Luego de publicar una cierta cantidad de libros, comencé a notar que poseía una serie de seguidores, pero no en el sentido de admiradores sino, por el contrario, sujetos sueltos, improbables lectores o aspirantes a escritores, que se me acercaban
simplemente para detractarme. Más que seguidores, perseguidores.

Me encontré con un antiguo compañero del secundario en una sala de espera, en el consultorio de un traumatólogo. Mi ex compañero había sufrido la desgracia de enterarse, el día anterior, por el diario del domingo, que yo había publicado un libro. A eso se le sumaba que le habían partido el fémur en el partido de fútbol.

—Yo también escribí un libro —me comentó mi ex compañero, que se dedicaba a la venta de bienes raíces
—¿Cuánto debes pagar para que te lo publiquen?
Le expliqué, ruborizándome, que yo no pagaba para que me publiquen un libro, sino que me pagaban por publicarlo.
—¿Y luego debes ir pagándolo en cuotas? —insistió.

A otro ejemplar he dado en llamarlo Tengo una historia. Puede ser hombre o mujer, de cualquier edad a partir de los treinta años, y se presenta con frases como las que
siguen: “Si yo te contara… podrías escribir cien libros”, “Ayer me pasó algo que, si
te lo cuento, escribís una novela”, “Mi vida sería material para diez escritores distintos”. Invariablemente, son vidas intrascendentes, sucesos aburridos, anécdotas banales. O bien sienten tal consideración por sí mismos que cualquier cosa que les
pase es digna de literatura; o bien me creen capaz de convertir en aventura
todo lo que toco. Desde ya descartemos lo segundo: en cuanto empiezo a escucharlos, más o menos a mediados de la historia, revelan que nunca han leído nada de mi autoría.

En esta misma vertiente se ubican quienes me invitan a leer sus manuscritos: trescientas o quinientas páginas. Me los envían por mail, por correo, por señales de humo. Cuando
les pregunto por qué se les ocurre enviarme su obra magna, responden que creen tener talento. Pero… ¿por qué a mí?, insisto: yo no soy editor. Fatalmente reconocen que no han leído ninguno de mis libros. Su verdadero pensamiento es: si al inútil de X (X soy yo, en este caso) le han publicado un libro, ¿cómo no me lo publican a mí? Y si la suerte ha sido tan injusta como para que publiquen a X y no a mí; entonces el propio
X debe compensar esta falla y lograr que publiquen mi libro, incluso a costa de su propio trabajo.

Pero no solo los aspirantes a escritores se enfurecen de este modo, sino incluso simples mortales sin problemas vocacionales. Recuerdo un viaje en avión, en ocasión de presentarme en un pequeño pueblito francés. Cuando un argentino me preguntó el motivo de mi viaje, se produjo el siguiente diálogo:

—Es que me tradujeron al francés.
—¿Por qué?
Frente a mi incapacidad para responder esta pregunta, mi ocasional compañero de viaje siguió:
—¿Lo tuviste que escribir todo de nuevo en francés?
Busqué con los pies el paracaídas, que se supone está
debajo de los asientos; y por suerte ni siquiera encontré el bote
salvavidas, porque me hubiera arrojado de todos modos, con
la esperanza de caer en el Atlántico.
Cerró su ataque con el remanido:
—¿Tuviste que pagar mucho para que te publiquen
en Francia?

Otra especie de perseguidores está compuesta por aquellos ejemplares que, efectivamente, han leído uno de mis libros. Siempre es uno, nunca más. La herida imborrable que esa lectura les ha dejado los ha apartado para siempre de todos mis demás libros; no obstante, recuerdan en forma permanente los errores cometidos en ese único libro de mi autoría que han leído. Estos perseguidores me encuentran en ferias
del libro, en escuelas, en parques públicos, incluso en baños públicos, e invariablemente me recuerdan desaciertos, reales o supuestos:

“La persecución que describes es imposible: esa calle es contramano”, “Esa farmacia no vende gomas de mascar: es inverosímil”, “Esa historia que has contado no le puede importar más que a la gente de tu barrio”, “¿Por qué utilizas punto y coma, pudiendo utilizar la coma, y punto?”.

Es curioso, son lectores interesados en hacerme conocer exclusivamente mis errores. Siempre se cuidan de que no se les escape un halago. Están entrenados para leer exclusivamente aquellos párrafos de mi autoría que les desagradan. La mayoría de los escritores padecemos la ansiedad de no saber si nuestras obras sobrevivirán al paso del
tiempo. Yo puedo sumar la de no saber si sobreviviré al paso de mis libros.

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