A los veintipico, la vida está lejos de ser ideal. Nada funciona como uno creía cuando tenía 16 años. En esos tiempos pubertos, usted quería ser mayor de edad y comerse el mundo: viajar a Las Vegas, entrar a todos los casinos, mirar a los guardias a los ojos, desafiante, hasta que le pidieran la cédula para luego restregárselas en la cara. Pero nada de eso… ¡lejos!

Abrir la puerta de los veintes es cerrar la de la adolescencia y decirles adiós a las excusas mediocres. A los 25 años, por ejemplo, no hay valiente que se atreva a pedirle plata al papá para invitar a salir a una vieja de la oficina. Es más, si a los 25 no tiene plata para sacar a una vieja de la oficina, ¿qué hace yendo a una oficina? Uno después de los 20 tiene que estar preparado para recogerla, invitarla, emborracharla… y rezar para que sus papás no se despierten cuando la lleve de remate a la sala de ellos. Porque esa sala ya no es “su” sala: es de sus papás desde que recibió el diploma de la universidad.

Ya con veintipico usted es un ser de paso en su propia casa: solo está ahí mientras ahorra para irse. Apenas se toma el último cuncho de la última media de guaro en su fiesta de grado, ¡preocúpese!: el temporizador mental de sus viejos acaba de arrancar. Antes, ellos y sus profesores respondían por usted. Su única obligación era pasar las materias. Pero de ahí en adelante usted está solo, en la calle, esperando que la vida le pegue un par de cachetadas. Y de nada le va a servir hacer preguntas tipo: “¿Pero cómo se vive la vida, mamá?”. Ya superó la barrera de los 20, hermano, descúbralo solito.

Necesita definir si sigue siendo un niño o si ya es un adulto. ¿Cuál es la respuesta correcta? Ninguna, está en el limbo. Uno es un mocoso que, si está acompañado, tiene que ver películas con la puerta ajustada —porque “le da mal ejemplo a su hermana”—, y eso es muy berraco. Pero es más berraco todavía pensar que, donde se la dejen cerrar, no la puede embarrar, porque su levante ya está en edad de merecer y usted, de ser papá. Y para criar sí es todo un adulto, un tipo que no puede esconderse detrás de un “¿y yo cómo iba a saber que ella estaba en el día 14?”. ¡Los veintes son un peligro!

Pero a esta edad no todo es malo: si algo bueno tiene es que uno se vuelve recursivo. Como su competencia son los treintañeros (animales de su misma especie, pero que viven solos, tienen carro y estrenan moto cada tres meses), usted se vuelve un Don John; es decir, un Don Juan de clase media. Y solo un Don John logra, con 70.000 pesitos, superar lo que hace un tipo mayor con su tarjeta “golden, güeon”. Aunque hay que aceptar que la vida es dura y que no todas las viejas se regalan por una cerveza y un perro caliente, como usted.

Los veintes, además, lo inundan a uno de afanes ridículos que de un momento a otro se convierten en obsesiones. Y aparecen todas esas dudas pretreintañeras. Nadie sabe por qué llegan tan anticipadamente, pero pegan… y duro. A los veintipico, usted empieza a pensar que no está ni cerca de casarse, aunque algunos de sus amigos mayores ya compraron anillo de compromiso; que apenas está dizque montando un proyecto personal, mientras sus compañeros de curso dicen que ya son gerentes; que ese fin de semana en que algunos de su parche están armando viaje a Cartagena, usted está calculando qué carretera a Girardot tiene menos peajes.

Porque sus papás le inculcaron a que a los 27 ya tiene que estar casado, esperando el primero y con línea directa con el presidente de la compañía. Yo todavía no tengo 27, pero estoy soltero, con el mismo cubrecamas de hace diez años y ya me sé el nombre del administrador de mi edificio, porque es el que me presta el Wi-Fi cuando se me olvida pagarlo.

Solo existe una cura para no dejarse deprimir por esa presión veinteañera, y es mirar a los amigos: esos manes que están dando muestras prematuras de calvicie y ya empiezan a sacar panza; esos que solo se ponen camiseta los domingos, en los partidos de ese equipo de exalumnos del que son titulares por tradición y no por talento; esos niños viejos —esos adultos jóvenes— que siguen tomando guaro, pero que ahora se enguayaban con solo olerlo, porque “ya no tenemos 16”.

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