Mi pasión por el baile es de tal calibre que uno de mis planes favoritos es viajar a Cali solamente para meterme en sus salseaderos, zangolotearme entre cencerros, tambores y trompetas durante cinco horas y devolverme al otro día. Lo que busco concretamente al hacer esto es bailar con hombres que van a “la discoteca” para disfrutar de esta actividad que es en sí misma una expresión de alegría y erotismo, sin necesidad de incluir la conversada, la manoseada y la pedida del... teléfono. Me sorprende y me fascina, además, que a pesar de ser yo una persona conocida para ellos, cuando me sacan a bailar, no hablan, no me preguntan por mi próximo proyecto, ni por mi hermano, Martín Guillermo, ni me piden que les haga palanca para entrar a El desafío. El hombre caleño que visita en solitario un sitio de salsa brava busca a la mujer que sepa bailar con soltura, que lo acompañe en el trance, que se deje llevar y, sobre todo, que goce a la par con él. Si este encuentro mágico se da en una rumba arrebatada, no se diga más.

Como soy caleña, la medida que tengo para comparar un mal parejo de baile es el “aguaje” de mis coterráneos para moverse, pero principalmente su concentración casi religiosa en el hecho mismo de bailar antes que en el de conquistar. Un hombre que utiliza el baile como pretexto para hablarle a una mujer, ni va a bailar bien, ni va a entablar una conversación que valga la pena. Por lo tanto, el descalabro de la conquista es total y el resultado completamente antierótico.

El erotismo es, ante todo, el lugar donde el lenguaje del cuerpo tiene prioridad, siendo la sensualidad el vehículo por excelencia y el baile de la salsa, un ejemplo de tan potente fenómeno. El hombre que habla sin parar mientras baila no se tiene confianza como bailarín (nada hay más erótico que un parejo seguro de sí mismo) y de plano está tapando su timidez con preguntas insulsas acompañadas de la sonrisa que delata su esfuerzo por no ser ridículo. En este triste caso, el personaje debe ser consciente de su limitación, sentarse para siempre y más bien ejercitar el arte de la conversación, que cuando se perfecciona también puede ser intensamente erótico como lo es todo arte.
El buen parejo de baile no necesariamente tiene que ser un virtuoso. Es ante todo un hombre que vive el ritmo, que sabe moverse al son de la música y le saca el mejor partido a su propio estilo mientras se encarga de lucir a la mujer que lo acompaña. Puede llegar a ser irritante un tipo que de buenas a primeras se agarre a dar vueltas y a derrochar repertorio en un afán por llamar la atención de la concurrencia sin tener en cuenta a su pareja, a la cual muy posiblemente ignora en su delirio por ser el rey de la pista.

Existe también el hombre que da órdenes sobre cómo uno debe bailar (es que me ha tocado, les juro que he hecho trabajo de campo para escribir este artículo): “Cójame duro... no, mamita, más duro... ¡Uy!, pero eso qué me le pasó que anda desganada”, o cosas como: “Míreme a los ojos, no se me distraiga”. Este puede ser tal vez el peor de todos porque produce estrés agudo, que es precisamente el objetivo opuesto que se busca al bailar.

Por otro lado, el hombre que de plano dice que no sabe bailar y que quiere que uno le enseñe ahí mismo en el sitio de la rumba, ha escogido el lugar equivocado para recibir la clase. Al hablar de erotismo en el baile de la salsa, damos por sentado que el compañero sabe y es diestro en la materia. Es erótico el hombre que lleva a la mujer con seguridad, que la agarra bien, ni muy fuerte ni muy pasito, sin acosarla o amacizarla, que la sabe “timonear” a su antojo, que se sonríe y que si va a decir algo, por lo general, es para piropear a su pareja.

En los muchos años que llevo compartiendo momentos inolvidables a lo largo de mis correrías por los sitios caleños de salsa, bailo con todos, nunca me niego. Voy con altos, bajitos, viejos, jovencitos, gordos, flacos, calvos, negros (estos últimos, mis favoritos), porque cada uno tiene su sandunga y su modo muy personal de ser masculino y sexy a través de sus movimientos. Bailarines caleños, no he conocido el primero de ustedes que sea antierótico. Los felicito

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