León de Greiff: Amor, deliciosa mentira / áspero amor, retorna, ven. El amor existe, pero se esfuma muy rápido. ¿Existe? ¿No es una ilusión? Para don Quijote sí que lo era: convertir en objeto de culto a una labradora maloliente que nunca volteó a mirarlo es el colmo del delirio. Para Stendhal, que elaboró una teoría del amor, es un sentimiento subjetivo que se desarrolla en la mente del enamorado, quien proyecta en el objeto amado atributos deslumbrantes. Algo así como una alucinación. En su libro Del amor lo explica muy bien: “‘¡Ah, ya entiendo! —exclamó Ghita—. En el momento en que comienza a interesarse por una mujer, ya no la ve tal como realmente es, sino tal como le conviene que sea. Compara las ilusiones favorables que produce ese comienzo de interés con esos preciosos diamantes que cubren la rama deshojada por el invierno ya que solo los percibe, nótelo bien, la vista del hombre que comienza a enamorarse’. ‘Esa es la causa —proseguí yo— de que las frases de los amantes parezcan tan ridículas a las gentes sensatas, que ignoran el fenómeno de la cristalización’”. De cualquier manera, el amor en Stendhal es una experiencia placentera: “El hombre que no ha amado apasionadamente ignora la mitad más hermosa de su vida”.

Marcel Proust ahondó en esa idea del amor como una fantasía del que ama. “Sobre él fue sobre quien acabé por haber transferido, voluntariamente aún, en suma, y como por elección y por gusto, todos mis pensamientos de amor”, dice en Un amor de Swann. Solo amamos lo que no poseemos y el amor produce sufrimiento y dolor. Sin embargo, preferimos mil veces al Swann enamorado de Odette, que pasa toda una noche junto a su ventana imaginando en detalle cómo ella le pone los cachos. Es un tipo interesado por el arte, por las cosas de la vida, un ser vivo. No el triste y apático burgués que finalmente se casa con Odette y deja de quererla con esta frase desoladora: “He desperdiciado los mejores años de mi vida con una mujer que no era mi tipo”. La muerte del Swann que amaba siempre me ha parecido una de las muertes más tristes de la literatura.

Carson McCullers, en La balada del café triste, llega a la misma conclusión que Stendhal y Proust. ¿Cómo puede Miss Amelia, una mujer grandota y de carácter fuerte, enamorarse de ‘el primo Lymon’, un enano feo, jorobado y llorón que a todas luces no la quiere? “Ante todo, el amor es una experiencia compartida por dos personas, pero esto no quiere decir que la experiencia sea la misma para las dos personas interesadas. Hay el amante y el amado, pero estos dos proceden de regiones distintas. Muchas veces la persona amada es solo un estímulo para todo el amor dormido que se ha ido acumulando en el corazón del amante. Y de un modo u otro todo amante lo sabe. Siente en su alma que su amor es algo solitario. Conoce una nueva soledad, y este conocimiento le hace sufrir. Así que el amante apenas puede cobijar su amor en su corazón lo mejor posible; debe crearse un mundo interior completamente nuevo, un mundo intenso y extraño, completo en sí mismo… El amor en todo caso es una experiencia en la que siempre conviven lo cómico y lo sublime”.

En La invención de Morel, Adolfo Bioy Casares inventó la mejor trama posible sobre la idea del amor como ficción: un condenado a cadena perpetua huye a una isla solitaria. Meses después, comienza a ver a un grupo de personas. En el grupo hay una mujer que va todas las tardes a contemplar el mar. El hombre se enamora de la mujer, que se llama Faustina. Poco a poco comienza a descubrir que los misteriosos habitantes de la isla no son personas reales sino proyecciones tridimensionales de una máquina, la invención de Morel: se había enamorado de una imagen.

¿Son los novelistas escépticos y los poetas defensores del amor? A juzgar por lo que dice Manuel Bandeira en su Arte de amar, no es tan cierto: Si quieres sentir la felicidad de amar, olvida tu alma / El alma es lo que arruina el amor. / Solo en Dios ella puede encontrar satisfacción. / No en otra alma. / Solo en Dios —o fuera del mundo. / Las almas son incomunicables. / Deja a tu cuerpo entenderse con otro cuerpo. / Porque los cuerpos se entienden, pero las almas no. Otra escéptica —y algo pagana— definición del amor. El amor es una ilusión, termina mal, dura poco y estamos solos. Lo dicho: no es muy optimista la literatura respecto al amor. Pero, increíblemente, a veces aparece, según lo comprueba este poema de Darío Jaramillo que encontró el imposible equilibrio entre el realismo y la ilusión: Primero está la soledad. /En las entrañas y en el centro del alma: / esta es la esencia, el dato básico, la única certeza; / que solamente tu respiración te acompaña, / que siempre bailarás con tu sombra, / que esa tiniebla eres tú. / Tu corazón, ese fruto perplejo, no tiene que agriarse con tu sino solitario; / déjalo esperar sin esperanza / que el amor es un regalo que algún día llega / por sí solo. / Pero primero está la soledad, / y tú estás solo, / tú estás solo con tu pecado original —contigo mismo—. / Acaso una noche, a las nueve, / aparece el amor y todo estalla y algo se ilumina dentro de ti, / y te vuelves otro, / menos amargo, más dichoso; / pero no olvides, especialmente entonces, / cuando llegue el amor y te calcine, / que primero y siempre está tu soledad / y luego nada / y después, si ha de llegar, está el amor.

@lfafanador



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