Digo ilesa porque ni por eso me iba a despedir su director, Mauricio Gómez, quien tuvo la temeraria ocurrencia de contratarme como su presentadora inmediatamente después de mi primera telenovela, Gallito Ramírez. Por miedo a defraudarlo con otro descache, fui yo misma, haciendo acopio de toda posible sensatez, la que se acercó a mi entrañable amigo para decirle que ya yo había tenido suficientes pruebas de mi ineptitud absoluta como periodista y que por el bien de todos debía renunciar, pues no descartaba otros ataques y, además, porque realmente lo que hacía era jugar a leer noticias, de las cuales no estaba debidamente enterada.

Una vez tomada la decisión y más convencida que nunca de mi vocación como actriz, le eché mano a la sinopsis que me esperaba hacía dos meses sobre la mesa de noche. Una propuesta de Jorge Alí Triana para interpretar a Juanita, papel de reparto en la ambiciosa serie de época Los pecados de Inés de Hinojosa, que protagonizaría nuestra diva de divas Amparo Grisales.

Mi personaje era la sobrina de doña Inés, y el acento de la relación entre ellas era el fuerte erotismo que recreaban durante sus místicos ungimientos con aceites aromáticos.

Mis textos eran mínimos, no tendría más de cuatro frases por escena; sin embargo, no dudé en aceptar, pues la producción prometía ser un heroico desafío artístico. A pesar de que conocía el tono de las secuencias donde a medio vestir Juanita y su tía se consentirían a la luz de las antorchas, no le vi la cara a su alto poder de impacto hasta cuando tuve que filmar la primera de ellas. La imagen que surgió en mi mente cuando vi a Amparo como una diosa de cobre tendida sobre la cama y escasamente cubierta con una sábana blanca transparente fue la de mí misma presentando el noticiero con una bufanda al cuello y abotonada hasta la base de la barbilla. “Ay, diosito, esto va a ser un escándalo tenaz”, me dije. Pero ya estaba ahí parada esperando a que el coordinador me diera la señal para entrar a auxiliar a la tía Inés, ya había dicho que sí sin condiciones, ya se le había avisado a medio equipo técnico que saliera del foro, ya la suerte estaba tan echada como mi desnudísima colega. No me podía poner con remilgos, había reanudado mi camino para ser actriz y me le tenía que medir si eso era lo que quería.

A la voz de “acción” entro en silencio y me siento a los pies de la cama. Doña Inés está acostada boca abajo y murmura pastosamente sus lamentos del día; ha llegado el momento privado donde ella se desvanece en una sensualidad casi meditativa, por fin liberada de la áspera barba de su marido y de sus feroces acometidas de animal. Mientras tanto yo, Margarita Rosa, doy las gracias de que no me toque decir nada mientras Amparo, totalmente dueña de su papel, interpreta su parlamento como si lo creara en ese mismo instante. Me limito a obedecerle y a esparcir la ambrosía del líquido por su espalda en línea descendente hasta los pies. “Esta mujer parece de madera, ¿qué ejercicios hará?”, es todo lo que puedo pensar, y doña Inés continúa su terso monólogo al tiempo que el mío (por supuesto mental) responde a la perturbadora experiencia sensorial en la que me veo insólitamente involucrada. “Qué piel más suave, ¿qué se untará? Qué jartera yo tan blanca, qué envidia me da ese color canela”. La escena continuó a la inversa, era el turno para doña Inés de investir con dulces mieles a su sobrina de la misma manera, y mi charla interna llegó al paroxismo: “Yo, Margarita Rosa, la rosada Niña Mencha, la recatada presentadora del Noticiero 24 Horas en estas y con el pecho al aire por RTI Televisión. ¡Es mi fin!”.

La historia me ha demostrado que no lo fue, gracias a que los televidentes me perdonaron las desnudeces y mi pésima actuación en la exitosa serie. Eso sí, me gané hasta el día de hoy la referencia perpetua que hacen muchos hombres a que la veían al escondido de los papás porque eran muy chiquitos y también la persistente pregunta de cómo fue besar a la divina Amparo. Pues tan glorioso que de todos los pecados que he cometido, ese ha sido el más celebrado, nunca castigado y por el único que me han pagado.

¿Tienes algo que decir? Comenta

Para comentar este artículo usted debe ser un usuario registrado.