No es que yo sea neurótico, es que los demás me molestan. Los escritores a menudo nos vemos obligados a compartir comedores con otras personas, o con otros escritores. Nos invitan a hoteles y el desayuno está pago. No puedo concebir que alguien quiera sentarse a mi mesa a desayunar en mi compañía. No me soporto a mí mismo en ningún momento del día; pero por la mañana, recién despierto, soy mi peor enemigo. No soy un estadista ni dependo de las primicias periodísticas: no necesito hablar con nadie durante el desayuno. La sola presencia humana durante el desayuno me desespera. Pero se me sientan a la mesa, apoyan sus tazas en mi diario, me saludan, me sonríen. ¿No te das cuenta, infeliz, de que quiero desayunar a solas? Ni siquiera una mujer bonita puede depararme un momento agradable si me acompaña a desayunar. Imaginar mi aspecto a sus ojos me produce náuseas. Solo quiero mirar mi café. Creo que la mayoría de los matrimonios se destruyen por la convención de desayunar juntos. Si una pareja concurre a una confitería a la hora del desayuno, en mi opinión, deben tomar una mesa cada uno. Lo mismo en un avión. Por favor, tomen distancia.

El vestuario es otro de los ambientes en los que la presencia humana me resulta asfixiante. Muchos hombres no respetan el mandato heterosexual de ocultar sus partes delante de otros hombres. No soporto que me vean desnudo ni ver desnudo a nadie. Si por mí fuera, no me verían desnudo ni las mujeres. Pero he comprendido que para verlas desnudas es necesario que me desnude yo también. No sé por qué mantienen ese ritual estrafalario, qué es lo que quieren ver, pero yo acepto el mundo como es. No obstante… no necesito ver desnudo a ningún hombre. No necesito que ningún hombre me vea desnudo. Sin embargo en el vestuario, cuando salgo de bañarme luego de una sesión de gimnasio, los individuos faltos de pudor no solo se pasean desnudos por los pasillos, sino que se detienen, a menudo cuando estoy sentado y aún vistiéndome, para comentarme los resultados de un partido de fútbol o la cotización del dólar. ¿Pero cómo pueden hablar sin calzoncillos? Yo simplemente miro para otra parte y murmuro que padezco el ébola.

Júntense para la foto, júntense para la foto, proclama un imbécil. Puedo estar almorzando, contemplando el mar o fornicando; no le importa: júntense para la foto, insiste. Juntarse para la foto, amén de interrumpir cualquier actividad, generalmente placentera, implica para mí sentir el olor ajeno, el roce de una piel que me provoca rechazo, la estática del cabello del otro. ¿Por qué tenés que sacarme una foto? Yo no soy Scarlett Johanson. La que está al lado mío tampoco. Hay algunas personas extremadamente altas que, para entrar en la foto, se agachan, alcanzando el extremo de la estupidez. A menudo, en esas posiciones, son sodomizados por quienes están apenas parados atrás. No me saquen fotos. No quiero conservar ningún recuerdo. No hay nada que me resulte digno de mención, mucho menos de conservación. Saquen fotos si encuentran a un extraterrestre, o un dinosaurio. Pero no a mí. Olvídenme.

La gente en los estadios, en los recitales, no tiene problema en compartir un mismo espacio, brazo con brazo. ¿Cómo soportan estar a menos de un centímetro de otro ser humano con el cual no mantienen relaciones sexuales? La aglomeración de personas siempre redunda en tragedias. Masacres, avalanchas, suicidios colectivos. No hay registro de algún emprendimiento benéfico no violento que se haya originado de la acumulación de personas pegadas unas a otras. Es cierto que el Día D, la reunión de soldados en un mismo barco, bote o nave, representó el comienzo de la batalla final contra el nazismo: pero se amuchaban para matar nazis. El odio que se provocaban unos a otros por estar pegados se canalizaba en la heroica gesta de derrotar a los alemanes. La guerra es una circunstancia excepcional: yo también aceptaría compartir una nave con otros cien marines, con tal de derrotar a Hitler. Pero… ¿voy a quedar apretado entre dos hombres solo para escuchar a Sabina? No. Tomen distancia, por favor. Para eso se inventaron las cabinas, los televisores, los iPods. Es cierto que el mundo es un lugar pequeño y somos muchos, pero todavía hay suficiente espacio como para que tu caspa no caiga en mi hombro. Todo depende de que te alejes un poco; con una cuadra estará bien. No es que yo sea neurótico, es que te tomaste el atrevimiento de existir.

Ilustraciones: Jorge Restrepo

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