Por Jorge Visbal, de Fedegán, supe de La gota fría. El presidente de los ganaderos, en un congreso del gremio, en 1998, hablaba de la lucha inevitable contra los guerrilleros que diezmaban sus hatos. Para indicar que la confrontación sería decisiva, citó este verso: O me lleva él o me lo llevo yo, y que se acabe la vaina. Creí que era un canto de guerra, común en La Provincia. Pero es un vallenato, La gota fría, y su autor acaba de morir. En el funeral del viejo Mile dijo el Presidente: "Emiliano reunía la inspiración poética de la vieja Sara". ¿De manera que La gota fría es poesía? Para completar el oso, el Presidente añadió: "La grandeza de su literatura está asentada en el descubrimiento de lo bello que hay en lo infinitamente pequeño". Como crítico literario, el Presidente es un osezno. Y da lástima esta frase presidencial: "Como compositor, Emiliano fue un corazón capaz de mudarse en acordeón". Es oso en busca del voto vallenato. Ricas las parrandas vallenatas, pero esas coplas cojas no tienen parentesco con la poesía. Otra muestra fría: En mi canto / soy extenso / a mi nadie / me corrige / para cantar / con Lorenzo / hoy sábado / día 'e la virgen. Para rimar con Lorenzo, el viejo Mile se volvió extenso.
Esta otra situación esperpéntica también corre por cuenta del Presidente. Con ese frac extralargo y estrambótico hizo el oso en el Palacio Real de Madrid, ante el Rey, la Reina y el Príncipe. En Medellín había un almacén, El pobre Luis, que alquilaba vestidos usados, y no solo para ceremonias. Nunca ajustaban. Si a uno le quedaba juanchón, los amigos se burlaban con esta frase: "Era más grande el muerto". Y si le quedaba cortico, marranero. En el caso del frac que usó el Presidente en el Palacio Real, "era más grande el muerto". Las botas de los pantalones se arrastran; la manga derecha del frac deja ver un tricito de la manga de la camisa, y la izquierda, no deja ver nada. Una disparidad sartorial, cuya ridiculez se ve complementada con la camisa blanca de pechera, que desborda la línea del frac en varias pulgadas: parece un babero. A ese sastre, si es que resulta colombiano, habría que extraditarlo. ¿O sería que José Obdulio, ante el inesperado quemón de una plancha, salió a buscar El Pobre Luis madrileño? Para ajustar el oso, la Primera Dama luce un vestido de manga sisa. Esa desnudez total del brazo estaría bien en la coronación de la Reina del Zapote, en Sopetrán. En Madrid, fue un oso hispanoamericano.
Alguien hizo unos disparos en cercanías de la Casa Liberal, en Bogotá, y los jefes de dicho partido presumieron que era un atentado. De inmediato, a leguas de distancia, sin hacer indagación alguna, el ministro Sabas declaró que no hubo tales tiros, sino que se había tratado de los "ruidos de un exosto". Este oso del exosto, como ahora se llama, sirvió para el ridículo, pero también para despistar. Histrión, el ministro, y marrullero. Son dos máscaras que se sobreponen a menudo en este país de polichinela .
No todos los osos son cómicos. La primera emisora cultural de Colombia, la HJCK, desaparece y cede su espacio a una emisora que muele música basta: Los 40 principales. Shakira se le montó a Schönberg. Para mayor irrisión, ahora dicen que la HJCK se transmitirá por Internet. ¡No me diga! Esto es lo que se llama un oso hertziano. No hagamos cuenta de la calidad del sonido, ni de que la gran mayoría de colombianos (en particular, de aquellos a quienes les gusta la música) no tienen Internet. Lo grave es el costo para recibir, en tu aparato, música culta, esa que transmitía la emisora decapitada. Los conciertos brandenburgueses, de Juan Sebastián Bach, en la versión de la Philarmonia Slavonia, dirigida por Karel Brazda, duran 148 minutos y 16 segundos. Superada la base de 200 minutos al teléfono de que goza una familia media, cada minuto le sale a $68, o sea, que oír los Brandenburgueses por Internet le costaría $10.132.00. Con el oso, el despojo. Tocará poner, en Los 40 principales, La gota fría.
Todo país tiene símbolos patrios: el escudo y la bandera, más el himno nacional. Signos que, al sentirlos, aunque sea sobre el Titanic agónico, todo miembro de dicha patria padece la llamada emoción patriótica. Y como tal, como insignias de un país, sirven para distinguirlo de los demás. Si vos alzás la bandera colombiana en la Barceloneta, los circunstantes sabrán que sos colombiano. Y si un futbolista exhibe el escudo patrio, el público sabrá que es colombiano. En su afán de remodelar a Colombia, Uribe mandó fabricar un nuevo símbolo patrio. Él dice que se trata de un corazón, como imagen de la pasión que ponen los colombianos en toda tarea, incluidas masacres y narcotráfico. Esas líneas hacia arriba, por el sitio de donde brotan, no pueden ser la vena cava. El dibujito evoca la cadera de una mujer con los brazos en alto, que es actitud de ofrenda. No hay que ser experto en publicidad para entender que dicho símbolo busca promover a Colombia como destino sexual. Aquí, entre nos, quedará sirviendo como símbolo del oso nacional.
Transitemos por un oso vial, a sabiendas de que también hay osos trágicos, que, en su desmesura, llegan a ser grotescos. El de la carretera Tobía Grande-Salgar merece figurar en una antología mundial; por el costo, por la impericia del gobierno, por su desidia, por su impudicia, por la segura mordida. Se contrató con un consorcio la construcción de dicho tramo de 600 km por 1.200 billones de pesos. Una obra faraónica, con 15 túneles hasta de 5,8 km, 37 puentes y viaductos, que evoca los grandes viaductos de la Italia de Mussolini. Los gobernantes creen perdurar en el concreto armado. La empresa concesionaria incumplió. Incluso, presentó una garantía falsificada. Pero no hay cárcel para estafadores y falsarios. Se hizo una conciliación con ellos mismos, en algo que figurará, además, como el oso jurídico del año; tanto, que el propio servicio noticioso oficial (SNE) advierte: "El proyecto de conciliación no se está haciendo con personas que tengan orden de captura pendientes". Tienen el corazón dañado, pues bien se entiende que tales personas deberían ser sujetos de orden de captura ejecutoriada.
Es delicioso escarbar en la gran prensa, pues se encuentran perlas preciosas: inmensos osos negros sobre pista blanca, que agreden la gramática, el buen sentido, la sindéresis, la historia, e inclusive la moral. Y suscritos, tales osos de prensa, por plumas de la más alta alcurnia en el panteón nacional de la fama. Ningún retrato más fiel de la irrisión nacional. Solo una muestra mínima, pues si se pusiera todo lo recogido a lo largo de años, se llenaría esta revista: "Con el triunfo de nuestro equipo (de fútbol) Colombia entera probó, en su alegría desbordada, que no son incompatibles, sino su necesario complemento, la fatiga feliz de los héroes y la gloria de su triunfo, con la celebración fraternal con el vencido. El triunfo Blanco Blanco, que fue de todos, prueba que una nueva estrella alumbra la mañana de una Patria nueva. ¡Viva Colombia!" (Fernando Londoño Hoyos, El Colombiano)."Si los índices de pobreza están en un 52 por ciento, el 48 por ciento de los colombianos tiene prosperidad" (Carlos Holguín, presidente del Directorio Conservador, El Tiempo). Estos osos periódicos prueban que la bufonería nacional es de alta sociedad.
Abunda en Colombia el oso ministerial. No es tanto que el ministro de Obras, Andrés Uriel Gallego, se declarara estrellero en su reportaje con Yamid, sino que hubiese utilizado sus poderes extrasensoriales para hacernos un anuncio esperpéntico. Pregunta Amat: "¿Usted se siente bien al lado del Presidente Uribe?". Contesta Uriel: "Lo creo un hombre superior, predestinado para las cosas que está haciendo". Nótese que no dice "destinado", sino "predestinado", y esta última palabra quiere decir, según el DRAE: "Elegido por Dios desde la Eternidad para lograr la salvación".
Ya nos ampara de todo mal el Oso Eterno.

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