El peligro de las neuras es que son cobardes. Atacan a traición y por sorpresa. Como la mamitis y la gripa. No nos impiden la felicidad, como sí lo puede hacer un verdadero desorden de la personalidad o una enfermedad grave, pero siempre estarán ahí. Con su ruido continuo. Como la campana extractora de la cocina que, mientras tomamos café con un par de invitados, suena en nuestro subconsciente y solo caemos en la cuenta de su desesperante existencia cuando alguien la apaga. Lo que pasa es que, a diferencia del extractor de olores, las neuras no son tan fáciles de apagar.

Un psicoterapeuta que quisiera encontrar el interruptor de nuestras neuras encontraría, después de arrancarnos dos o tres millones, que más de la mitad de la culpa es nuestra. El 30 o 40 % restante es culpa de los detonantes animados o inanimados. Cito a los inanimados porque, personalmente, tengo una pelea cazada con los objetos. Me agreden todos los días desde el jabón hasta los carritos de Carulla que parecen tener voluntad propia. A veces hasta les instalan un imán que los atrae a los talones de la esposa o la mamá.

Los detonantes humanos de neuras son, por supuesto, los prójimos que comparten nuestra vida diaria. Aquí aparece una palabra que, dada la oportunidad, aprovecho para enseñarles a los bogotanos: el prójimo existe. Es real, de carne y hueso. Tiene derechos y necesidades. No es como esos seres mitológicos de la serie Monster Quest, en la que nunca encuentran nada porque la única pista que tienen es el testimonio de un marinero borracho que les arranca mil dólares a los productores por testimoniar que sintió un golpe sordo en el casco de su chalupa mientras navegaba por el mar. Después de mamarnos gallo durante tres cortes a comerciales y de sufragar los gastos de un equipo conformado por un piloto de helicóptero, cuatro buzos, un biólogo, un capitán de barco, dos camarógrafos, un sonidista y otro testigo más comprado que el árbitro del partido Brasil-Colombia, descubren que el supuesto megalodón era en realidad un tiburón ballena que pasa todos los días por ahí, se llama Pinocho y lleva un microchip gracias al cual lo puede seguir un niño de 8 años por Google Earth.

Lo de los microchips, me parece, ha llegado a un límite mamón. Me gusta echarme al mar con una máscara y mirar lo que hay debajo del agua. Y me late que un día vamos a ver a todos los pescaditos de la creación luciendo etiquetas de aluminio : “La mojarra”, “El mero”, “El tiburón martillo”, “Sopa de tortuga donde Chucho, $2500”...

El antropocentrismo es jarto en ambos extremos: ni somos los dueños de cuanta criatura podamos cazar, pescar, domesticar, comernos o encerrar a nuestro antojo, ni tenemos que darnos a la tarea de conservar a ultranza los ecosistemas metiendo en Excel cada pez que nada y cada pajarito que respira. Propongo más bien que dejemos de reproducirnos como hámsteres y respetemos a los otros animales que ya sabrá la evolución si deben acabarse o no.

Lo de los hámsteres excede mi entendimiento… La imagen de toda una familia estrenando mascota (ni siquiera sé si un roedor califica para mascota), de narices contra la pared de una jaula/acuario (léase con acento de culazo gomelo: jaula eslash acuario), mirando sonrientes e hipnotizados como muñequitos manga al pobre bichito que da vueltas en una rueda sinfín y busca por un laberinto de tubos verde botella una salida que nunca va a encontrar. Días después, el pobre anda todo mojadito por el chichí que se acumula en sus túneles de acrílico y desarrolla un hongo en un ojito, porque ya no es la estrella de la casa. Creo que nadie ha visto entrar a un dueño con hámster en la mano a una veterinaria. Un día, finalmente, amanece muerto en un rincón, la familia hace un duelo de media hora y van a comprar otro porque no se pueden quedar con cuatro metros de tubería verde, un bulto de aserrín y 10 kilos de concentrado en el garaje. Eso del hámster lo entenderé el mismo día que entienda por qué hay gente que toma jugo de tomate de árbol.

La expresión “pobre pero honrado” me parece de quinta. ¿Por qué asumir que si es pobre, tiene que ser choro? Por otra parte, hay mucha gente rica y honrada.

Lo de la reproducidera es una obsesión cultural. Cuando sacamos al perro, siempre aparecen tres preguntas: “¿Cómo llama?”, “¿Qué añitos tiene?” y “¿Es machito o hembrita?”. La última pregunta lleva una intención despiadada, que si nos dejamos hipnotizar, desemboca en una camada que nadie quiere; que acaba rebotando de casa en finca y los perritos finalizan sus días plagados de nuches en una trastienda.

¿Se han fijado que siempre que uno le da agua al perro hay un tarado que dice: “Uy, pero estaba seco!”, con la intención solapada de hacernos sentir culpables? Los perros beben así, dando latigazos con la lengua, ¿o es que el suyo usa pitillo?

Bueno, pero estaba en los programas de monstruos y ovnis.

Siempre me he preguntado ¿por qué, justo cuando aparece el críptido o el platillo volador, le dan la cámara a un inepto, descoordinado, turro, con pulso de rociadora de ropa, incapaz de encuadrar durante un minuto un objeto volante, un yeti o un chupacabras que ellos sí juran haber visto nítidamente? La pregunta es: si están tan seguros de que existe es porque lo vieron. Y si lo vieron, ¿por qué no lo muestran? Yo soy tan imbécil que siempre me quedo viendo cómo le sacan una hora de programa a tres segundos de una imagen de nada que ponen cada vez que van a comerciales. Hablando de comerciales, ¿alguien puede preguntar por qué los canales de televisión ponen los comerciales con un volumen que lo deja a uno prendido de la lámpara?

El prójimo, decíamos, no es ningún ser de ficción: es un animal vivo, mamífero bípedo y a veces, como a todo animal, le toca joderse.

Le toca joderse cuando llega a parquearse y encuentra un carro que está ocupando dos puestos. Le toca joderse cuando los demás orinan el bizcocho, se jode cuando la gente que recibe un correo electrónico para 40 personas no sabe la diferencia entre responder y responder a todos, y le llegan a uno diez mensajes que dicen: “jajaja” o “uy, sí.”.

Le toca joderse cuando alguien que saluda de apercolle y beso andeneado pasa inmediatamente a contarnos que tiene un virus que trae laringitis, fiebre y diarrea. Le toca joderse cuando se encuentra en la carretera de Silvania dos carros, cada uno por su carril, a 60. Nadie nunca entendió para qué putas es la doble calzada.

Aquí aparece otro género interesante y son las neuras de los demás que nos molestan. Todos los que manejan por la autopista Norte la tienen contra el que va por la izquierda a 40. ¿Por dónde quieren que vaya, si todas las salidas están a la izquierda? La nuestra es una autopista sin puentes ni round points (lo de glorieta me parece de quinta). Hay “retornos”, palabra que me inflama las venas también. Un retorno, para quienes acaban de llegar a Colombia, es un giro en U en el separador de una autopista. Pretender que el man vaya en su carrito por la derecha para darles paso a los Mercedes y a los entierros y se pase a la izquierda solo cuando necesita salir ya es asumir que somos suizos.

Me molesta la gente a la que le molesta que las muchachas del servicio rompan todo. Quiero retar a un ama de casa a que se pase ocho horas diarias manipulando cuanto electrodoméstico hay y lavando la loza de tres comidas diarias sin romper nada. Es como pretender que un carpintero nunca rompa un lápiz o un peluquero no trasquilara a un cliente ocasionalmente.

Lo que sí hacen las niñas del servicio doméstico es guardar las cosas en lugares que solo ellas conocen y que no tienen la menor relación con la función del objeto. Cuando uno les pregunta por un cargador de celular (que ellas pusieron sobre un libro en la biblioteca) sonríen despacito con una malicia —no voy a decir indígena— típica de ellas y le dicen a uno: “Ya se lo traigo”…

Me molesta la gente a la que le molesta que el man de Open English sea millonario. Me molesta la gente a la que le molesta que uno no quiera tomarse un trago en una fiesta.

Me molesta que me pidieron una lista de no sé cuántos caracteres y se me acabó el espacio…


Ilustraciones: Jorge Restrepo


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