Siendo el erotismo una de las vetas más fascinantes de la escena humana, las sociedades se empeñan en seguirlo usando como una infalible arma de persuasión, así como usan el dolor o el miedo. Pero en el caso del factor que nos ocupa, el atractivo es doblemente intenso por sus antecedentes penales y pecaminosos que, combinados mortalmente con el acto amoroso, lo convierten en una explosiva motivación.

Lo sexi es todo aquello que nos remite al básico contacto con los sentidos, al pulso de la vida y a la muerte —su contrapeso—, que en profunda danza con la imaginación produce en nuestra fantasía la metáfora del éxtasis. Sin embargo, no sé en qué momento la obviedad, prima hermana de lo mediocre, se ha encargado de usurpar el papel que le corresponde al misterio, y grita con la boca llena de carne molida que le pasen otro pedazo.

En lo explícito rara vez se hallarán las condiciones de lo erótico, pues una de sus principales características es la transgresión del lenguaje y las imágenes, donde el que percibe tiene un papel creativo fundamental. El juego, por lo tanto, siempre será sexi. De este punto en adelante la cualidad podría aplicársele a cualquier cosa. Por ejemplo a los cuatro elementos de la naturaleza. Tanto el agua como el aire, la tierra y el fuego son altamente sexis. En todos ellos está afincado el enigma de la vida, nuestros cuerpos obtienen de ellos placeres voluptuosos y sus feroces manifestaciones les conceden poder sobre nuestros sentidos. Hay horas del día más sexis que otras. Sin duda los momentos en que el sol nace o muere lo son en alto grado, los colores del alba y del atardecer encubren los secretos de los amantes, sugieren la vida y la muerte de la luz, y todo aquello que se pregunta el hombre subyugado por hermosuras que lo sobrepasan. Las verticales doce del día, curiosamente, no me lo parecen tanto, quizá porque lo curvo es decididamente más sensual que lo perpendicular y también porque a esas horas no hay sombra. La sombra es sexi. 

Sigamos entonces, huyendo de los clichés que este tema trae de inmediato a nuestra mente, pues ellos tienen inundado el concepto de significados fijos que la publicidad se ha encargado de propagar. Lo sexi no es un atributo superficial ni mucho menos. Para acatarlo en nuestra opinión se efectúan extraños enlaces que tienen lugar en buena parte del inconsciente, y esto es lo que hace aún más sexi lo sexi. Hay erotismo en la contradicción, mas no en la certeza. Puede ser por eso que no sea lógico encontrar los olores orgánicos a veces fuertes y desagradables, muy excitantes para la libido. Aquí es donde entran a jugar las historias individuales con mucha intensidad en innumerables consideraciones con respecto a las partes del cuerpo, siendo muy nombrado el caso de los pies, tan famosos por su prontuario como fetiches.

Las frutas son sexis. Sus jugos, sus formas y su infinita gama de dulzuras son incitadoras, deslumbran las papilas, se chupan, se chorrean, se muerden. Una papa, por el contrario, no dudo de que sea deliciosa, pero no la veo como objeto de deseo, aunque un director tipo Almodóvar fácilmente se saldría con la suya proponiendo una escena erótica sobre una cama de papas fritas. Pero para atreverse a tanto, se necesita ser artista, quien es de por sí el prestidigitador del erotismo por excelencia, y el arte es brutalmente sexi. Pero eso sí, en el terreno de lo comestible, para mí el chocolate se lleva todas las palmas.

Las voces graves con cierta disfonía son seductoras e intrigantes, tienen sombra, son oscuras, terrosas. En cambio una muy aguda y metálica es una voz de alerta, se asocia con el aviso, la tensión, las ambulancias, las cantaletas. Es sexi la mirada honda e inteligente, el sentido del humor, la confianza y la comodidad, no así los ojos vacilantes y la falta de carácter.

La lista es interminable. Hay profesiones más sexis que otras, texturas, bebidas, carros, música, maneras de caminar, de vestirse, idiomas, paisajes, incluso muebles. En fin, todo lo que involucre una asociación sensorial con su respectiva voltereta inconsciente. 

Hace poco vi una foto de Lauren Hutton a los 70 años en la portada de la revista Vogue. Pensé en la vejez, tan castigada por el miedo al paso del tiempo y excluida de cualquier relación con lo sexi. Esta mujer, con sus bellas señales de haber vivido plenamente, con una franca carcajada y vestida como ella misma, sin imposturas, es la prueba viva de que se puede ser sexi hasta el final, y que esta es una condición de la personalidad que se emana naturalmente como un perfume embrujado. A propósito, en esta última frase hay una trinidad exquisitamente sexi: lo natural, el perfume y el embrujo. Para qué más.. 

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